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martes, 4 de agosto de 2009

Exposición de Richard Long


El domingo fuimos a ver la exposición del Richard Long en la Tate Britain. Richard Long es un artista inglés peculiar, del que yo no sabía apenas nada hasta el domingo. Ha producido tres tipos de obras. El primero consiste en pequeñas intervenciones sobre el paisaje registradas en fotografías, como por ejemplo un círculo de piedras en un descampado o una línea recta en una llanura polvorienta formada por su ir y venir arrastrando los pies. El segundo consiste en excursiones a pie basadas en ideas abstractas, registradas de varias maneras, principalmente con textos escuetos, casi telegráficos. El tercero consiste en obras presentes en la galería formadas con objetos tomados del paisaje, como un círculo de piedras en el suelo o unas franjas paralelas de barro embadurnado en la pared.

No creo que esta descripción comunique de manera adecuada la grandeza del arte de Richard Long. Sus obras son profundamente conmovedoras. Transportarte al lugar y el momento en que ocurrieron los insignificantes acontecimientos paisajísticos en que están basadas produce un efecto maravilloso sobre el espíritu.

Sus excursiones surgen de proyectos abstractos de gran belleza: andar en dirección este hasta que veas una nube, o recorrer Inglaterra a pie de costa a costa cogiendo cada día una piedra del camino y dejando en su lugar la que cogiste el día anterior, hasta tirar la última al mar. Pero tan importante como la belleza de los proyectos es el hecho de que los ha ejecutado. Ha caminado paso tras paso, día tras día, durmiendo prácticamente al raso, hasta completar el trayecto establecido, para luego hacerte partícipe de la experiencia con los bellos textos epigramáticos que la registran. Sus travesías son ritos sacramentales que purifican y te permiten acceder a una verdad inexpresable.

Las paredes de la exposición y el catálogo están llenos de proclamas y pronunciamientos. En las exposiciones de otros artistas estos textos suelen ser deplorables, pero los de Long son excelentes. Éste está en la última sala:
Mi obra en realidad es simplemente sobre ser un ser humano viviendo en este planeta y usando la naturaleza como fuente. Me gusta el placer intelectual de las ideas originales y el placer físico de realizarlas. Una larga caminata por carretera o campo a través es fundamentalmente andar todo el día y dormir toda la noche. Disfruto los placeres sencillos de encontrarme bien, la independencia, el oportunismo, comer, dormir, la casualidad, de pasar por la tierra, a veces dejando por el camino huellas (memorables), de encontrar un lugar donde acampar cada noche. Y luego seguir camino.
Antes y después de la exposición estuvimos paseando por ambas márgenes del río. El Támesis a su paso por Londres es majestuoso. Comimos en la terraza de un restaurante que se llama Aqua River Brasserie, en la orilla del río. Ubicación inmejorable. Comida del montón. Servicio lento e incompetente.

Battersea Power Station (behind her back)

sábado, 9 de mayo de 2009

Venus agachada

Mi trabajo está a cinco minutos del Museo Británico. Voy a menudo a pasar un rato: veo un par de cosas y me vuelvo al despacho. La verdad es que no vivo mal. Ayer estuve dibujando. Esta escultura es una delicia. Es tan carnal que parece mentira que sea de mármol.

lunes, 27 de abril de 2009

Picasso desafiando el pasado


El viernes fuimos a ver la exposición de Picasso en la Nationa Gallery. Es una versión reducida de la que hubo en París hace unos meses. También tiene como tema las conexiones entre Picasso y la tradición pictórica que le precede. En la exposición de París, que no vi, los cuadros de Picasso estaban colgados al lado de cuadros de pintores anteriores. En esta no. Los cuadros están organizados por motivos: autorretratos, bodegones, musas, versiones de otros pintores... Hay muchos motivos, y en cada motivo hay una variedad inusitada de estilos. Viéndolos así todos juntos parece increíble que sean el producto de una sola vida humana. La variedad se corresponde en gran medida con el paso del tiempo pero también pintaba simultáneamente en estilos muy diferentes. Hay un retrato naturalista de su mujer junto a otro contemporáneo de su amante en el que el cuerpo surge de una serie de brochazos circulares. Hasta cierto punto esta riqueza estilística llama más la atención que la calidad de las obras concretas: en comparación con la hazaña de abrir tantos caminos, pintar uno de esos cuadros parece cosa de nada. Pero esta impresión es incorrecta. Muchos de los cuadros son maravillosos, imágenes inolvidables que revelan verdades. Ojalá pudiera ir más veces y verlos con tranquilidad.

jueves, 9 de abril de 2009

Los minutos de Siobhan Davies

Ayer fui a la galería de Victoria Miro para ver una exposición que incluía una representación coreografiada por Siobhan Davies. Esta galería tiene un gran renombre en el ámbito del arte contemporáneo londinense, que yo sólo conozco como espectador ocasional. Ocupa dos edificios contiguos en una de esas zonas de Londres que habían sido polígonos industriales en el siglo XIX pero la desindustrialización y las bombas alemanas habían convertido en ciudades fantasmas, hasta que los artistas, y luego los yuppies, repararon en el potencial y el carisma de edificios que habían alojado en su día almacenes y fábricas. Londres está lleno de barrios así, sobre todo hacia el este y en torno a lo que era hasta hace no mucho tiempo el puerto comercial. Los resultados son a menudo excelentes. La galería de Victoria Miro es un buen ejemplo de este proceso de reconversión.

La exposición que fui a ver consistía en una serie de obras del género instalación, todas agradables e interesantes. La que más me gustó fue una obra de Sarah Sze, consistente en un gran número de pequeños objetos colocados en el suelo, en una esquina, como un mundo en miniatura.

Pero lo que yo iba a ver era una obra de la coreógrafa Siobhan Davies que se representaba continuamente durante las horas de apertura de la exposición. Davies es una de las coreógrafas más prestigiosas de este país. La representación tenía lugar en una sala inmensa y llena de luz en un ático añadido a uno de los edificios de la galería. Los bailarines eran dos parejas y un hombre solo, además de la propia Davies, que observaba la representación desde una esquina como un espectador más, excepto que tenía un cronómetro en la mano y contaba los minutos en voz alta, aunque no parecía importarle si se le oía o no. Los bailes eran bellísimos. Exploraban gestos corporales, interrumpidos repentinamente, repetidos muchas veces, invertidos y descontextualizados hasta que adquirían una vida independiente de su significado original. Las palabras de los bailarines recibían un tratamiento similar, con textos leídos tan rápido que no se podían entender, y frases con las palabras recombinadas aleatoriamente. El resultado es sin duda una gran obra de arte, seria y profunda, a pesar de su tono desenfadado y distante. Te ayuda a entender algo, no sé qué.

En resumidas cuentas, son cuarenta y tantos minutos, contados por la coreógrafa, de danza de la que a mi me gusta, representada a escasos metros de mi en un espacio maravilloso. Y además gratis. Si no se acabara hoy iría más veces.

viernes, 20 de marzo de 2009

Le Corbusier

El domingo fuimos todos a ver una exposición sobre Le Corbusier. Además de dibujos, planos, fotos y maquetas de sus proyectos arquitectónicos, había muestras de su producción en otras artes: pinturas, esculturas y películas. Yo siempre he sentido una cierta veneración por Le Corbusier, nacida no de un conocimiento real de su obra, sino de su carisma como profeta de las vanguardias. De su radicalismo vanguardista la exposición no deja ninguna duda: véase, por ejemplo, su plan de arrasar la mayor parte del centro de París para construir una serie de torres de sesenta pisos.

Sin embargo, si dejamos el contexto ideológico a un lado, parece que mi admiración carece de fundamento. Reconozco que la exposición me convenció de que la Unité d'Habitation de Marsella es más interesante de lo que creía, pero su enfoque general a la arquitectura me parece descaminado. Según la exposición, resumió sus ideas arquitectónicas en cinco principios. Tres de ellos me parecen especialmente dañinos. Uno es que los edificios deben estar elevados del suelo sobre columnas, dejando un espacio abierto debajo. Esto me parece un error garrafal. Los edificios deben estar enraizados en la tierra que los sustenta, como los árboles o las montañas. Otro es que las fachadas no tienen que jugar ningún papel estructural, para poder darles la apariencia que se quiera. Esta es una de las ideas más perniciosas de la arquitectura contemporánea. Tiene como consecuencia que la arquitectura está completamente disociada de la apreciación estética. Hoy en día ves un edificio prácticamente terminado y todavía no tienes ni idea de qué aspecto va a tener por fuera, cuando vengan el último día y atornillen los paneles que conformarán la fachada. El tercero es que los interiores deben ser diáfanos, sin muros de carga, de tal modo que la labor del arquitecto tampoco se ve reflejada en el aspecto interior del edificio. Al final todo es pladur.

La exposición está ubicada en el Barbican, ejemplo más atractivo que hay en Londres de un enfoque urbanístico afín al de Le Corbusier. Es un complejo arquitectónico en la City de Londres, construido en los 60 y los 70 en terrenos que habían arrasado los bombardeos alemanes. Consta de trece bloques de unos siete pisos y tres torres de cuarenta y dos: unas dos mil viviendas en total. El recinto es completamente peatonal, con jardines y un lago en el centro, e incluye un centro cultural de primera línea, con una sala de conciertos, donde toca la Orquesta Sinfónica de Londres, un cine, un teatro, dos salas de exposiciones y una biblioteca.


No sé cómo se vivirá allí. Nunca he visto un piso por dentro. Los residentes no parecen hacer uso de los espacios públicos, que suelen estar desiertos. En este país ese tipo de entorno se suele asociar con degradación social, pero en el Barbican vive gente de bien. Es indudablemente arquitectura de calidad, admirable, aunque no bella. Me alegro de que exista, pero también me alegro de que no haya más.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Francis Bacon

Hace dos domingos fui a ver la exposición de Francis Bacon en la Tate Britain. Fuimos con los niños, por lo que no era fácil ver las cosas con tranquilidad. A pesar de esto, salí completamente convencido de que Bacon fue uno de los grandes pintores del siglo XX. Hasta ahora tenía una imagen un poco pintoresca de él: los papas tachados, las reses en canal y el ambiente de los años cincuenta en los bajos fondos de Londres, paralelo, según me lo imagino, al París existencialista, pero con cerveza en vez de café, menos intelectual y más descarnado. Pero en la exposición me quedó clara la riqueza de su visión. Llaman la atención sus juegos con la doble naturaleza de lo que hay sobre el lienzo, como pura mancha por un lado y como representación por el otro. Casi todos los cuadros tienen franjas de lienzo sin cubrir, y unos poliedros superpuestos sobre las figuras que pretenden recordarte que existe la perspectiva. Los colores son intensos, como de ilustración. Las sombras son pegotes. La soledad y la desesperanza están representadas en un lenguaje profundamente bello y elocuente.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Richard Serra

El viernes fui a ver una exposición de Richard Serra. Que yo recuerde, es la primera vez que veo esculturas de Richard Serra. El Guggenheim de Bilbao sólo lo he visto desde fuera. La verdad es que no vi la exposición en condiciones óptimas, con la mente cansada al final de un día en la biblioteca. Hay tres obras en la exposición.

Una consiste en lo que los que no somos geómetras podríamos describir como dos secciones cilíndricas distorsionadas que no llegan a cerrarse sobre sí mismas, por lo que puedes entrar dentro. Cada una de ellas está formada por dos enormes planchas de acero rectangulares retorcidas para formar las dos mitades del cilindro. Los dos cilindros son idénticos, pero están puestos al revés el uno del otro: uno tiene la parte más ancha hacia arriba y el otro hacia abajo. Al verlos se me ocurrían preguntas bastante prosaicas. Intentaba imaginarme su peso y cómo sonarían si les diera con los nudillos (no te dejan tocarlas). Me preguntaba cómo habían conseguido darles esa forma y cómo habían obtenido una base perfectamente plana a pesar del retorcimiento. Sobre todo quería saber si las dos planchas que forman el cilindro son estables cada una independientemente, o sólo se tienen en pie por el aparentemente insignificante punto de soldadura en la parte inferior de la unión. No sé si este es el tipo de reacción que el artista quiere conseguir. El único aspecto de la escultura que me produjo una experiencia estética en el sentido tradicional fueron los bellísimos matices del óxido que cubre las planchas, con unos perfiles orgánicos que parecen estar en tensión con el rigor geométrico de las formas que les sirven de soporte.

Otra es una estructura de planchas curvadas de acero negro que forman un pasadizo sinuoso en el que entras por un extremo y sales por otro. Es un paseo inquietante. El pasadizo es bastante estrecho, y la inclinación de las planchas les hace parecer inestables. También es difícil visualizar la distribución del las planchas que forman el pasadizo, o recordar el trayecto que has seguido. Yo sólo lo entendí después, con la ayuda de una foto y papel y lápiz. Tus pasos resuenan con un tono inesperado.

Me alegro de haber visto estas esculturas y me gustaría verlas otra vez. Sin embargo esta visita no me ha convencido de que Serra sea un genio, como piensa tanta gente, aunque tampoco estoy seguro de que no lo sea.

La galería es una sucursal en Kings Cross de la Gagosian de Nueva York. La abrieron hace un par de años. Es la primera vez que voy. Kings Cross era antes una zona inmunda, llena de prostitución, drogas y delincuencia. Todavía lo es un poco, pero ahora tiene la Biblioteca Británica, la estación del tren de alta velocidad a París y una galería de arte de primera categoría. Pronto será un barrio atractivo.