lunes, 11 de mayo de 2009

Picnic en Highgate Wood


Highgate Wood es un parque precioso. Es un bosque de cuento infantil, con árboles de copas altas y tupidas que producen un efecto de interior. Estar solo en bosques así siempre da algo de miedo. Tiene además una zona de columpios extraordinaria, y una pradera en la que se juega al fútbol en invierno y al cricket en verano, con una casita, también de cuento infantil, donde se puede comer. Cuando hace buen tiempo esta pradera es un sitio ideal para hacer un picnic, y allí fuimos nosotros el domingo. Alexandra Park, que está al lado de casa, se comunica con Highgate Wood por lo que fue en su día una vía de tren, y ahora es un camino entre árboles, así que nuestro trayecto a la pradera de Highgate Wood es un paseo campestre.

sábado, 9 de mayo de 2009

Venus agachada

Mi trabajo está a cinco minutos del Museo Británico. Voy a menudo a pasar un rato: veo un par de cosas y me vuelvo al despacho. La verdad es que no vivo mal. Ayer estuve dibujando. Esta escultura es una delicia. Es tan carnal que parece mentira que sea de mármol.

jueves, 7 de mayo de 2009

A Dartmouth no, pero a Weymouth sí

Este fin de semana he salido a navegar. El plan era ir con el Firebird desde su puerto de base en Portsmouth hasta Dartmouth, a unas cien millas náuticas, muy aproximadamente unas veinte horas de navegación cada trayecto. Iba con mis amigos Bill y Peter, con los que llevo navegando mucho tiempo, y con otro socio del club que Bill conocía.

Entre Portsmouth y Dartmouth hay tres puntos donde la marea es tan fuerte que no tiene sentido intentar pasar con la corriente en contra. Hay unas treinta y cinco millas náuticas entre el primero y el último, por lo que es posible, aunque no fácil, pasar los tres con la misma marea favorable. Nosotros lo intentamos, pero no lo conseguimos. El Firebird navegaba más despacio de lo que esperábamos con el oleaje confuso que nos encontramos al salir del Solent. Luego el viento fue disminuyendo, y cuando por fin decidimos ir a motor ya era demasiado tarde. Cuando me levanté a las tres de la mañana para mi guardia, no sólo no habíamos avanzado nada desde las doce cuando me acosté: ¡habíamos retrocedido! La corriente nos había empujado hacia atrás más rápido de lo que navegábamos. En vista de la situación decidí que nos desviáramos a Weymouth, un puerto muy pintoresco a mitad de camino. Llegamos a las siete de la mañana, después de un día y una noche en el mar. Dormimos unas horas y a las ocho de la tarde salimos de vuelta, primero a vela, y luego, cuando nos quedamos sin viento, a motor. Esta travesía fue mucho más eficaz, y en unas once horas estábamos en casa.


Con Google Earth se puede ver aquí nuestra ruta de ida, y aquí la de vuelta. En la de ida se ve con claridad nuestra navegación marcha atrás.

Han sido mis dos primeras travesías de esta envergadura como patrón. No hemos llegado donde queríamos, pero en la vela hay que ser flexible, y creo que al fin y al cabo la cosa ha salido bien y he aprendido mucho. A Dartmouth ya iré otro año.

miércoles, 6 de mayo de 2009

La decreación de Forsythe

El sábado pasado fuimos a Sadler’s Wells a ver a la compañía de William Forsythe. Sadler’s Wells es un teatro en Islington dedicado principalmente a la danza contemporánea. Vamos mucho porque a mi mujer le interesa la danza. Casi siempre hay algo bueno. El año pasado ya vimos otra obra de Forsythe, Impressing the Czar, que me dejó con la boca abierta. En el público de Sadler’s Wells suele haber tanta gente guapa y sofisticada del mundo de la danza que te sientes un poco feo y vulgar, pero qué se le va a hacer.

El programa constaba de una única obra, Decreation, coreografiada por el propio Forsythe. Decreation está basada en el texto de una discusión de pareja, que se repite, se transforma, se fragmenta y se va pasando de bailarín en bailarín, e incluso en una ocasión se traduce al alemán. En torno a este texto y al tema del amor y el desamor se desarrolla el aspecto dancístico del espectáculo, con bailes precisos, energéticos y sofisticados, en un tono aparentemente narrativo, aunque no estuviera claro qué se narraba. Todos los participantes están en el escenario durante toda la obra. Incluido el teclista que aporta la música. Cuando no están bailando, los bailarines se sientan a los lados a mirar. En el escenario también hay una cámara de televisión con la que los bailarines se filman unos a otros, y una pantalla en la que se proyecta lo que filman. Todo esto da al escenario un aire de autosuficiencia. Me pareció un espectáculo sensacional, tanto la danza en sí como la combinación con todo lo demás que no era danza. Danza como esta es una de las formas artísticas donde crear cosas nuevas todavía parece posible.



