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miércoles, 5 de septiembre de 2012

Mi tercera temporada con el Scallywag

Con Chris W y Chris N rumbo al río Deben
Mi tercera temporada con el Scallywag está dando los últimos coletazos. Todavía saldremos alguna vez, a Brightlingsea, o a Bradwell, o quizás incluso al Orwell. De cualquier modo los días ya no son largos, la meteorología es más incierta y la marinería tiene menos tiempo libre. Ya no habrá grandes expediciones hasta después del invierno.

Ha sido una temporada poco propicia. Yo he tenido la cabeza en otras cosas y no he encontrado la energía de las temporadas anteriores para planear las travesías con detalle. El tiempo tampoco ha acompañado. Ha habido poco sol, poco calor, mucha lluvia y mucho viento, incluso para los estándares de estas latitudes. Además Bill, uno de mis tripulantes más habituales, ha estado fuera de servicio, cruzando el Atlántico en el barco de Graham, ida y vuelta.

Sin embargo, a pesar de los pesares, mirando el cuaderno de bitácora tengo que decir que ha sido una temporada exitosa. Hemos navegado más de 600 millas náuticas en 23 días y hemos expandido los horizontes del Scallywag en tres travesías de cierta envergadura.

En la primera llegamos hasta el río Deben, donde no había estado hasta ahora. La entrada es famosa por su dificultad, con bancos de arena y grava que se desplazan constantemente, fuertes corrientes de marea y aguas siempre revueltas. Pasada la entrada, el río es un remanso de paz que serpentea hasta Woodbridge, donde hay un puerto deportivo en lo que fue el estanque de un molino.

En las otras dos travesías substanciales fuimos a Francia, primero, en Junio, a Gravelines, y luego, en Agosto, a Boulogne. El año pasado cruzamos el Mar del Norte hasta Holanda, pero hasta este año no había llevado al Scallywag a Francia. Ambas travesías a Francia tuvieron momentos memorables. De la primera nunca se me olvidará la singladura de Tollesbury a Calais, de un tirón, 69 millas en 12 horas de ceñida, con mucho viento y muchas olas, solos mi amigo Chris W y yo, sorteando bancos de arena en el estuario del Támesis y petroleros en el Estrecho de Dover. Nunca en mi vida había estado tan cansado como esa noche al llegar a Calais. En la segunda, tanto de Ramsgate a Dover como de Dover a Boulogne tuvimos niebla. Al llegar a Dover no se veía nada de nada. Cuando pedimos permiso por radio para entrar en el puerto, nos dijeron que esperáramos a doscientos metros del enorme rompeolas a que entrara un ferry. Sabíamos que estábamos a doscientos metros del rompeolas porque lo decía el GPS, pero verlo no lo veíamos. Y la vuelta de Boulogne fue una verdadera montaña rusa, sin duda el mar más revuelto que me he encontrado en el Scalywag.

Chris W ha sido mi tripulante más asiduo este año. Los dos conocemos el barco y nos conocemos el uno al otro. Navegamos con naturalidad. Maniobras que en otros barcos se hacen a gritos nosotros las hacemos sin apenas cruzar palabra. Otro Chris, Chris N, también ha jugado un papel importante esta temporada. Él tiene un barco, el Arc Angel, más grande, más nuevo y mejor que el mío (con el que, entre otras cosas, ha circunnavegado Gran Bretaña), pero lo tiene de chárter, así que a menudo no está a su disposición. Chris N vino con nosotros al Deben. La vuelta fue muy dura, y lo habría sido más sin los dos Chrises a bordo. En la travesía a Gravelines, Chris N estaba ocupado el día que salimos, pero esa noche se fue en tren a Calais para unirse allí a nosotros. En la travesía a Boulogne, el Scallywag se citó con el Arc Angel en Dover, la primera vez que se veían. Desde allí fuimos juntos hasta Boulogne. Luego nosotros nos volvimos hacia el norte y Chris N siguió con el Arc Angel hacia el sur por la costa de Normandía.

Lo más agradable de la temporada es que me ha dejado con ganas de más. Ya estoy con cartas y portulanos planeando las aventuras del verano que viene: a Honfleur, en la desembocadura del Sena, hacia el sur, y a Lowestoft, Southwold y los ríos Ore y Alde hacia el norte. Me gusta ampliar mi radio de acción así, poco a poco, como cuando mojas el pincel en la pintura que ya has aplicado y la extiendes. Así tardo más en conseguir cosas, a veces demasiado, pero de otra manera no me siento a gusto.

Puertos que he visitado con el Scallywag

martes, 2 de agosto de 2011

De Inglaterra a Holanda

1. El plan


Enfrente de la costa este de Inglaterra, al otro lado del Mar del Norte, está Holanda. El punto más próximo de la costa holandesa está a 110 millas náuticas (unos 200 kilómetros) de Tollesbury, donde está amarrado el Scallywag. Es un destino obligado para un barco de esta costa que sea capaz de completar la travesía con seguridad. En Octubre lo intenté con unos amigos, pero un temporal nos obligó a cambiar de planes. Ahora por fin lo he conseguido. Acabamos de volver de pasar diez días navegando en Holanda.

Hasta ahora no había hecho ninguna travesía de esta envergadura con el Scallywag: más de veinte horas, navegando de noche, con mareas complejas y cruzando una de las vías de circulación marítima más transitadas del mundo. He estado meses planeando la ruta y preparando el barco. La logística también era complicada. Mi familia iba a hacer el viaje de ida y vuelta a Holanda en tren, y yo iba a llevar el barco allí y traerlo de vuelta con tripulaciones de adultos. Todo esto añadía incertidumbre al plan. Por ejemplo, si un temporal hubiera retrasado nuestro viaje de ida un par de días, el Scallywag no hubiera estado en Holanda cuando llegara mi familia, o si se hubiera retrasado la vuelta ni yo ni mi tripulación hubiéramos podido esperar más de un par de días a que el tiempo mejorara. Consideré planes de contingencia, como unas vacaciones en Holanda sin barco o dejar el Scallywag en Holanda e ir a recogerlo al final del verano. En la vela hay que pensar en lo que puede salir mal y aun así disfrutar si todo sale bien. A mí me resulta difícil, pero estoy aprendiendo.

2. La ida


Al final, de un modo u otro, a trompicones, llegamos al día programado para la travesía, el viernes 22 de julio, más o menos preparados. Había que salir al atardecer, con la pleamar. Sólo tenía un tripulante, Bill Davis, pero Bill es de los buenos. Ese fin de semana varios barcos de Tollesbury iban a ir de Inglaterra a Holanda, con distintos puntos de partida y distintos destinos. Solo uno de ellos, el Diana II, iba a hacer la misma travesía que nosotros. Hubo incertidumbre hasta el último momento, pues el pronóstico meteorológico era bastante incierto, con un fuerte temporal al oeste de Dinamarca que podía causarnos problemas si se desplazara hacia el Sur. El patrón del Calidris, un hombre de casi ochenta años con mucha experiencia, que iba a salir esa tarde desde el Orwell, nos llamó para decir que aplazaba su partida a causa del mal tiempo. En la marina cada cual tenía una opinión, y yo no sabía a qué atenerme. Lo que estaba claro era que la cosa iba a ir a peor, y que si no salíamos esa tarde no íbamos a poder salir en un par de días, y todo el plan se iría al traste, pero hice lo que pude para que esta consideración no afectara mi decisión. Al final me decidí a salir. Los pronósticos de viento estaban dentro de lo aceptable, y aunque fuera más fuerte de lo previsto vendría de una dirección favorable. Además, si después de cuatro o cinco horas lo veíamos muy mal podíamos refugiarnos en el Orwell. Se lo dije a Nigel, el patrón del Diana II, que nos pidió que esperáramos a que se lo pensara. Casi una hora después de la pleamar, cuando ya no podíamos esperar más, nos dijo que venía, y la flotilla de dos barquitos largó amarras rumbo a Holanda.

La travesía fue bien. Fuimos a vela un par de horas, pero al anochecer tuvimos que encender el motor por falta de viento, aunque el mar estaba muy agitado. Recogimos el génova, pusimos dos rizos en la mayor por si acaso, conectamos el piloto automático y adelante, hacia la oscuridad. La noche fue un poco desagradable, pues además del oleaje hacía frío y llovía, pero la visibilidad era buena y cruzamos las vías de circulación sin incidentes. Íbamos siempre a la vista del Diana II, que también llevaba sólo dos tripulantes, Nigel y su mujer, Heidi. Por la mañana el viento empezó a subir, y pudimos apagar el motor y completar la travesía a vela, con unos veinte nudos por la aleta, aunque el oleaje correspondía más bien a los treinta y tantos nudos que había un poco más al norte. A pesar del cansancio disfrutamos como enanos. A las tres y diez, de la tarde del domingo, hora inglesa, estábamos amarrados en la marina de Breskens, veintiuna horas y veinte minutos después de salir.

Poco a poco nos fuimos dando cuenta de la suerte que habíamos tenido. El Ariel Spirit, otro barco de Tollesbury que había salido a la vez que nosotros con rumbo a IJmuiden, tuvo que refugiarse en Hoek van Holland por el temporal que se encontró unas setenta millas al norte de donde estábamos nosotros. El Dualin, que salió al día siguiente, tuvo que refugiarse en Oostende por motivos similares.

3. En Holanda


Breskens está en la orilla sur del estuario del Westerschelde. En la orilla norte está Vlissingen, a un par de millas de distancia. Desde Vlissingen se puede acceder por una esclusa al canal de Walcheren, que lleva a la ciudad de Middelburg. El lunes llegaba mi familia a Middelburg, y allí cogía Bill el tren para volver a Inglaterra. Habíamos planeado ir de Breskens a Middelburg el domingo, pero el viento era muy fuerte y el estuario se veía muy revuelto, así que decidimos aplazarlo hasta el lunes. Pasamos un día agradable descansando y paseando por Breskens y sus playas. En la marina nos hicimos amigos de una pareja de holandeses, Maarten y Sylvia, que también se dirigían a Middelburg en su Dehler Optima. Tenían muy poca experiencia en mar abierto y querían por todos los medios cruzar el estuario con nosotros.

El lunes, con mucho menos viento y oleaje, salimos hacia Middelburg. Creíamos que íbamos con tiempo de sobra para que Bill cogiera su tren, pero en la esclusa y en los innumerables puentes levadizos y giratorios que cruzan el canal tuvimos que esperar más de lo previsto, y llegamos a Middelburg con el tiempo justo. Nos amarramos al pantalán de espera, donde te asignan tu amarre, y Bill tuvo que salir corriendo a la estación, así que me quedé sin tripulación e incapaz de llevar el barco a mi amarre, pues el seguro no me cubre si voy solo. Afortunadamente Sylvia se prestó a ayudarme, y atracamos sin problemas. Poco después llegó mi familia.


Con la familia estuve navegando por canales y lagos cuatro días, hasta el viernes. El martes salimos de Middelburg y seguimos por el canal de Walcheren hasta el Veerse Meer. Pasamos la noche en Veere. El miércoles navegamos hasta el extremo occidental del Veerse Meer, donde un dique separa ahora este lago del Mar del Norte del que antes formaba parte. Atracamos en un pantalán, cruzamos el dique a pie y Nigel y yo nos dimos un baño en el mar, lloviendo. Ahí debí de coger la bronquitis que tengo ahora. Ya no nos daba tiempo a llegar a Goes, como habíamos planeado, así que pasamos esa noche en Kortgene, un puerto tranquilo en el Veerse Meer. El jueves salimos del Veerse Meer al Oosterschelde, y de ahí por un canal a Goes. Además del Diana II, venía con nosotros el Dualin, que se nos unió en Middelburg. No había muchas oportunidades para ir a vela, pero por lo demás la zona es un paraíso de la navegación en familia. Middelburg, Veere y Goes son sitios pintorescos y harmoniosos, limpios, elegantes y de buen gusto, de calles empedradas flanqueadas de edificios interesantes, con amarres en el mismo centro y clubes náuticos acogedores donde te reciben con una sonrisa y te dan bien de comer. En el de Goes había una nevera llena de cervezas y una hucha donde dejar los 75 céntimos que cobraban por botella. Lo único que ensombreció un poco el panorama fue la actitud hostil de uno de mis tripulantes. Las tormentas de la adolescencia son tan malas como las del Mar del Norte. El viernes volvimos por donde habíamos venido y atracamos en Vlissingen. Ahí iba a llegar mi tripulación para la travesía de vuelta y mi familia iba a coger el tren a Inglaterra.



4. La vuelta

Lo de la tripulación para la travesía de vuelta tuvo su historia. En principio iban a venir conmigo Rob y Terry, los armadores del Cartel, pero unos días antes de salir de Inglaterra me llamó Rob para decir que acababan de anunciar una reducción de plantilla en su empresa y no se podía ir, y Terry, al que conozco menos, no quería venir si no venía Rob. Así que cuando salí hacia Holanda no tenía tripulación para la vuelta. Antes de salir puse anuncios en los foros de los clubes náuticos a los que pertenezco, y estuve toda la semana recibiendo llamadas, correos y textos de gente dispuesta a venir. Habría podido llenar el barco un par de veces. Al final quedaron en venir mis amigos Ian y Stephen, y Geoff, que acaba de vender el barco que tenía en Tollesbury y se muere de ganas de navegar. Justo antes de salir el sábado Nigel y Heidi me pidieron que les prestara un tripulante, y Geoff se fue con ellos.

La travesía fue fácil y agradable. Al salir de Vlissingen, la tarde del sábado, fuimos cinco horas de ceñida en condiciones inmejorables, pero al anochecer bajó el viento y tuvimos que ir a motor hasta la mañana del domingo, cuando el viento volvió a subir y nos permitió entrar en el Blackwater a toda vela, como si lo hubiéramos encargado. A las doce y media del mediodía estábamos atracados en Tollesbury.

lunes, 17 de enero de 2011

Mecánica náutica

Una de las principales asignaturas que tenía pendientes en mi formación como patrón de recreo era el mantenimiento del motor. En la vela, como en la vida, cuando te preguntas ‘¿qué haría yo si pasara tal o cual cosa?’, muchas veces la única respuesta posible es ‘mejor no pensarlo’. Esa es la situación en que me encontraba yo hasta hace nada con respecto a la posibilidad de tener una avería en el motor navegando. Yo sólo navego en veleros y sólo uso el motor lo estrictamente necesario: cuando no hay viento y para entrar y salir de los puertos. Por eso que falle el motor, en circunstancias normales, no es el fin del mundo, pero no deja de ser un problema y no saber qué hacer si surgiera me producía bastante desasosiego.

Cuando compré el Scallywag me propuse afrontar esta cuestión, y el año pasado hice un curso de un día de reparación de motores marinos, pero no me había ocupado de aplicar lo que aprendí a la realidad del motor de mi barco. Se me ocurrió que la mejor manera de familiarizarme con mi motor sería hacer yo el mantenimiento anual, en vez de encargárselo a un mecánico, y así lo he hecho: en los dos últimos fines de semana he completado las siguientes tareas:

• Cambiar el aceite y su filtro.
• Cambiar los filtros de gasoil y purgar el circuito.
• Cambiar el rodete de la bomba de agua.

Todo ha salido bien. No es difícil. Hacerlo ha cumplido la misión didáctica que me había marcado. Antes no veía en el motor más que una maraña sin sentido de cables, tuberías y manguitos entrando y saliendo de diversos receptáculos metálicos. Ahora veo por dónde circulan el gasoil, el aceite y el agua, y sabría cómo reparar las averías más comunes. Sigo sin entender el sistema eléctrico. Eso lo dejo para otra ocasión.

Desgraciadamente, la cosa no acaba aquí. Además del mantenimiento rutinario, me propuse solucionar un problema que había notado en las últimas salidas: una fuga en el circuito de gasoil. Lo sabía porque siempre había un poco de gasoil en la sentía del motor, pero ni sabía por dónde salía ni me sentía capaz de averiguarlo. Ahora, de repente, la cosa parecía mucho más fácil, y en seguida localicé la fuga, en el tornillo que sujeta a la bomba de elevación el tubo que lleva el gasoil desde la bomba al filtro. El tubo empieza en un anillo que rodea al tornillo entre la cabeza del tornillo y la bomba, con una arandela de cobre a cada lado. El gasoil se salía por los lados de este anillo.

Llamé a mi amigo Robert, que tiene un taller de coches. Me explico que es un tornillo hueco por el que circula el gasoil, entrando desde la bomba por la base y saliendo por un agujero lateral a la cavidad que queda entre el tornillo y el anillo que lo rodea. Siguiendo las instrucciones de Robert, quité el tornillo, limpié las arandelas y volví a montarlo todo. Ya no salía gasoil. Problema solucionado.

Sin embargo ayer, cuando me disponía a dar por finalizada la sesión de mantenimiento, con espíritu triunfal, noté que había otra vez un poco de gasoil en la sentina. Toqué el sitio por donde se salía antes y, en efecto, se volvía a salir. Pensé que sería cosa de apretar un poco más el tornillo, pero al intentarlo descubrí con horror que se había pasado de rosca. Lo saqué y vi que llevaba enroscada una bonita espiral de aluminio que antes había sido la rosca de la bomba.

Supongo que habrá que cambiar la bomba. No va a ser barato. Podría intentar hacerlo yo, pero creo que ha llegado el momento de reconocer mis limitaciones y dejar el asunto en manos de los profesionales. Esta mañana he llamado al mecánico de Tollesbury, con el rabo entre las piernas, para explicarle las consecuencias de mi incursión en la mecánica y encargarle que arregle el estropicio. Ni se ha reído de mí ni ha dado la impresión de pensar que me lo merezco por meterme donde no me llaman. Ya me caía bien, pero ahora aún más.

lunes, 2 de agosto de 2010

En el río Orwell


Una familia que tiene barco tiene que pasar parte de sus vacaciones navegando en él. Si no no merece la pena. Esto lo tenía presente esta primavera, cuando estábamos planeando las vacaciones. Sin embargo no me atrevía a proponer abiertamente un crucero veraniego. Tenía miedo al fracaso, a que fuéramos a navegar por mi empecinamiento y luego todo saliera mal. Barajamos una serie de posibilidades para las vacaciones que no nos habrían dejado tiempo para navegar, pero ninguna parecía muy atractiva, y al final decidimos pasar una semana navegando un poco por defecto, porque no se nos ocurría nada mejor que hacer.

Hasta ahora siempre que había salido a navegar en el Scallywag con la familia había ido acompañado por otros barcos del Tollesbury Cruising Club. Esta vez también habría querido salir con acompañantes, pero no lo pude combinar. Hace un par de años estuvimos navegando una semana por nuestra cuenta en un barco de chárter en Mallorca, pero ésta iba a ser la primera vez que navegaríamos solos en el Scallywag. La idea me producía bastante aprensión.

Desde Tollesbury hay bastantes destinos posibles para un crucero de una semana. Me decidí por el más fácil, que es el río Orwell. Hacia el norte del Támesis hay una serie de estuarios navegables. Tollesbury está en uno de ellos, el del río Blackwater. El siguiente hacia el norte es el del Orwell, a unas treinta millas náuticas.

El viernes volvimos a Tollesbury, después de pasar seis días navegando por el Orwell. El crucero ha sido un éxito. Hemos tenido vientos suaves que nos han permitido ir a vela casi todo el trayecto, mar en calma, buena visibilidad, temperatura agradable y sólo un poco de lluvia. Hemos recorrido setenta y siete millas náuticas, y entrado y salido de cuatro amarres y dos esclusas, sin ningún percance ni en la navegación ni en las maniobras. Mis hijas me han ayudado cuando era necesario, aunque por supuesto sin demasiado entusiasmo. A las dos las puedo dejar a cargo del timón, y manejan los cabos con soltura al atracar y desatracar. Esto nos ha dado confianza a todos y ha reducido los niveles de estrés. Nos hemos llevado sorprendentemente bien, teniendo en cuenta que hemos estado seis días los cinco en un espacio bastante reducido y sin mucho que hacer. Nadie lo ha pasado muy mal.

Nuestro primer destino en el Orwell era la marina de Shotley, a la entrada del estuario, enfrente del inmenso muelle de contenedores de Felixtowe. Allí pasamos dos noches. Desde Shotley cogimos un transbordador a Harwich, en la otra orilla del estuario, y pasamos un día de turistas, paseando por la ciudad. Comimos sorprendentemente bien en el restaurante del Pier Hotel, enfrente del muelle.

Las dos noches siguientes las pasamos en Ipswich, en la cabecera del estuario, nueve millas río arriba. Es una típica ciudad inglesa de provincias, con algunos edificios atractivos. Al puerto se entra por una esclusa. Todavía tiene bastante actividad como puerto de carga, pero ahora además hay dos marinas. El muelle antiguo lo han convertido en una zona residencial para jóvenes profesionales, con bloques de pisos con aspiraciones estéticas. Desgraciadamente la crisis ha interrumpido el proceso de regeneración urbana, y algunos bloques se han quedado a medio construir. Paseamos y vimos lo que había que ver. Fuimos de compras e incluso al cine, a ver Karate Kid en unos multicines de un centro comercial. Y una vez más comimos mejor de lo que nos esperábamos, en el Bistro on the Quay, a escasos metros de nuestro amarre.

La última noche la pasamos en el Royal Harwich Yacht Club, que tiene unos pantalanes con amarres para socios y visitantes en el tramo más bucólico del río. Desde allí nos dimos un paseo campestre por la ribera hasta Pin Mill, que es uno de los lugares más apreciados por los navegantes de la costa este. Es una aldea minúscula con un pub mítico, el Butt and Oyster, y unos astilleros tradicionales. En la orilla hay varadas una serie de barcazas vetustas. Río adentro hay varias hileras de boyas de amarre. Se respira sosiego y tradición. El sendero que nos llevó hasta Pin Mill era delicioso, atravesando praderas, campos de cereales y robledales, con el río majestuoso de telón de fondo.

Ni que decir tiene que hay sitios mucho más atractivos donde navegar, sitios donde el agua es azul, y no marrón, donde en los restaurantes de las marinas se come bien, y donde el buen tiempo está más o menos garantizado. Pero aquí es donde está mi barco y donde estoy yo. Es mi trozo de costa. Me gusta no haberlo elegido, navegar donde me ha tocado. Es un simulacro de arraigo en mi vida desarraigada.

Así que en nuestro primer verano con el Scallywag hemos tenido nuestro crucero, como debe ser. Para mi sorpresa, un par de veces, sentados alrededor de la mesa en el barco, alguien, no yo, sacó el tema de dónde iremos el verano que viene: ¿Francia? ¿Holanda? No me lo acabo de creer. ¿Será posible que al final consiga tener una familia marinera?

lunes, 28 de junio de 2010

Mersea Stone


Este fin de semana he salido a navegar el Scallywag con la familia y otros barcos del Tollesbury Cruising Club. Nuestro destino era el fondeadero enfrente de Mersea Stone, una playa a la entrada del río Colne, unas ocho millas al este de Tollesbury.

Salimos con la pleamar del mediodía del sábado, con un viento del este de unos quince o veinte nudos, más de lo que esperábamos y más de lo recomendable con la tripulación que llevaba. Antes de salir ya puse un rizo. Al salir a mar abierto me pareció poco y puse otro antes de izar las velas. Luego me alegré.

Fuimos todo el trayecto haciendo bordos de orilla a orilla del Blackwater. El timón lo llevaba yo, menos cuando tenía que cazar el génova después de cada bordo, que se lo pasaba a mi hija mayor. Íbamos a unos cinco nudos, a pesar de ir ciñendo a rabiar y de llevar una mayor minúscula. Yo iba feliz, sintiéndome en control de mi barco y con él de los elementos.

Cuando llegamos al fondeadero ya estaban allí otros barcos de Tollesbury, algunos claramente garreando en el viento que no amainaba. Yo no las tenía todas conmigo, pues no había dónde fondear en menos de nueve metros de agua y sólo llevo siete metros de cadena y unos dieciséis de cabo, bastante menos de lo recomendable. Sin embargo, después de pasar un buen rato tomando enfilaciones llegué a la conclusión de que estábamos bien agarrados.

Al atardecer fuimos en las auxiliares a la playa, que es una pendiente de arena y conchas que sube del agua a un páramo inhóspito. Allí cada familia se hizo su barbacoa, y al anochecer los niños fueron a buscar leña e hicieron una hoguera enorme. Así vimos el sol ponerse, redondo, rojo y desvaído. Unos minutos después salió la luna, más o menos de la misma forma, tamaño y color, en el punto opuesto del horizonte, como en uno de esos trucos de magia en los que la moneda desaparece de una mano y aparece en la otra.

Cuando nos fuimos a dormir el viento ya se había calmado, y aunque me desperté a media noche pensando si estaríamos garreando, no estaba suficientemente preocupado para salir a mirar.

A la mañana siguiente volvimos a Tollesbury, con menos mar y menos viento, y el que había, a nuestro favor. Mi hija mediana cogió el timón por un momento y acabó llevándolo todo el camino. Yo aproveché las circunstancias para sacar en gennaker y deleitarme en contemplar orgulloso la explosión de colores.

El Colne llega hasta Colchester, aunque hace mucho que dejó de ser navegable hasta allí. Colchester fue el primer asentamiento romano de importancia en las islas británicas. Es probable que hubiera barcos romanos fondeados donde estuvo el mío el sábado, muchos siglos después, y que los marinos romanos vieran puestas de sol como la que vi yo. Sentado en la playa enfrente del fuego no daba la impresión de que el mundo hubiera cambiado gran cosa desde entonces en ningún aspecto esencial.

La foto es de Jess Cooke, del Nimrodel

martes, 25 de mayo de 2010

Primera regata con el Scallywag


El Tollesbury Cruising Club organiza todos los años una serie de regatas para los socios. Este fin de semana ha sido la primera de la temporada, y mi primera regata con el Scallywag. Eran veintitantas millas, desde el estuario del río Blackwater, donde está Tollesbury, hasta el del Crouch, que es el siguiente hacia el sur, y el último antes del Támesis. Mi tripulación estaba compuesta de Peter, uno de mis compañeros más asiduos de fatigas náuticas, Ardaan, un viejo amigo mío holandés que venía a estrenar el barco, y Jeroen, un amigo de Ardaan al que también conozco desde hace mucho. Los tres buenos marinos. Sin problemas.

Dormimos en el barco el viernes porque a la mañana siguiente había que salir de la marina con la pleamar de las siete. La regata no empezaba hasta las diez, así que nos amarramos a unas boyas para desayunar en los Mersea Quarters, a la vuelta de la esquina. El desayuno nos duró más de lo debido. Diez minutos antes de la salida, como es costumbre, avisaron por la radio que apagáramos el motor y quitáramos la bandera, y a nosotros todavía nos quedaban unos cuantos bordos para llegar a la línea de salida. Cuando sonó la bocina todavía no habíamos llegado, pero enseguida nos incorporamos a la flota.

El primer tramo de la regata, saliendo del Blackwater, íbamos con viento de proa, haciendo bordos y sorteando las balizas del recorrido. El Scallywag ceñía de maravilla, deslizándose por el agua con suavidad, y fuimos adelantando barco tras barco, hasta colocarnos los terceros. Del Blackwater al Crouch se pasa por un canal de muy poco calado entre dos bancos de arena. Desde allí virábamos hacia el oeste para enfilar el Crouch, ahora viento en popa. Este tramo no se nos dio tan bien, principalmente porque no usamos el espinaker. Tengo un espinaker y un genaker, con todo su aparejo, pero todavía no había tenido ocasión de investigarlos, así que al apuntarme a la regata dije que no los usaría. Con la mayor y el génova íbamos un poco lentos con un viento de popa muy débil, y el Dionysus, al que habíamos dejado muy atrás en el tramo de ceñida, ahora nos adelantó sin dificultad con su flamante espinaker. Al final quedamos cuartos de nueve barcos, y fuimos los primeros en cruzar la línea de meta sin espinaker. Ganó el Dionysus.

Pasamos la noche en Burnham on Crouch, el centro de regatas más tradicional de la costa este. No había estado nunca y me gustó más de lo que esperaba. Es un puerto de verdad. Tuvimos una cena de hermandad en el Royal Burnham Yacht Club, los que habíamos participado en la regata y las tripulaciones de otros barcos de Tollesbury que habían venido sin competir. Todo muy agradable. La comida, del montón.

El domingo a media mañana salimos de vuelta a Tollesbury. Teníamos todo el tiempo del mundo, pues la pleamar no era hasta las nueve de la noche, y aprovechamos para estrenar por fin el espinaker y el genaker, con un viento muy suave ideal para este propósito. Todo funciona a la perfección. En la próxima regata los usaremos. Entramos en la marina al anochecer. Peter se fue a su casa, y Ardaan, Jeroen y yo cenamos en el barco y caímos rendidos.

La mañana del lunes la dediqué al mantenimiento del barco. Luego tuvimos el tiempo justo para darnos un baño en la piscina de Tollesbury y hacer una visita turística relámpago a Maldon antes de dejar a Ardaan y Jeroen en el aeropuerto.

Una regata en mi propio barco, con una tripulación de buenos amigos, el mar en calma, vientos benignos y un sol radiante. No sé qué más podría pedir. Aquí está la ruta del sábado, y aquí la del domingo.

martes, 6 de abril de 2010

Primera travesía familiar en el Scallywag: V. Cuarta y última singladura. Lunes de Pascua.


A la mañana siguiente mi tripulación parecía tener suficiente ánimo para reírse de sus penurias. Al final lo que más les importaba no era el viento, las olas, el frío o la lluvia, sino que después de pasar todo el invierno preparando al Scallywag para la temporada se me había olvidado lo más importante: limpiarlo por dentro. A mí no me parecía que estuviera mal, pero a Inma, Clara y Alicia les daba asco cada vez que su piel entraba en contacto con cualquier superficie del barco.


De Bradwell a Tollesbury no hay más de una hora. Pasamos el día en Bradwell esperando a que la pleamar de la tarde nos permitiera entrar en Tollesbury. Dimos un paseo muy agradable por la playa, pero a mí me amargó un poco la mañana la ansiedad que nos entra a algunos cuando tenemos demasiado tiempo para pensar las cosas. Me agobiaba sobre todo salir del amarre con unos veinticinco nudos de viento de popa, esta vez sin la posibilidad de repetir la treta que había usado en Tollesbury tres días antes. Visualizaba la maniobra una y otra vez y me iba poniendo más nervioso. Como suele suceder, toda la preocupación fue por nada. Justo antes de salir yo, salió el del amarre de enfrente, así que pude recular a su espacio y salir sin problemas.


Al salir, el mar estaba muy agitado, pero no era mucho rato y la tripulación ya estaba más curtida. Cuando llegamos a la entrada del canal de acceso a Tollesbury, la marea todavía no había subido lo suficiente para entrar. Entre el viento y la presión atmosférica, acabó subiendo sesenta centímetros menos de lo previsto en las tablas. Hay unas boyas donde te puedes amarrar para esperar. Les expliqué a Clara y a Inma la maniobra con detalle, y las mandé a la proa con el bichero. Siguieron mis instrucciones escrupulosamente hasta que llegaron a un obstáculo insalvable: cuando vieron que el bichero sacaba un cabo cubierto de algas babosas y malolientes, a las dos les daba demasiado asco tocarlo. Menos mal que me dio tiempo a llegar a cogerlo yo. Allí nos organizamos las defensas y los cabos y cuando el poste que indica el calado para entrar a la marina marcaba algo más de cinco pies entramos y atracamos sin incidentes.

La travesía no ha sido un éxito rotundo, pero tampoco ha sido un fracaso total. A lo mejor hubiera sido mejor no hacerla, pero dado que la hemos hecho, en las condiciones que nos tocaron, no podría haber ido mucho mejor. Para mí personalmente ha sido sensacional y me parece que los demás han visto, además de lo malo, un poco de lo bueno del plan que les estoy proponiendo.

Primera travesía familiar en el Scallywag: IV. Tercera singladura. Domingo de Resurrección


El día siguiente lo pasamos dando paseos por Heybridge, pues no había suficiente agua para salir del canal hasta la tarde. Llamé por teléfono al anterior dueño del Scallywag, que vive en Maldon, para ver si tenía alguna idea de qué le podía pasar a la calefacción. Vino a Heybridge a echar un vistazo. Aunque no sacamos nada en claro me alegró verlo. Dijo que me ayudaría a reparar la antena de la radio.

Al salir había un viento perfecto. Me daba miedo aproarme para izar la mayor, pues temía salirme del canal y encallar otra vez, pero al ver que otros lo hacían me animé. Con Clara a cargo del timón y de la sonda me fui al mástil y la izamos en un momento. Hicimos todo el trayecto a vela. Primero de empopada, y luego de través, en una de esas regatas informales que surgen siempre que hay dos o más barcos navegando en la misma dirección. Íbamos más rápido que casi todos, a pesar de llevar un rizo innecesario en la mayor.


Nuestro destino ese día era Bradwell, una marina en la orilla sur del estuario, casi enfrente de Tollesbury. La entrada es de las de examen, con un poste de babor que hay que dejar a estribor, un canal en curva con boyas a babor y withies a estribor, seguido de una enfilación con dos postes en la costa, e inmediatamente un giro a estribor de noventa grados para seguir una línea de boyas de amarre hasta la bocana del puerto. El atraque ese día lo hice un poco mal, pues después del laberinto de la entrada me despisté un poco y no tuve en cuenta el efecto del fuerte viento de través sobre mi trayectoria. Afortunadamente había una cuadrilla de socios del club esperándome en el pantalán para rectificar mi error.


Esa tarde hubo otra fiesta en el Moonshine. Esta vez sí vino Inma. Luego fuimos a cenar al Green Man, un pub a cinco minutos de la marina. Es un pub de leyenda, con una energía y buen humor palpables, de los que ya no quedan. Desgraciadamente, como en todos los pubs buenos, no dejan entrar a niños, pero tienen una sala, como de cuarentena, para familias. La cocina ya había cerrado, pero nos hicieron unos platos de huevos, jamón de york y patatas fritas. Tengo que volver sin niños.

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Primera travesía familiar en el Scallywag: III. Segunda singladura. Sábado de Gloria

A la mañana siguiente nos levantamos todos con la moral muy baja. Alicia estaba indignada por lo que le había hecho pasar el día anterior, y aterrada por lo que todavía le quedara por padecer, por no hablar de todas las actividades sociales que se estaba perdiendo en Londres. Los demás tenían actitudes menos hostiles, pero desde luego nadie estaba deseando continuar. Escuché el parte meteorológico, y no parecía que la cosa fuera a mejorar. Sin embargo, había un par de factores prometedores. Para empezar, esta vez íbamos a navegar con el viento y la marea en la misma dirección, que siempre produce mares más calmados. Además, gran parte de la travesía sería en las aguas más resguardadas del estuario.

Estuve a punto de anunciar que nos volvíamos a Tollesbury. Estaba convencido de que era la decisión equivocada, de que mi campaña para atraer a mi familia a mi proyecto náutico no se recuperaría fácilmente de esa derrota. Sin embargo era de verdad lo que me apetecía: abandonar, vender el barco, sacarme de una vez la idea de la cabeza. Al final no dije nada y me fui otra vez a tierra a comprar gasoil. Con el aire fresco me tranquilicé y me decidí a seguir. La tripulación lo aceptó.

Salir fue fácil. Me habían puesto justo al final del pantalán, mirando río arriba. Ahora la marea estaba subiendo. Andy, otro socio, me dio una idea excelente que funcionó a la perfección: soltar la amarra de popa y dejar que la corriente me diera la vuelta al barco. Luego, ya apuntando hacia la salida, no tenía más que soltar la amarra de proa y echar a andar.


Como me esperaba, las condiciones ese día fueron mucho más benignas, así que pudimos sacar las velas y apagar el motor. Fuimos así, disfrutando, un buen rato. Luego nos alcanzó un fuerte chubasco de lluvia y viento, así que enrollamos el foque y encendimos el motor. Cuando se pasó seguimos así, pues el canal ya se estrechaba y el pilotaje requería mis cinco sentidos.

Nuestro destino ese día era Heybridge Basin. El estuario del Blackwater llega hasta Maldon, famosa por su sal. A Maldon es difícil llegar con un velero. Se puede subir con la marea, pero nada más llegar te tienes que volver, pues no hay donde quedarse a flote con marea baja. Pero un poco antes de Maldon está Heybridge Basin. Es el punto en el que un canal construido en el siglo XVIII que empieza tierra adentro se comunica con el mar. Se entra por una esclusa, a la que sólo se puede acceder justo antes de la pleamar. Solo da tiempo a usar la esclusa un par de veces antes de que empiece a bajar la marea y deje de haber suficiente agua para alcanzarla.


Cuando llegamos, la marea todavía no había subido lo suficiente, así que estuvimos dando vueltas esperando a que cambiara el semáforo. Rob, el patrón del Polo IV, me explicó la entrada por la radio. Se accede a la esclusa siguiendo una línea curva de ramitas de árbol clavadas en el fondo, que has de dejar a babor. Es una técnica muy común por aquí para marcar los canales de acceso. En inglés se les llama withies. No sé cómo se dice en español.


Cuando se puso verde el semáforo me uní a la cola para entrar en la esclusa. Sabía que tenía que seguir la línea de whities. Lo que no sabía es que tuviera que estar tan cerca de ellos. Me alejé un poco y encallé. Salí sin problemas, y contento de haber pasado sin mayores consecuencias por este trance tan común en la costa este.

En esta foto de la entrada a la esclusa con marea baja podéis ver por qué hay que ir tan cerca de los withies.


Y aquí tenéis un primer plano del surco que dejé con la orza, mi primera contribución artística al paisaje de esta costa.


La esclusa es un espectáculo para los lugareños y los turistas, que se arremolinan para presenciar la operación. Una vez dentro, el encargado, un señor simpatiquísimo, da a cada barco instrucciones precisas sobre donde amarrar. Nosotros, con otros tres barcos del club, estábamos abarloados a Gladys, una barcaza del Támesis, que es un tipo de velero tradicional que en el siglo XIX se usaba para ir desde estos puertos a Londres con cargamentos de paja para los caballos y volver con cargamentos de estiércol de los caballos para abonar la tierra y continuar el ciclo. Estaban diseñadas para ser tripuladas por un hombre y un chaval. Son espectaculares. En Maldon hay muchas. Damián pasó mucho tiempo jugando en la cubierta de Gladys.


Esa tarde el ambiente en el Scallywag era algo más distendido. El día, después del chubasco, no había sido desagradable, y al llegar hacía un resol muy rico. Las niñas se habían hecho amigas de dos hermanas de otro barco del club, que además tenían un perro. También creo que experimentaron por primera vez la satisfacción de haber completado una singladura con éxito.

Cenamos todos juntos en un pub que hay a la orilla del canal. Éramos unos cuarenta, entre los que íbamos en la flotilla y los que vinieron a la cena por carretera. La comida no era buena, pero en este país, fuera de Londres, ya se sabe. La compañía, por el contrario, excelente. Gente acogedora, interesante y sencilla.

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Primera travesía familiar en el Scallywag: II. Primera singladura. Viernes Santo


El Scallywag está amarrado en la marina de Tollesbury. Como he explicado en otra ocasión, en Tollesbury sólo se puede entrar o salir aproximadamente una hora antes o después de la pleamar. Si no, no hay suficiente profundidad en el canal de acceso, que en cada bajamar se seca completamente.

Esta es la entrada a la marina con marea alta.


Y aquí podéis ver el aspecto que ofrece con marea baja.


Ese día la pleamar era a las tres de la tarde. Como era una marea muy viva, se podía salir desde las dos. Hubiera sido mejor dormir en el barco y prepararnos por la mañana con tranquilidad, pero la noche anterior salimos Inma y yo, así que llegamos al barco el mediodía del viernes un tanto apresurados. El tiempo no era bueno, con lluvia intermitente y frío. Además el viento era bastante fuerte, sin bajar de los veinte nudos, y racheado.

Hasta unos minutos antes de salir estuve considerando si debía abandonar. Las condiciones estaban un poco al límite de lo agradable y no quería asustar a nadie. Por otro lado, por aquí, si sólo sales cuando las condiciones son perfectas no sales nunca, y la singladura no era complicada.

Lo más difícil era salir de mi amarre. Las maniobras a motor en un velero con viento fuerte no presentan mayor complicación siempre que puedas mantener la popa hacia el viento. Lo difícil es girar la proa hacia el viento. Hay técnicas para hacerlo con ayuda de cabos, pero requieren una tripulación más experta que la que tenía yo en esta ocasión. El viento me venía por la popa, así que no hubiera sido fácil girar para encarar la bocana, pero se me ocurrió que podía salir en marcha atrás hasta rebasar la bocana, y coger suficiente inercia para enfilarla ya hacia adelante. Cuando vi cómo solucionar este problema me decidía a salir.


Ese día íbamos a Brightlingsea. Sólo son unas dos horas de camino, pero fue bastante desagradable. La entrada a Brightlingsea está ya fuera del estuario, y con el fuerte viento soplando en dirección opuesta a la marea viva, el mar estaba muy revuelto. Clara estaba a mi lado en la bañera, pero muerta de frío. Alicia estaba tumbada en el camarote de proa y se mareó un poco, pero luego, a pesar de ir dando botes, consiguió dormirse. Inma intentaba ayudar, pero se mareó mucho. Damián impasible, tumbado leyendo Harry Potter, como si nada.

Tanto la salida de Tollesbury como la entrada a Brightlingsea son complicadas. Son canales estrechos y tortuosos, invisibles con marea alta. Si te sales, encallas. El paisaje es muy llano y sin muchos puntos de referencia con los que orientarte. Con el plotter no es muy difícil, pero siempre te queda el miedo de que no estés donde crees que estás. Fuimos a motor, pues entre el pilotaje y el timón, y con la tripulación diezmada, no podía plantearme sacar las velas.

A pesar de todo llegamos a Brightlingsea sin contratiempos. Brightlingsea es un puerto pequeño y remoto, de mucha tradición marinera. Desde hace poco tiene una marina que es parte de un complejo residencial con más pretensiones que gracia. Pero cuando se va a Brightlingsea no se suele ir a la marina, sino a un par de pantalanes flotantes públicos que hay en el centro del río, sin conexión a tierra firme. Cuando llegas, el capitán del puerto te está esperando en su lancha y te lleva adonde quiere que te coloques.


Atracamos sin problemas, con la ayuda de otros socios del club que nos estaban esperando. Inma, Clara y Alicia estaban destrozadas, ateridas de frío y desmoralizadas. Desgraciadamente la calefacción del barco eligió ese momento para dejar de funcionar, así que las tres se metieron a sus sacos de dormir para hibernar y conservar en lo posible las funciones vitales. Damián, por el contrario, estaba tan contento.

Paul, un socio del club, vino a invitarnos a una fiesta en su barco, el Moonshine, un Maxi 1100 precioso que se acaba de comprar. Inma, Clara y Alicia ni se enteraron, así que fuimos Damián y yo. Muy buen ambiente. Gente excelente, todos preocupados por lo que pudiera pensar mi familia de la travesía. Uno me dijo que en los veinte años que llevaba en Tollesbury nunca se había encontrado con condiciones tan duras. Damián lo pasó en grande. No tiene costumbre de estar así, sintiéndose parte de un grupo de adultos de juerga, y eso cuando eres niño siempre te gusta.

Cuando Damián y yo dejamos la fiesta al anochecer, el resto de la tripulación seguía sin dar señales de vida, así que nos fuimos los dos a tierra en una barca taxi que presta este servicio. En un restaurante indio compramos cena para todos y la llevamos al barco. Inma, Clara y Alicia comieron un poco sin salir de los sacos.


Esa noche dormimos todos un sueño muy profundo.

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Primera travesía familiar en el Scallywag: I. Introducción

En el puente de Semana Santa he salido a navegar por primera vez con mi familia en el Scallywag. Ha sido un crucero de cuatro días, organizado por el Tollesbury Cruising Club, del que somos socios todos los que tenemos un amarre en la marina de Tollesbury. Tollesbury está en el estuario del Blackwater, en la costa este de Inglaterra, al norte del Támesis. El plan era visitar otros tres puertos del estuario: Brightlingsea, Heybridge Basin y Bradwell.


A lo mejor tendría que haber esperado a que la primavera se asentara un poco más para introducir a mi familia a las delicias de la navegación en estas latitudes. Han navegado conmigo en Grecia y en Mallorca, pero esto es otra cosa. Aquí la temporada de vela no empieza de verdad hasta Mayo. Ahora la mayoría de los barcos todavía están fuera del agua. Pero yo estaba un poco impaciente por estrenar el barco, que es mío desde diciembre. Además era una ocasión excelente para visitar los puertos del estuario en compañía de gente que se los conoce. Por aquí el pilotaje es complicadillo.

Empiezo por presentaros a mi tripulación, para los que no los conocéis, en fotos que hice durante la travesía.

Primero está Inma, mi mujer. Para que os hagáis una idea del interés que tiene Inma por la vela, os diré que aunque compré el barco hace unos cuatro meses, ella ni siquiera lo había visto hasta que no llegamos para embarcarnos. Preferiría no ayudar en nada, pero lo que tiene que hacer lo hace sin rechistar. No es miedosa.


Luego está Clara, mi hija mayor, de catorce años. Clara, a pesar de no haber navegado mucho, es una tripulante excelente. Hace lo que le dices e intenta aprender. Lleva el timón muy bien. Lo puedo dejar en sus manos y encargarme de otra cosa sin ningún problema.


A continuación tenemos a Alicia, la segunda, de doce años, con un caso prematuro de insatisfacción adolescente. Es a la que menos gracia le hacía este plan, y se aseguró de que lo tuviera presente durante toda la travesía, pero la verdad es que a pesar de su mal humor aguantó las penalidades con cierto estoicismo. Si se esmerara lo haría bien. Tengo esperanzas.


Por último está Damián, de siete años. Es demasiado pequeño para ser de mucha utilidad en un barco, pero nunca molesta y aguanta lo que le echen.


Aquí está el patrón:


Y aquí su barco:


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lunes, 15 de marzo de 2010

El Scallywag varado


El 21 de diciembre traje el Scallywag desde el río Orwell, donde lo compré, a su nuevo hogar en Tollesbury. Desde después de navidad me he dedicado al bricolaje náutico, arreglando algunas cosillas, pensando cómo arreglar otras y enterándome poco a poco de cómo funciona todo. Ha habido que sacarlo del agua, pues había que cambiar la pieza que impide que entre agua por el agujero por el que el eje de la hélice atraviesa el casco. Además había que poner en la obra viva la patente que evita que se cubra de algas y moluscos. Había pensado hacer todo esto en un fin de semana, con el barco colgado de la grúa, pero estas cosas siempre se complican.

Al verlo fuera del agua me encontré con que la patente del año anterior estaba cubierta de una capa de barro muy difícil de quitar. El dueño anterior tenía el barco en un amarre en el que sólo estaba a flote con marea alta. El resto del tiempo descansaba sobre el barro, que había pasado a formar parte integral de la patente, y en algunos puntos del propio casco. Además, la orza de hierro fundido tenía algunos puntos de óxido. Ni el barro ni el óxido son problemas serios, pero decidí afrontarlos ahora, y desde entonces les he dedicado gran parte de mis fines de semana. A pesar del frío y la fatiga no me ha importado hacerlo. Creo que no lo he hecho muy bien, pero estoy aprendiendo. Ayer terminé, y la verdad es que daba gusto verlo, todo reluciente, en el primer sol que parecía querer calentar un poco después de un invierno largo y despiadado. Mañana lo vuelven a meter al agua, que es donde debe estar. Ahora a navegar.

martes, 22 de diciembre de 2009

Primera travesía en el Scallywag


El Scallywag ha estado desde la primera vez que lo vi en el Suffolk Yacht Harbour, donde lo había llevado su dueño para una feria de barcos de segunda mano. Cuando pasó a mi propiedad hace dos semanas todavía estaba allí. Mi intención era llevármelo inmediatamente a la marina de Tollesbury, su nuevo hogar, pero tuve que cancelar el traslado un par de veces por problemas climatológicos. Ayer, por fin, mi amigo Robert y yo lo logramos.

En Tollesbury sólo se puede entrar y salir con marea alta. Ayer la pleamar allí era a las tres menos cuarto de la tarde y amanecía a las ocho. Es una travesía de unas treinta millas náuticas, así que saliendo al amanecer, con una velocidad media de cinco nudos, podíamos llegar a Tollesbury a tiempo para entrar. En esta costa, cuando sube la marea, la corriente fluye de norte a sur, así que podíamos contar con su ayuda durante todo el camino.

Lo conseguimos holgadamente. No lo digo porque sea mío, pero el Scallywag es un barco muy rápido. Desde que superamos las aguas confusas que nos encontramos a la entrada del Orwell, apenas bajamos de los seis nudos. Para un barco de treinta y un pies, eso es ir rápido. Al principio íbamos a motor con, 15-20 nudos (21-26 aparentes) de un viento gélido de cara, pero luego roló y pudimos apagar el motor y seguir a vela: el moménto mágico que justifica todasl las molestias y contratiempos de esta actividad. Llegamos a la entrada de Tollesbury más de una hora antes de lo previsto. La marea todavía no había subido lo suficiente para entrar, así que nos amarramos a una boya para comer y esperar.

La noche anterior, mi primera noche en el Scallywag, yo estaba un poco intranquilo. Hubiera preferido hacer mi primera travesía en este barco con más tripulantes y mejores condiciones meteorológicas, pero decidí hacerlo así y temía haberme equivocado. Me desperté muchas veces oyendo el viento ulular en las jarcias y visualizando las maniobras de desatraque y atraque.

Sin embargo todo fue muy bien. El único problema que tuvimos fue que como resultado del frío y las nevadas de estos días atrás el Scallywag estaba cubierto por una capa de unos veinte centímetros de hielo. Pasamos más de una hora antes de amanecer quitando hielo. Cuando ya estábamos listos para salir perdimos veinte minutos desatando las amarras, pues los nudos se habían congelado y no había quien los moviera.

Los sueños no se suelen hacer realidad. Cuando te pasan cosas buenas, casi nunca son las que habías soñado. Sin embargo ayer al atardecer, entrando en Tollesbury al timón del Scallywag, era consciente de estar viviendo la realización de un sueño.

domingo, 6 de diciembre de 2009

El Scallywag

Para navegar no hace falta tener barco. Eso lo sé yo mejor que nadie. Desde que empecé hace unos seis años, he navegado unos ciento cincuenta días y unas seis mil millas náuticas en veinte barcos distintos que no me pertenecían, en el Canal de la Mancha, el Mar del Norte, las Islas Frisias, las Hébridas, el Báltico, la costa atlántica francesa, el Golfo de León, las Islas Jónicas y Mallorca. Me sobran oportunidades para navegar. No navego más porque no tengo tiempo.

En vista de esto, y de que tener un barco es caro y da muchos problemas, no tendría mucho sentido que me comprara uno. Sin embargo, eso precisamente es lo que acabo de hacer. Me he comprado un barco.

El deseo de tener un barco me surgió hace un par de años. Me sumé a las hordas de hombres de mediana edad que pasan sus veladas enfrente del ordenador viendo en internet barcos en venta: comparando, planeando, calculando presupuestos virtuales y dejando volar la imaginación. ¡Qué vergüenza; menos mal que no nos ve nadie! Luego empecé a ir a la costa a ver en persona barcos que encontraba en internet. Vi unos quince.

El deseo dio lugar a un creciente desasosiego que alcanzó niveles insoportables. Esta situación ridícula solo se podía terminar con la extinción del deseo o con la adquisición de un barco. Cuando acepté que lo primero no iba a ocurrir me convencí de que tenía que comprarme un barco, y que pasara lo que pasara.

El año pasado hice una oferta por uno, pero al final no llegamos a un acuerdo. Este otoño, como si el destino quisiera tentarme, salió a la venta uno casi igual por el que pedían menos de lo que había ofrecido por el anterior. Desde antes de ayer es mío. Se llama Scallywag, que significa pillo. Aparte de sus cualidades marineras, con las que no os voy a aburrir, es muy bonito.

Ayer pasé el día en el barco yo solo, arreglando cosillas y haciéndome a la idea de que es mi barco. ¿Os acordáis de la sensación nada más abrir los regalos de reyes? Con esa gratitud ligeramente teñida de decepción siento ahora yo que no espero mucho más de la vida.

lunes, 14 de septiembre de 2009

De Plymouth a Portsmouth


Todos los años uno de los barcos de mi club de vela de crucero pasa el verano en zonas de navegación alejadas de su puerto de base, y los socios se turnan para usarlo igual que cuando está en casa. Entre los destinos recientes están las rías bajas, Bretaña, Irlanda y el Báltico. Este verano Spellbinder ha estado en Cornualles, y este fin de semana lo he traído de vuelta a casa con unos amigos, desde Plymouth hasta Portsmouth, unas 130 millas náuticas, 26 horas, sin parar.

Las condiciones meteorológicas ofrecían una de cal y otra de arena. La de cal era buena visibilidad, cielos despejados y viento moderado. La de arena era que el viento venía de donde nosotros queríamos ir. En otras circunstancias hubiéramos ido a vela haciendo bordos, pero entonces en vez de un fin de semana hubiéramos tardado una semana, así que hemos ido casi todo el trayecto a motor.

Al poco de salir, en Start Point, nos encontramos con un mar sorprendentemente agitado, con olas altísimas e irregulares, que dejó temporalmente incapacitados a dos de mis cuatro tripulantes. Con estos dos dedicados exclusivamente a vomitar y a desear que la muerte los sacara cuanto antes de su miseria, las guardias por la noche las tuvimos que hacer entre los tres que quedábamos en pie. La noche, por lo tanto, fue más dura de lo previsto, pero los otros dos, Bill y Peter, son mis compañeros de fatigas náuticas más antiguos y fiables. Nos hemos visto en otras peores.

Al llegar a Portsmouth tuvimos un incidente interesante. La driza de la vela mayor se había atascado y no conseguíamos arriar la vela. Entrar en el puerto deportivo con la vela izada, con el viento que hacía, hubiera sido problemático: había que hacer algo. Nos amarramos a una boya que encontramos y allí me izaron hasta lo alto del mástil en una guindola para desconectar la vela de la driza y poderla bajar. Así pasé un buen rato, balanceándome a unos diecisiete metros sobre el nivel del mar, peleándome con el grillete, disfrutando de las vistas a mi alrededor e intentando no mirar hacia abajo. El grillete se resistía, pero tras una buena rociada de tres en uno se rindió y la vela cayó: problema solucionado.

Siempre que sales a navegar estás expuesto a que te toque hacer cosas que en condiciones normales no te atreverías a hacer. Para los marineros de pacotilla como yo, subir al mástil suele ser una de ellas. Pero para mí ya no. Ya lo he hecho. Ya sé que puedo hacerlo.

Desde pequeño he sido un cobarde, pero según me voy haciendo mayor cada vez lo soy menos. Se podría argumentar que esta es la manera racional de dosificar el valor a lo largo de la vida, pues cuanto más viejo eres perder la vida es perder menos, del mismo modo que si te sales del cine con la película a punto de acabar te pierdes menos que si te sales con la película recién empezada. Por otro lado, si te gusta la película, cuanto más has visto más rabia te da perderte lo demás. De todos modos en mi caso este desarrollo no obedece a un cálculo racional. Simplemente he notado que me pasa, como las canas o las arrugas.

Si tienes Google Earth, pinchando en la foto puedes ver nuestra ruta en detalle, excepto en el centro del Solent, donde mi GPS perdió la señal.

martes, 7 de julio de 2009

Por la costa atlántica francesa


Mi aventura náutica de este verano iba a ser una travesía de Cornualles a Galicia. Nuestro plan era participar en una regata desde el río Helford, casi al final de Cornualles, hasta L’Aber Wrac’h, casi al final de Bretaña, y desde allí cruzar en línea recta hasta La Coruña. Sin embargo este plan se ha ido al traste por falta de viento. La vela es así.

De la regata nos tuvimos que retirar, como la gran mayoría de los setenta y cinco barcos que tomaron la salida. Estuvimos todo el día y toda la noche haciendo bordos a través del Canal de la Mancha con cada vez menos viento, pero a la mañana siguiente desapareció totalmente, y a las diez y media, tras recorrer dos tercios del trayecto, tuvimos que encender el motor y retirarnos.

Era el cincuenta aniversario de esta regata, y el club náutico de L’Aber Wrac’h preparó una celebración por todo lo alto, en una ladera con una vista maravillosa de la bahía. Hubo discurso del alcalde del pueblo, entrega de premios, y un gran banquete de embutidos, ensaladas y pasteles, amenizado por un grupo de canciones marineras.

El lunes, todavía sin viento, decidimos pasar, a motor, el Channel du Four y el Raz de Seine, y esperar en la costa sur de Bretaña hasta que llegara el viento para salir hacia La Coruña. Sin viento esa travesía no es factible en un velero. Son unas 350 millas náuticas, y a motor no hubiéramos podido hacer más de 140 sin repostar.

Pero el viento no llegaba, así que seguimos bajando por la costa francesa a motor, aletargados por el sol y la falta de faena. Así llegamos a Belle Île, realmente bella, y desde allí a la Île d’Yeu, algo menos. En algún punto entre estas dos islas, supongo que al cruzar la línea del Loira, el norte de Europa se convierte en el sur de Europa. Sauzon, en Belle Île, casi podría estar en una isla del oeste de Escocia, y Port Joinville, en la Île d’Yeu, casi casi podría estar en Tarragona, si exceptuamos el verde imposible de los ojos de una camarera de una terraza del puerto. Acabamos en La Rochelle, una de esas ciudades francesas de provincias que parecen guardar el secreto del buen vivir. Allí David y yo abandonamos el barco para volver a nuestras obligaciones en Londres, mientras otro tripulante se unía a Graham y Peter para seguir intentando llegar a La Coruña.

El último día, por la tarde, Eolo se apiadó de nosotros, y para despedirnos nos mandó un viento riquísimo que nos permitió por fin apagar el motor, sacar el spinnaker y recorrer, como si voláramos, el Pertuis Breton, que es el estrecho que separa la Île de Ré del continente, y pasar, ya sin spinnaker, bajo el puente que los une.

El día que volvimos David y yo el pronóstico era más favorable, y los que se quedaban parecían dispuestos a salir al día siguiente directamente hacia La Coruña. No hemos tenido noticias suyas desde entonces. Espero que lo consigan.

martes, 16 de junio de 2009

Navegando en Cornualles


El patrón con el que voy a cruzar el Golfo de Vizcaya quería que fuera un par de días a familiarizarme con el barco antes de la regata y la travesía. Por esa razón he pasado el fin de semana navegando por Cornualles con Graham, el patrón, y mi amigo Peter, otro tripulante de la travesía del golfo. Si tienes Google Earth puedes ver aquí nuestra ruta del domingo, y aquí la del lunes.

Excelente compañía. No creo que hubiera elegido otros compañeros para esta aventura. El barco, también impecable: sólido, elegante y marinero, diseñado para cortar las olas, no para ir dando tripadas sobre ellas como los de ahora. Nunca había estado en Cornualles. La costa es espectacular: una sucesión de rocas y acantilados majestuosos, aparentemente inhóspitos, que esconden, no obstante, estuarios profundos, frondosos y acogedores, con muy buen abrigo.

Graham antes vivía en Londres, pero se ha jubilado anticipadamente y se ha ido a vivir a Cornualles, a diez minutos de su barco. Desde la ventana de su cuarto de estar se ve un islote a la izquierda. Lo demás es mar y cielo. He dejado en su barco mi traje de aguas, mis botas y mi saco de dormir. Dentro de diez días estoy ahí otra vez, y esa es la de verdad.

jueves, 7 de mayo de 2009

A Dartmouth no, pero a Weymouth sí

Este fin de semana he salido a navegar. El plan era ir con el Firebird desde su puerto de base en Portsmouth hasta Dartmouth, a unas cien millas náuticas, muy aproximadamente unas veinte horas de navegación cada trayecto. Iba con mis amigos Bill y Peter, con los que llevo navegando mucho tiempo, y con otro socio del club que Bill conocía.

Entre Portsmouth y Dartmouth hay tres puntos donde la marea es tan fuerte que no tiene sentido intentar pasar con la corriente en contra. Hay unas treinta y cinco millas náuticas entre el primero y el último, por lo que es posible, aunque no fácil, pasar los tres con la misma marea favorable. Nosotros lo intentamos, pero no lo conseguimos. El Firebird navegaba más despacio de lo que esperábamos con el oleaje confuso que nos encontramos al salir del Solent. Luego el viento fue disminuyendo, y cuando por fin decidimos ir a motor ya era demasiado tarde. Cuando me levanté a las tres de la mañana para mi guardia, no sólo no habíamos avanzado nada desde las doce cuando me acosté: ¡habíamos retrocedido! La corriente nos había empujado hacia atrás más rápido de lo que navegábamos. En vista de la situación decidí que nos desviáramos a Weymouth, un puerto muy pintoresco a mitad de camino. Llegamos a las siete de la mañana, después de un día y una noche en el mar. Dormimos unas horas y a las ocho de la tarde salimos de vuelta, primero a vela, y luego, cuando nos quedamos sin viento, a motor. Esta travesía fue mucho más eficaz, y en unas once horas estábamos en casa.


Con Google Earth se puede ver aquí nuestra ruta de ida, y aquí la de vuelta. En la de ida se ve con claridad nuestra navegación marcha atrás.

Han sido mis dos primeras travesías de esta envergadura como patrón. No hemos llegado donde queríamos, pero en la vela hay que ser flexible, y creo que al fin y al cabo la cosa ha salido bien y he aprendido mucho. A Dartmouth ya iré otro año.

lunes, 4 de mayo de 2009

Un barco en la costa este


Llevo unos seis años navegando y desde hace un par de años me consume la tentación de comprarme un barco. Oportunidades para navegar no me faltan, tanto de tripulante en barcos de amigos como de patrón en barcos del club, todos ellos mucho mejores que el barco que yo me podría comprar. Además si me comprara un barco mi navegación se limitaría a los alrededores del lugar donde lo guardara, mientras que ahora navego donde quiero, desde el Báltico hasta el Jónico.

Pero todo esto da igual. No quiero comprarme un barco porque crea que me va a acarrear más ventajas que inconvenientes. La única ventaja clara sería la extinción de la obsesión, como cuando aplacas la sed bebiendo algo que a lo mejor te sienta mal. Es un deseo y nada más. Sin embargo, también puedo ver las cosas desde fuera de vez en cuando, y me doy cuenta de que si me compro un barco es muy probable que me arrepienta. Por otro lado, si no me lo compro también me voy a arrepentir… y en esas estamos. A pesar de sentirme tan indeciso, supongo que he tomado una decisión, pues hace uso días hice una oferta por un barco en venta, pero como la oferta fue rechazada seguimos en las mismas.

He pensado y fantaseado sobre todos los aspectos del plan hasta la saciedad. En líneas generales, mi fantasía consiste en tener un barco en la costa este, que está a una hora y media de casa, y usarlo para navegar con mi familia. Este es uno de los aspectos más problemáticos del plan, pues la actitud de mi familia está a mitad de camino entre el desinterés y la hostilidad. El domingo pasado conseguí que vinieran conmigo a Tollesbury Marina, que es un puerto deportivo de la costa este donde podría guardar el barco que me comprara. Pasamos un buen día. El puerto es un negocio familiar tradicional, sin el comercialismo y las pretensiones que a menudo te encuentras en estos sitios. Está en un entorno rural y reposado, a pesar de la proximidad de Londres. Nos dimos un paseo por la costa y comimos en el club, el típico asado de domingo británico. El sitio no podría ser más acogedor.

La costa este de Inglaterra es un paisaje muy peculiar. El terreno es muy llano. La tierra firme está rodeada de diques que impiden que se inunde cuando sube la marea. Cuando baja, deja al descubierto inmensas extensiones de lo que antes era fondo marino y ahora no es más que barro. El proceso se repite cada doce horas más o menos. En Tollesbury, como en otros puertos de la zona, sólo pueden entrar y salir barcos un par de horas antes y después de la pleamar. Cuando baja la marea los barcos se quedan flotando en un recinto de agua embalsada, a gran distancia del mar. Quiero comprarme un barco y quiero asentarme en la costa este. No sé a qué espero.

viernes, 6 de marzo de 2009

¿El Golfo de Vizcaya?

Anoche tenía una cita con un patrón que está buscando tripulantes para cruzar el Golfo de Vizcaya. Se llama Graham. No nos habíamos visto hasta anoche, pero sabíamos el uno del otro por medio de David y otros amigos míos de Seahorse que han navegado con él. Uno de ellos, Peter, ya se ha apuntado a esta travesía. Anoche estábamos Peter y su mujer Pip, Graham y yo.

El plan es inmejorable. La idea es participar en una regata desde el Río Helford, en Cornualles, hasta L'Aber Wrac'h, en Bretaña, y desde allí seguir camino hasta La Coruña, con una parada en Belle-Île si la meteorología lo permite. Todas mis referencias apuntan a que Graham es un patrón precavido y con experiencia. Su barco no es ni muy grande ni muy nuevo, pero es uno de esos diseños clásicos británicos de quilla corrida enfocados principalmente a cuidar de su tripulación cuando las cosas se ponen feas. Los otros dos tripulantes son buenos amigos y buenos marinos con los que he navegado mucho.

Naturalmente, cruzar el Golfo de Vizcaya es una de mis aspiraciones en la vela. Creo que esta es mi oportunidad. Me siento a gusto con el plan. Cierro los ojos y me veo pasando por el Chanel du Four y Pointe du Raz o avistando el faro de Estaca de Bares después de unos días sin ver tierra. Y verme así me hace ilusión, como les hacen ilusión las cosas a los niños.

Nos había citado Peter en el Lamb & Flag, que es un pub de los de verdad en Covent Garden. Luego fuimos a cenar a una sucursal de Carluccio's. Carluccio's es una cadena de restaurantes italianos que tiene una reputación completamente inmerecida. El ambiente y la decoración son muy agradables y los camareros italianos hacen bien su trabajo. La lástima es que no puedes sentarte a pasar un rato, disfrutando del ambiente, admirando la decoración y hablando con los camareros. Tarde o temprano tienes que comer, y la comida es de un nivel ínfimo. Yo tomé de primero unos calamares a la romana que aparte de no estar grasientos no tenían ninguna otra virtud, y de segundo un risotto malísimo, con el arroz casi crudo y un sabor fortísimo a avecrem. Casi treinta libras por cabeza con postre y vino. ¡Con lo bien que se puede comer en restaurantes italianos en Londres por no mucho más dinero!

Espero que cuando pasemos nosotros por aquí el lugar esté completamente irreconocible: