jueves, 7 de octubre de 2010

El Ulises de Joyce


Cada verano suelo proponerme leer una novela larga y difícil, de las que requieren concentración y constancia. Cuando estoy trabajando no tengo ni el tiempo ni la energía para leer cosas así. Este verano le ha tocado el turno al Ulises de James Joyce. El Ulises siempre aparece en las listas de ‘obras maestras de la literatura universal’ y es uno de los pocos libros con esa reputación que me quedaban por leer. Es una novela larga y difícil donde las haya: más de setecientas páginas de texto con otras doscientas cincuenta de notas explicativas del editor, en la edición que he leído yo.

El Ulises cuenta un día en la vida de Leopold Bloom, desde que se levanta y desayuna hasta que se acuesta, con episodios intercalados de otros personajes del entorno de Bloom. Es un día normal y corriente en la vida de una persona normal y corriente, pero el título nos dice que Bloom es Ulises, y las modestas peripecias de aquél por las calles de Dublín, hasta volver a casa por la noche, son las aventuras de éste en su regreso a Ítaca desde Troya. Aparte del título, el libro no contiene ninguna alusión directa a este paralelismo, aunque los críticos literarios parecen estar de acuerdo en que hay una correspondencia directa entre cada capítulo del Ulises y un episodio concreto de la Odisea.

El libro nunca abandona su objetivo narrativo: contarnos en un orden cronológico estricto lo que le sucede a Bloom ese día. Pero esta unidad narrativa se compagina con una extraordinaria variedad estilística. Cada capítulo presenta un enfoque formal completamente distinto, a cual más audaz y descabellado, en un alarde sin igual de técnica literaria. Uno de los capítulos, por poner un ejemplo, recapitula toda la historia de la literatura en inglés, imitando, sucesivamente, los estilos de distintos escritores, unos treinta en total, empezando por los historiadores romanos, los cronistas latinos medievales y un poeta anglosajón del siglo X, y terminando con Ruskin, Carlyle y el argot callejero. Estos narradores simulados van tomando la palabra uno tras otro para continuar el relato, distorsionando con sus voces dispares la situación y los personajes, pero sin romper la continuidad de la escena.

Estos juegos estilísticos no son ostentaciones gratuitas. Además de cumplir fielmente, cada uno a su manera, la misión narrativa que se les asigna, son exploraciones maravillosas de la relación entre el contenido y la forma, de la magia de que podamos representar el mundo con nuestras palabras, con manchas de tinta sobre hojas de papel. Tanto en este interés por la relación entre mensaje y medio, como en la representación a la vez heroica y ridícula de la existencia humana, el Ulises recuerda al Quijote.

No cabe duda de que el Ulises es un libro difícil. Hay partes muy divertidas y partes muy emotivas, pero también hay largos pasajes muy áridos, apenas comprensibles sin ayuda externa y con el nivel de atención que yo les puedo dedicar. Este verano, en la playa, cuando llevaba unas cien páginas me planteé seriamente abandonar. No le veía el sentido a continuar con una lectura que no estaba disfrutando. Al final decidí seguir, un poco por pundonor, por no tener que vivir con esa derrota, y un poco también por sentido del deber: alguien tiene que leer el Ulises, y si no lo leo yo, un filósofo que además sabe inglés, ¿quién lo va a leer?

Lo acabo de terminar, ya entrado el otoño. El último capítulo, famoso por su obscenidad (hasta Marilyn parece escandalizada), es además profundamente conmovedor. Es un monólogo interior de Molly, la mujer de Leopold, y por tanto nuestra Penélope: cuarenta páginas con un punto y aparte y un punto final como únicos signos de puntuación. Me alegro muchísimo de haberlo conseguido. Me siento afortunado de que Joyce lo escribiera y de que yo lo haya podido leer, de la comunicación de una mente a otra que se acaba de completar. Leopold Bloom es ahora parte de mi mundo. Pienso en él como pienso en mis amigos, familiares y conocidos. Esto me indica que el Ulises es de verdad una obra maestra. Sólo los grandes novelistas en sus mejores momentos consiguen instalar a sus personajes en la mente de sus lectores, y Joyce ha instalado a Bloom en la mía.

lunes, 2 de agosto de 2010

En el río Orwell


Una familia que tiene barco tiene que pasar parte de sus vacaciones navegando en él. Si no no merece la pena. Esto lo tenía presente esta primavera, cuando estábamos planeando las vacaciones. Sin embargo no me atrevía a proponer abiertamente un crucero veraniego. Tenía miedo al fracaso, a que fuéramos a navegar por mi empecinamiento y luego todo saliera mal. Barajamos una serie de posibilidades para las vacaciones que no nos habrían dejado tiempo para navegar, pero ninguna parecía muy atractiva, y al final decidimos pasar una semana navegando un poco por defecto, porque no se nos ocurría nada mejor que hacer.

Hasta ahora siempre que había salido a navegar en el Scallywag con la familia había ido acompañado por otros barcos del Tollesbury Cruising Club. Esta vez también habría querido salir con acompañantes, pero no lo pude combinar. Hace un par de años estuvimos navegando una semana por nuestra cuenta en un barco de chárter en Mallorca, pero ésta iba a ser la primera vez que navegaríamos solos en el Scallywag. La idea me producía bastante aprensión.

Desde Tollesbury hay bastantes destinos posibles para un crucero de una semana. Me decidí por el más fácil, que es el río Orwell. Hacia el norte del Támesis hay una serie de estuarios navegables. Tollesbury está en uno de ellos, el del río Blackwater. El siguiente hacia el norte es el del Orwell, a unas treinta millas náuticas.

El viernes volvimos a Tollesbury, después de pasar seis días navegando por el Orwell. El crucero ha sido un éxito. Hemos tenido vientos suaves que nos han permitido ir a vela casi todo el trayecto, mar en calma, buena visibilidad, temperatura agradable y sólo un poco de lluvia. Hemos recorrido setenta y siete millas náuticas, y entrado y salido de cuatro amarres y dos esclusas, sin ningún percance ni en la navegación ni en las maniobras. Mis hijas me han ayudado cuando era necesario, aunque por supuesto sin demasiado entusiasmo. A las dos las puedo dejar a cargo del timón, y manejan los cabos con soltura al atracar y desatracar. Esto nos ha dado confianza a todos y ha reducido los niveles de estrés. Nos hemos llevado sorprendentemente bien, teniendo en cuenta que hemos estado seis días los cinco en un espacio bastante reducido y sin mucho que hacer. Nadie lo ha pasado muy mal.

Nuestro primer destino en el Orwell era la marina de Shotley, a la entrada del estuario, enfrente del inmenso muelle de contenedores de Felixtowe. Allí pasamos dos noches. Desde Shotley cogimos un transbordador a Harwich, en la otra orilla del estuario, y pasamos un día de turistas, paseando por la ciudad. Comimos sorprendentemente bien en el restaurante del Pier Hotel, enfrente del muelle.

Las dos noches siguientes las pasamos en Ipswich, en la cabecera del estuario, nueve millas río arriba. Es una típica ciudad inglesa de provincias, con algunos edificios atractivos. Al puerto se entra por una esclusa. Todavía tiene bastante actividad como puerto de carga, pero ahora además hay dos marinas. El muelle antiguo lo han convertido en una zona residencial para jóvenes profesionales, con bloques de pisos con aspiraciones estéticas. Desgraciadamente la crisis ha interrumpido el proceso de regeneración urbana, y algunos bloques se han quedado a medio construir. Paseamos y vimos lo que había que ver. Fuimos de compras e incluso al cine, a ver Karate Kid en unos multicines de un centro comercial. Y una vez más comimos mejor de lo que nos esperábamos, en el Bistro on the Quay, a escasos metros de nuestro amarre.

La última noche la pasamos en el Royal Harwich Yacht Club, que tiene unos pantalanes con amarres para socios y visitantes en el tramo más bucólico del río. Desde allí nos dimos un paseo campestre por la ribera hasta Pin Mill, que es uno de los lugares más apreciados por los navegantes de la costa este. Es una aldea minúscula con un pub mítico, el Butt and Oyster, y unos astilleros tradicionales. En la orilla hay varadas una serie de barcazas vetustas. Río adentro hay varias hileras de boyas de amarre. Se respira sosiego y tradición. El sendero que nos llevó hasta Pin Mill era delicioso, atravesando praderas, campos de cereales y robledales, con el río majestuoso de telón de fondo.

Ni que decir tiene que hay sitios mucho más atractivos donde navegar, sitios donde el agua es azul, y no marrón, donde en los restaurantes de las marinas se come bien, y donde el buen tiempo está más o menos garantizado. Pero aquí es donde está mi barco y donde estoy yo. Es mi trozo de costa. Me gusta no haberlo elegido, navegar donde me ha tocado. Es un simulacro de arraigo en mi vida desarraigada.

Así que en nuestro primer verano con el Scallywag hemos tenido nuestro crucero, como debe ser. Para mi sorpresa, un par de veces, sentados alrededor de la mesa en el barco, alguien, no yo, sacó el tema de dónde iremos el verano que viene: ¿Francia? ¿Holanda? No me lo acabo de creer. ¿Será posible que al final consiga tener una familia marinera?

miércoles, 21 de julio de 2010

La bolsa


La semana pasada, por primera vez en mi vida, compré acciones. Cuarenta y cinco acciones de una multinacional minera. Mil cuatrocientas libras. Hasta hace nada este mundo me era totalmente ajeno. Ahora es la actividad sustitutoria hacia la que gravito con más frecuencia cuando debería estar trabajando.

Hace unos años los que tenían acciones podían mirar cada día en el periódico la cotización del día anterior. Ahora tienes en la pantalla de tu ordenador información constante y casi inmediata. La curva de la cotización del día se va dibujando poco a poco delante de tus ojos, para arriba, para abajo, a veces titubeante, a veces con decisión. Hacia la izquierda el pasado, inapelable. Hacia la derecha el futuro, todavía oculto, pero a efectos prácticos casi tan inapelable, pues aunque vendiera mis cuarenta y cinco acciones, o comprara otras cuarenta y cinco, la línea apenas cambiaría. El significado de lo que ya está trazado siempre queda en suspenso, pendiente de lo aún por trazar. Una pequeña subida puede ser el comienzo de una larga pendiente ascendente, o el último repunte antes de una caída espectacular.

Y según hacia dónde se dirija la línea tú ganas o pierdes dinero. Fascinante. Por un lado no puede haber nada más distante del mundo real. Por otro lado nada es más real. Con mi dinero habrán comprado una taladradora (pequeña) para una mina de manganeso en Kazakstán, o algo así.

Me gustaría saber más. Me atrae el aspecto técnico del análisis de gráficos: aprender de la parte de la línea que ya está trazada la forma de lo que queda por trazar. ¿Será posible? Ir más allá del aspecto formal cuantitativo e investigar los sectores y los negocios en los que invertir ya me apetece menos. Requiere estudiar los documentos que producen las consultorías para los inversores, llenos de palabrería, redactados en un estilo repugnante, ilustrados con imágenes ridículas e impresos en un papel con una textura y olor muy característicos. Una de las ventajas de mi trabajo es que suelo poder evitar cualquier contacto con este género literario. Luego están los libros sobre cómo invertir, no menos odiosos, escritos por señores americanos que te explican con orgullo cómo pasaron de ser tan miserables como sus lectores a amasar una gran fortuna, y te aseguran que tú también lo puedes lograr, si sigues sus instrucciones.

Este es un interés que preferiría no tener. No puedo hacerlo desaparecer, pero espero que se me pase pronto.

lunes, 28 de junio de 2010

Mersea Stone


Este fin de semana he salido a navegar el Scallywag con la familia y otros barcos del Tollesbury Cruising Club. Nuestro destino era el fondeadero enfrente de Mersea Stone, una playa a la entrada del río Colne, unas ocho millas al este de Tollesbury.

Salimos con la pleamar del mediodía del sábado, con un viento del este de unos quince o veinte nudos, más de lo que esperábamos y más de lo recomendable con la tripulación que llevaba. Antes de salir ya puse un rizo. Al salir a mar abierto me pareció poco y puse otro antes de izar las velas. Luego me alegré.

Fuimos todo el trayecto haciendo bordos de orilla a orilla del Blackwater. El timón lo llevaba yo, menos cuando tenía que cazar el génova después de cada bordo, que se lo pasaba a mi hija mayor. Íbamos a unos cinco nudos, a pesar de ir ciñendo a rabiar y de llevar una mayor minúscula. Yo iba feliz, sintiéndome en control de mi barco y con él de los elementos.

Cuando llegamos al fondeadero ya estaban allí otros barcos de Tollesbury, algunos claramente garreando en el viento que no amainaba. Yo no las tenía todas conmigo, pues no había dónde fondear en menos de nueve metros de agua y sólo llevo siete metros de cadena y unos dieciséis de cabo, bastante menos de lo recomendable. Sin embargo, después de pasar un buen rato tomando enfilaciones llegué a la conclusión de que estábamos bien agarrados.

Al atardecer fuimos en las auxiliares a la playa, que es una pendiente de arena y conchas que sube del agua a un páramo inhóspito. Allí cada familia se hizo su barbacoa, y al anochecer los niños fueron a buscar leña e hicieron una hoguera enorme. Así vimos el sol ponerse, redondo, rojo y desvaído. Unos minutos después salió la luna, más o menos de la misma forma, tamaño y color, en el punto opuesto del horizonte, como en uno de esos trucos de magia en los que la moneda desaparece de una mano y aparece en la otra.

Cuando nos fuimos a dormir el viento ya se había calmado, y aunque me desperté a media noche pensando si estaríamos garreando, no estaba suficientemente preocupado para salir a mirar.

A la mañana siguiente volvimos a Tollesbury, con menos mar y menos viento, y el que había, a nuestro favor. Mi hija mediana cogió el timón por un momento y acabó llevándolo todo el camino. Yo aproveché las circunstancias para sacar en gennaker y deleitarme en contemplar orgulloso la explosión de colores.

El Colne llega hasta Colchester, aunque hace mucho que dejó de ser navegable hasta allí. Colchester fue el primer asentamiento romano de importancia en las islas británicas. Es probable que hubiera barcos romanos fondeados donde estuvo el mío el sábado, muchos siglos después, y que los marinos romanos vieran puestas de sol como la que vi yo. Sentado en la playa enfrente del fuego no daba la impresión de que el mundo hubiera cambiado gran cosa desde entonces en ningún aspecto esencial.

La foto es de Jess Cooke, del Nimrodel

miércoles, 23 de junio de 2010

La fiesta del retrato de Julia Kay

Originally uploaded by mariahoneill

Como he explicado en otra ocasión, suelo colgar mis dibujos en Flickr, donde poco a poco he pasado a formar parte de una comunidad informal y virtual de dibujantes aficionados de todo el mundo. Julia Kay, una de las figuras centrales de esta comunidad, ha tenido una idea excelente: la fiesta del retrato de Julia Kay.

Hasta hace poco, Julia estaba embarcada en un proyecto que consistía en hacerse un auto-retrato cada día, durante años, en los estilos y con los materiales más diversos. Hace poco dio por finalizado este proyecto, y puso en marcha su fiesta del retrato. Consiste en que los dibujantes de Flickr se dibujen unos a otros. Cuelgas fotos tuyas para que la gente las dibuje y dibujas las fotos que han colgado otros. Participan más de doscientos dibujantes. Han hecho miles de retratos. El resultado es interesantísimo, por la diversidad de estilos, enfoques e interpretaciones, y por la oportunidad de dibujar los rostros de los autores de esos dibujos, pagándoles con su misma moneda, o con otra similar. Aquí están los que he hecho yo, y aquí y aquí los que han hecho de mi.

Tenerife


Hemos pasado una semana de vacaciones en Tenerife. Estábamos alojados en una casa rodeada de viñedos, en una ladera que se precipitaba sobre el mar, unos quinientos metros más abajo. La vista constantemente cambiante del océano infinito, el cielo y las nubes era el mejor espectáculo que puedo imaginar. Las nubes a menudo dejaban el escenario para mezclarse con los espectadores: mis hijos jugando en la piscina escondidos detrás de una nube.

Subimos al Teide, primero en el teleférico, y luego por el sendero Telesforo Bravo. Damián, que no cumpliría ocho años hasta el último día de las vacaciones, anunció su intención de ser el primer miembro de la familia en alcanzar la cima, y lo consiguió sin dificultad. Yo estaba sufriendo por la falta de oxígeno, y me tenía que parar cada tres o cuatro pasos a respirar. En la cima del Teide el agua hierve a 85 grados. Cuando bajamos me di un largo paseo con Clara por el paisaje extraterrestre de los Roques de García.

Un día fuimos a Garachico y a Punta de Teno, y otro a Anaga y a la playa del Roque de las Bodegas, a ver el mar inocente y terrible abalanzarse sobre las rocas volcánicas, una y otra vez, por toda la eternidad.

Dedicamos otros dos días a visitar el Loro Parque y Siam Park, dos recintos espantosos que parecen lanzar un desafío resentido a la belleza salvaje del resto de la isla. Piedra falsa, olas falsas, arquitectura étnica falsa… Los neoplatónicos que pensaban que el mundo material era un simulacro se debían de sentir constantemente como yo me sentí en esos sitios. No sé cómo lo aguantaban.

Comimos muy bien un par de veces. Una en Garachico, en un restaurante llamado Casa Gaspar, de aspecto muy poco prometedor pero con una cocina excelente. Yo comí de primero un pisto con patatas y berenjenas inolvidable. De segundo pedí alubias con almejas, pero cuando me estaba comiendo el pisto salió el cocinero a decir que acababa de abrir las almejas y la mayoría estaban malas, y si me importaba que añadiera mejillones. No sé si fue gracias a los mejillones o a pesar de ellos, pero el resultado final era de saltársele a uno las lágrimas. Tampoco puedo dejar de mencionar unas croquetas que se comieron mis hijas. Las croquetas a mi no suelen impresionarme, por muy caseras que sean, pero estas venían de otro mundo.

También comí bien en la Cuadra de San Diego, un restaurante ubicado en las antiguas cuadras de la finca de viñedos que rodeaba nuestra casa, aunque ahora la casa está separada de las cuadras por la autovía que parte la finca en dos. Es un sitio precioso y acogedor, en el que se come de raciones, sin estructura. Se me quedaron grabados sus huevos estrellados.

Concluyo el capítulo gastronómico con el Bar Playa Casa África, una especie de merendero enfrente de la playa del Roque de las Bodegas. Es un sitio de los que ya no quedan, donde comes lo que te dan. Lo que nos dieron fue una ensalada que además de los ingredientes habituales tenía fresas, kiwis y cosas así, y luego pulpo en salsa y abadejo frito. Este tipo de comida en este tipo de sitio suele ser mediocre tirando a mala, pero aquí todo estaba riquísimo.

Cuando Colón paró en las Canarias en Septiembre de 1492 antes de cruzar el Atlántico estuvo en La Gomera. Tenerife y las otras islas grandes todavía estaban en manos de los guanches. Los pueblos del norte de Tenerife todavía dan un poco la impresión de que los españoles acabamos de llegar, trayendo nuestros viñedos, nuestras tascas y nuestras costumbres a un sitio exótico y remoto. El resultado es un ambiente mágico, como de sueño. No me importaría volver.

martes, 25 de mayo de 2010

Primera regata con el Scallywag


El Tollesbury Cruising Club organiza todos los años una serie de regatas para los socios. Este fin de semana ha sido la primera de la temporada, y mi primera regata con el Scallywag. Eran veintitantas millas, desde el estuario del río Blackwater, donde está Tollesbury, hasta el del Crouch, que es el siguiente hacia el sur, y el último antes del Támesis. Mi tripulación estaba compuesta de Peter, uno de mis compañeros más asiduos de fatigas náuticas, Ardaan, un viejo amigo mío holandés que venía a estrenar el barco, y Jeroen, un amigo de Ardaan al que también conozco desde hace mucho. Los tres buenos marinos. Sin problemas.

Dormimos en el barco el viernes porque a la mañana siguiente había que salir de la marina con la pleamar de las siete. La regata no empezaba hasta las diez, así que nos amarramos a unas boyas para desayunar en los Mersea Quarters, a la vuelta de la esquina. El desayuno nos duró más de lo debido. Diez minutos antes de la salida, como es costumbre, avisaron por la radio que apagáramos el motor y quitáramos la bandera, y a nosotros todavía nos quedaban unos cuantos bordos para llegar a la línea de salida. Cuando sonó la bocina todavía no habíamos llegado, pero enseguida nos incorporamos a la flota.

El primer tramo de la regata, saliendo del Blackwater, íbamos con viento de proa, haciendo bordos y sorteando las balizas del recorrido. El Scallywag ceñía de maravilla, deslizándose por el agua con suavidad, y fuimos adelantando barco tras barco, hasta colocarnos los terceros. Del Blackwater al Crouch se pasa por un canal de muy poco calado entre dos bancos de arena. Desde allí virábamos hacia el oeste para enfilar el Crouch, ahora viento en popa. Este tramo no se nos dio tan bien, principalmente porque no usamos el espinaker. Tengo un espinaker y un genaker, con todo su aparejo, pero todavía no había tenido ocasión de investigarlos, así que al apuntarme a la regata dije que no los usaría. Con la mayor y el génova íbamos un poco lentos con un viento de popa muy débil, y el Dionysus, al que habíamos dejado muy atrás en el tramo de ceñida, ahora nos adelantó sin dificultad con su flamante espinaker. Al final quedamos cuartos de nueve barcos, y fuimos los primeros en cruzar la línea de meta sin espinaker. Ganó el Dionysus.

Pasamos la noche en Burnham on Crouch, el centro de regatas más tradicional de la costa este. No había estado nunca y me gustó más de lo que esperaba. Es un puerto de verdad. Tuvimos una cena de hermandad en el Royal Burnham Yacht Club, los que habíamos participado en la regata y las tripulaciones de otros barcos de Tollesbury que habían venido sin competir. Todo muy agradable. La comida, del montón.

El domingo a media mañana salimos de vuelta a Tollesbury. Teníamos todo el tiempo del mundo, pues la pleamar no era hasta las nueve de la noche, y aprovechamos para estrenar por fin el espinaker y el genaker, con un viento muy suave ideal para este propósito. Todo funciona a la perfección. En la próxima regata los usaremos. Entramos en la marina al anochecer. Peter se fue a su casa, y Ardaan, Jeroen y yo cenamos en el barco y caímos rendidos.

La mañana del lunes la dediqué al mantenimiento del barco. Luego tuvimos el tiempo justo para darnos un baño en la piscina de Tollesbury y hacer una visita turística relámpago a Maldon antes de dejar a Ardaan y Jeroen en el aeropuerto.

Una regata en mi propio barco, con una tripulación de buenos amigos, el mar en calma, vientos benignos y un sol radiante. No sé qué más podría pedir. Aquí está la ruta del sábado, y aquí la del domingo.