Al salir fuimos a cenar a un sitio de por allí que se llama Peasant. No habíamos estado nunca. Peasant es oficialmente un gastropub, que es un pub que además de cerveza intenta servir comida simple y asequible pero de calidad. En realidad, más que un gastropub de verdad, yo diría que es un pub con un restaurante en el piso de arriba. Independientemente de esta cuestión semántica, cenamos de maravilla. Yo tomé de primero unos gnocchi caseros con una ensalada de tubérculos, de segundo venado asado muy poco hecho servido sobre una tartaleta muy rica, y un postre de la estructura de la tarta de queso pero en líquido, servido en una copa. Sin muchas pretensiones, pero todo muy bueno. Volveremos.

lunes, 4 de mayo de 2009

Un barco en la costa este


Llevo unos seis años navegando y desde hace un par de años me consume la tentación de comprarme un barco. Oportunidades para navegar no me faltan, tanto de tripulante en barcos de amigos como de patrón en barcos del club, todos ellos mucho mejores que el barco que yo me podría comprar. Además si me comprara un barco mi navegación se limitaría a los alrededores del lugar donde lo guardara, mientras que ahora navego donde quiero, desde el Báltico hasta el Jónico.

Pero todo esto da igual. No quiero comprarme un barco porque crea que me va a acarrear más ventajas que inconvenientes. La única ventaja clara sería la extinción de la obsesión, como cuando aplacas la sed bebiendo algo que a lo mejor te sienta mal. Es un deseo y nada más. Sin embargo, también puedo ver las cosas desde fuera de vez en cuando, y me doy cuenta de que si me compro un barco es muy probable que me arrepienta. Por otro lado, si no me lo compro también me voy a arrepentir… y en esas estamos. A pesar de sentirme tan indeciso, supongo que he tomado una decisión, pues hace uso días hice una oferta por un barco en venta, pero como la oferta fue rechazada seguimos en las mismas.

He pensado y fantaseado sobre todos los aspectos del plan hasta la saciedad. En líneas generales, mi fantasía consiste en tener un barco en la costa este, que está a una hora y media de casa, y usarlo para navegar con mi familia. Este es uno de los aspectos más problemáticos del plan, pues la actitud de mi familia está a mitad de camino entre el desinterés y la hostilidad. El domingo pasado conseguí que vinieran conmigo a Tollesbury Marina, que es un puerto deportivo de la costa este donde podría guardar el barco que me comprara. Pasamos un buen día. El puerto es un negocio familiar tradicional, sin el comercialismo y las pretensiones que a menudo te encuentras en estos sitios. Está en un entorno rural y reposado, a pesar de la proximidad de Londres. Nos dimos un paseo por la costa y comimos en el club, el típico asado de domingo británico. El sitio no podría ser más acogedor.

La costa este de Inglaterra es un paisaje muy peculiar. El terreno es muy llano. La tierra firme está rodeada de diques que impiden que se inunde cuando sube la marea. Cuando baja, deja al descubierto inmensas extensiones de lo que antes era fondo marino y ahora no es más que barro. El proceso se repite cada doce horas más o menos. En Tollesbury, como en otros puertos de la zona, sólo pueden entrar y salir barcos un par de horas antes y después de la pleamar. Cuando baja la marea los barcos se quedan flotando en un recinto de agua embalsada, a gran distancia del mar. Quiero comprarme un barco y quiero asentarme en la costa este. No sé a qué espero.

lunes, 27 de abril de 2009

Picasso desafiando el pasado


El viernes fuimos a ver la exposición de Picasso en la Nationa Gallery. Es una versión reducida de la que hubo en París hace unos meses. También tiene como tema las conexiones entre Picasso y la tradición pictórica que le precede. En la exposición de París, que no vi, los cuadros de Picasso estaban colgados al lado de cuadros de pintores anteriores. En esta no. Los cuadros están organizados por motivos: autorretratos, bodegones, musas, versiones de otros pintores... Hay muchos motivos, y en cada motivo hay una variedad inusitada de estilos. Viéndolos así todos juntos parece increíble que sean el producto de una sola vida humana. La variedad se corresponde en gran medida con el paso del tiempo pero también pintaba simultáneamente en estilos muy diferentes. Hay un retrato naturalista de su mujer junto a otro contemporáneo de su amante en el que el cuerpo surge de una serie de brochazos circulares. Hasta cierto punto esta riqueza estilística llama más la atención que la calidad de las obras concretas: en comparación con la hazaña de abrir tantos caminos, pintar uno de esos cuadros parece cosa de nada. Pero esta impresión es incorrecta. Muchos de los cuadros son maravillosos, imágenes inolvidables que revelan verdades. Ojalá pudiera ir más veces y verlos con tranquilidad.

Historia del saxofón II: La pachanga

Al poco de unirme a la Q.Q.E.T. Band, Pablo, el batería, empezó a tocar en un grupo de pachanga, y un día me dijo que su grupo buscaba un saxofonista. En Zaragoza en aquella época había muchos grupos de pachanga. Se dedicaban a amenizar los bailes de las fiestas de los pueblos de Aragón, con repertorios que iban por necesidad desde los pasodobles y los boleros para los abuelos hasta los últimos éxitos del pop-rock para los jóvenes. Las canciones en inglés se cantaban con fonemas carentes de significado que al cantante le sonaban como el original. A veces también teníamos que tocar en la procesión, o en la novillada. Los músicos de estos grupos eran por lo general gente sin estudios de orígenes humildes, que de no ser por su talento musical, a veces notable, estarían trabajando en el campo o en un taller. Se sentían orgullosos y afortunados de pertenecer a una elite de artistas. En los pueblos siempre teníamos un grupo de admiradores entre los jóvenes que nos hacían sentir como embajadores de la modernidad. Era una existencia noctámbula. Normalmente, después de tocar, desmontar el escenario y cargar la furgoneta en algún rincón perdido del campo aragonés, cuando llegábamos a Zaragoza ya era de día. Dormíamos unas horas y salíamos para el siguiente pueblo. Cuando no tocábamos era difícil no mantener este horario, pero yo tenía que ir al instituto. Cuando llegaba a clase los lunes por la mañana, a menudo sin haber dormido, me sentía que venía de otro planeta.

Empecé a ensayar con el grupo de Pablo en un sótano del Barrio de la Química, pero acabé en otro grupo con el que compartían el local. No me acuerdo cómo se llamaba ni cuánto tiempo estuve con ellos. Quizás una temporada. El grupo constaba de dos chicas que bailaban y cantaban, un teclista muy gracioso que cantaba muy bien, guitarra, bajo, batería y yo. Todo era muy hortera. Actuábamos con unos monos azules brillantes. Recuerdo conversaciones en la furgoneta volviendo a casa de madrugada que todavía me dan dentera. Un día el manager del grupo, que era el novio de una de las cantantes, me anunció sin más que ya no necesitaba un saxofonista. Yo me llevé un gran disgusto: por fin se habían dado cuenta de lo malo que era.

Casi inmediatamente entré en otro grupo de pachanga, llamado Nueva Sensación, que es del que más y mejores recuerdos tengo. Nueva Sensación también tenía un manager que era novio de la cantante. Eran una pareja extraña pero afable. Ella cantaba muy bien. El resto del grupo era gente encantadora: Domingo, el batería, Alberto, el bajo, Falupo, el guitarra y Daniel, un budista sensible y complejo que tocaba la guitarra y la trompeta. No eran ricos ni cultos pero tampoco eran típicos músicos de pachanga. De algún modo habían adquirido un aire cosmopolita y sofisticado. Tocaban pachanga, no por vocación, sino porque era la única manera, de momento, de vivir de la música. Pasé uno o dos años en su compañía, apretados en la furgoneta de pueblo en pueblo, hablando, riéndonos y soñando. En invierno solíamos tocar los fines de semana, en verano casi todos los días. No recuerdo haberme sentido nunca tan a gusto con otro grupo de gente. Justo después de acabar la temporada de pachanga del 82 me fui a Madrid a estudiar y dejé atrás todo esto. Unos meses después vinieron a Madrid un fin de semana, no sé a qué. Nos vimos una noche y acabamos inevitablemente en la furgoneta, hablando hasta muy tarde, pero ya no era lo mismo.

Nueva Sensación en una foto de promoción, al gusto de los representantes de artistas para pueblos:


Aquí actuando en un pueblo. La foto la hice yo durante una canción sin saxo, con la cámara reflex que me acababa de comprar con los ingresos de la pachanga. En las sesiones de tarde a veces no nos poníamos el traje: