miércoles, 9 de mayo de 2012

Los padres de la madre de mi padre



Mi bisabuelo Remigio Vitoria nació en San Andrés de Soria en 1865. Mi bisabuela Fidela Fernández nació en León en 1872.

Remigio era militar. Estuvo destinado en Cuba desde que se alistó en 1886 hasta 1892, y desde 1896 hasta 1898. Allí participó en numerosas acciones de combate, en algunas campañas casi a diario. Le concedieron la cruz de primera clase de la Orden del Mérito Militar con distintivo rojo y le ascendieron a teniente segundo. Entre sus dos estancias en Cuba estuvo destinado en Burgos. Se casó con una burgalesa que murió un año después. Antes de salir para Cuba por segunda vez estuvo destinado unos meses en León. Al volver de Cuba en el 98, tras unos meses de convalecencia en su pueblo por la enfermedad que le hizo volver a la península, fue destinado otra vez a León, y al año siguiente se casó con Fidela y se fueron a vivir a San Andrés.

Remigio en Cuba en Enero de 1898

Los antepasados de Remigio eran todos de la comarca de El Valle, en el norte de la provincia de Soria: los de su padre, de Almarza y San Andrés; los de su madre, de Rollamienta y Valdeavellano. En Almarza nacieron diez generaciones de Vitorias. Ya estaban allí cuando se empezaron a registrar los bautismos a mediados del siglo XVI. El Valle se engloba  a veces en la comarca llamada las Tierras Altas y el Valle, que incluye además los lugares de origen de los antepasados de mi abuelo paterno. El 37,5% de mi ADN, cuarto y mitad, proviene de las Tierras Altas y el Valle. El resto está más desperdigado.

El padre de Fidela y sus antepasados eran de pueblos de la comarca de Boñar, en la provincia de León. Él era zapatero. Los padres de la madre de Fidela se habían criado los dos en el Hospicio de León.

Remigio era un hombre notable en San Andrés. Tenía un aserradero en un pueblo de la comarca. Fue alcalde. Hizo el primer inventario del contenido del arca de San Andrés y Almarza. Fue responsable de la construcción de la fuente que todavía está en el centro de la plaza del pueblo. Cuando yo era pequeño, no sé ahora, el agua del grifo no era potable. Había que ir a llenar los botijos a la fuente que había hecho Remigio. Vete a saber hasta dónde había que ir antes de que se hiciera la fuente. Las fiestas de San Andrés no son en honor de una virgen o santo, sino de la inauguración de la fuente en 1906.

Remigio y Fidela llegaron a San Andrés con una hija que tuvo Remigio con su primera mujer. Es la niña que está con ellos en la foto. Murió al poco tiempo. Ellos tuvieron dos hijos y tres hijas. Los hijos murieron jóvenes, uno de ellos de una enfermedad que trajo de la Guerra de África. Dos de las hijas se quedaron solteras. Sólo mi abuela tuvo descendientes.

La familia al completo. Mi abuela de pie detrás de su madre

Al comienzo de la Guerra Civil, los sublevados fueron a ver a Remigio para que se uniera a la causa. Él se negó, alegando su avanzada edad y delicado estado de salud, por lo que le confiscaron las armas, dejando un recibo que dice:
Relación de armas que nos hacemos cargo de Don Remigio Vitoria de San Andrés:
1 Revólver niquelado de 5 tiros y funda
1 Revólver reglamento de 6 tiros con funda
1 Revólver antiguo
1 Machete Máuser
1 Puñal con su funda
1 Sable reglamento
1 Escopeta marca Jabalí funda cuero calibre 16
Varias municiones de arma corta
El jefe de las milicias
(Firma ilegible)
¡Menudo arsenal tenía Remigio en casa!

La sublevación tuvo otra consecuencia algo más seria para esta familia. En una sucesión de acontecimientos que no he conseguido aclarar, las dos hijas solteras de Remigio y Fidela pasaron siete meses en la cárcel de Soria, entre 1936 y 1937.

Parece que Remigio era un hombre afable, sencillo y generoso, querido por todo el pueblo, con fama de mujeriego. Fidela, por el contrario, debía de ser una beata seca y estirada, con su propio reclinatorio en la iglesia, un poco demasiado consciente de su estatus como esposa de Don Remigio.

En materia de religión, en este matrimonio había una clara división de opiniones: cuando Fidela quería llevar a su nieta (mi tía) a la iglesia, tenía que sacarla de casa escondida entre sus refajos. Supongo que la impiedad de Remigio sería la razón por la que el párroco de San Andrés decidió retirar la placa que había en la iglesia recoradando a su hijo muerto al volver de la Guerra de África.

Remigio murió en 1945 y Fidela cuatro años después.

San Andrés es el único lugar de origen de mis antepasados con el que he tenido contacto directo. Cuando llegaron a San Andrés, Remigio y Fidela construyeron una casa. En esa casa pasé muchas de las vacaciones de mi infancia. Era y es una de las mejores casas del pueblo, con cinco dormitorios, un gran desván, cuadra, un patio a la entrada y otro más grande detrás. Lo que la distinguía más claramente de casi todas las casas del pueblo es que la cuadra tenía una entrada independiente. En las otras, cuando las vacas bajaban de la dehesa al atardecer para que las ordeñaran, entraban a sus casas por la misma puerta que las personas, pasando por el comedor para llegar a sus aposentos. En cualquier caso, nosotros no teníamos vacas.

De San Andrés tengo recuerdos buenos y malos. Había gente buena que nos quería y nos llevaba a trillar, o a ordeñar, o a traer paja de los prados en carros de madera con dos ruedas también de madera, tirados por dos vacas, con los niños a la vuelta encaramados y medio hundidos en la descomunal montaña de paja que oscilaba precariamente con cada bache del camino. Esos eran buenos momentos. Por otro lado, yo era un niño muy cobarde, y en ese pueblo me daba miedo casi todo: los ratones, los gatos, los perros, las vacas, el desván, la habitación de atrás y sobre todo las humillaciones a que nos sometían los chicos del pueblo, más fuertes y valientes que nosotros.

Encima del pueblo había una era, de hierba rapada por las ovejas. En el centro de esta era había una ermita. Más allá, hacia la izquierda, estaba la dehesa, donde subían las vacas todas las mañanas a pastar, y al fondo, como las gradas de un teatro cósmico, la Sierra de Cebollera. Esta distribución geográfica está grabada en mi cerebro como un arquetipo fundamental de mi concepción del espacio. En los últimos años he ido a San Andrés un par de veces, después de una larga ausencia, y contemplar esta perspectiva me ha producido un profundo bienestar, a pesar de que ahora haya un polígono industrial en la era, justo al lado de la ermita.

jueves, 3 de mayo de 2012

Los padres del padre de mi padre



Mi bisabuelo Dionisio Zalabardo nació en 1861 en Yanguas, provincia de Soria. Mi bisabuela Candelas Zalabardo nació en 1867 en Almenar, provincia de Soria. La familia de Candelas también era de Yanguas, pero su padre era guardia civil y Candelas nació cuando él estaba destinado en Almenar. Aunque tenían el mismo apellido, el parentesco era muy remoto: el tatarabuelo de Dionisio era sobrino del tatarabuelo de Candelas. Sus hijos, claro está, se llamaban Zalabardo de primer apellido y Zalabardo de segundo. Uno de ellos rizó el rizo al casarse con una sobrina de Candelas que también se llamaba Zalabardo de segundo apellido.

No sé apenas nada de la vida de Dionisio y Candelas. Parece que se fueron a vivir a Málaga, donde nació su primer hijo. Allí tuvieron una ferretería en la calle Larios. Luego se establecieron en Soria capital y allí nació el resto de sus hijos, incluido mi abuelo. Tuvieron un despacho de pan en la calle Collado. Dionisio fue conserje del Nuevo Círculo Mercantil e Industrial. Sin embargo, en la partida de nacimiento de mi abuelo declara ser jornalero de profesión. Vivieron en la plaza de Ramón Benito Aceña y luego en la calle de la Zapatería. Tuvieron seis hijos. Una hija murió a los dieciocho años. De los demás, una se fue a vivir a Barcelona y los otros cuatro se establecieron en Madrid. Dionisio y Candelas murieron en Soria, él en 1940 y ella en el 41. Mi tía recuerda visitarlos de pequeña en su piso de la calle de la Zapatería cuando ya eran muy ancianos.

De su forma de ser no sé nada. No recuerdo que de pequeño nadie me contara historias suyas, y los que los conocieron ya no están entre nosotros. El único episodio de su vida cotidiana de que tengo noticia es el que aparece en el siguiente artículo de un diario de Soria de 1910:
Padre desnaturalizado y niño aventurero 
Ayer por la mañana, fué recogido y depositado en la Inspección de Vigilancia el niño Agustín Zalabardo, de 12 años de edad, hijo del practicante de Renieblas, que en la noche anterior fue maltratado y despedido del hogar paterno por el cariñoso autor de sus días. 
El niño se dirigió a Soria para buscar hospitalidad en casa de su próximo pariente Dionisio Zalabardo, quien pasando por toda clase de escabrosidades ha recogido al pequeñuelo. 
Nuestros lectores recordarán de una información publicada por nosotros en 31 de Mayo último. Nos referíamos á este niño que acompañando á una tía suya llamada Bertrina, presenció la explosión de la bomba que el anarquista Corenglia conducía en la noche del 24 de mayo último. 
Decididamente. Este niño está llamado á figurar en la crónica de sucesos. 
Antes fue por coincidencias muy naturales; ahora ha sido por el salvajismo de su padre que lo maltrata y lo echa de casa para que sea carne de las soledades. 
¿No habrá castigo para el practicante de Renieblas, padre de Agustín Zalabardo?

El practicante desnaturalizado era hermano de Dionisio.

He identificado a más de ciento veinte antepasados de Dionisio y Candelas, remontándome en muchas ramas hasta el siglo XVII. Prácticamente todos eran de Yanguas y pueblos de los alrededores. Yanguas es el último pueblo de la actual provincia de Soria por la carretera de Garray a Arnedo, en la sierra que separa la Meseta del valle del Ebro. Está a orillas del Cidacos, por lo que pertenece ya a la cuenca hidrográfica del Ebro. El mes pasado estuve allí por primera vez. Es un pueblo serrano pintoresco, de casas adustas de mampostería. El paisaje es agreste, sin concesiones. Resulta difícil imaginar las aguas de su río disolviéndose en las del Mediterráneo.

En Yanguas nacieron seis generaciones de Zalabardos. El primero, Pedro Zalabardo la Veria, trastatarabuelo de Dionisio, nació en 1704. Sus antepasados venían de Enciso, el siguiente pueblo yendo hacia Arnedo desde Yanguas, ya en la Rioja actual. El abuelo de Pedro, Juan Zalabardo Cuadra, nació en Enciso en 1650. Su tatarabuelo, Juan Zalabardo, también nació en Enciso, a finales del siglo XVI o principios del XVII. Ahí les pierdo la pista. También estuve en Enciso el mes pasado. Es similar a Yanguas, aunque las fachadas encaladas ya le dan un cierto aire riojano.

Hace unos meses no sabía nada de Dionisio y Candelas, ni siquiera sus nombres. Ahora siento una cierta conexión abstracta con esta maraña de yangüeses que aportaron la cuarta parte de mi acervo genético. No sé qué parte de mí viene de ellos, pero siento, aunque parezca ridículo, que no quiero defraudarlos.

domingo, 29 de abril de 2012

Los padres de mi madre



Mi abuelo Emilio García-Muro nació en Madrid en 1910. Mi abuela Trinidad Clivillés nació en 1914, también en Madrid. Se conocieron en una academia de dibujo, donde Emilio aprendía dibujo técnico y Trinidad dibujo artístico. El padre de Emilio era mecánico; el de Trinidad, escultor. Emilio trabajaba en el taller mecánico de su padre en Tetuán de las Victorias. La familia de Trinidad había visto tiempos mejores, y las hijas se tuvieron que poner a trabajar. Trinidad trabajaba de modista: una modistilla de Madrid.

Cuando empezó la Guerra Civil, la familia de Emilio apoyaba el alzamiento y la de Trinidad la República. Sin embargo la familia de Emilio se quedó en Madrid, mientras que la de Trinidad se fue a Albacete huyendo de los bombardeos. Para evitar separarse, Emilio y Trinidad se casaron en Noviembre del 36. Como las iglesias de Madrid estaban cerradas, se casaron en el juzgado de Chamberí, Trinidad vestida de miliciana, que era lo prudente. Cuando terminó la guerra y reabrieron las iglesias, Emilio expresó al párroco su intención de casarse por la iglesia, pero como Trinidad estaba embarazada (de mi madre), el párroco les dijo que sólo podía ser a las seis de la mañana, para no causar escándalo. Parece que ninguna de las dos Españas resolvió la boda de Emilio y Trinidad de manera satisfactoria.

Cuando se casaron se fueron a vivir a Tetuán. Allí nacieron sus tres hijas (la primera murió siendo niña). Emilio siguió trabajando en el taller de su padre. Parece que la relación laboral entre padre e hijo no se adaptó a la nueva situación personal de Emilio, casado y con dos hijas. Emilio no estaba a gusto. En 1946, cuando iba a nacer su hijo, con un hermano de Trinidad como socio capitalista, abrió su propio taller en el barrio de las Ventas y dejó el de su padre. Su padre se ofendió y no volvió a dirigirle la palabra. Recordar este incidente con su padre seguía llenando a Emilio de tristeza años después. Lo mismo les ocurría tanto a Emilio como a Trinidad con la muerte de su primera hija. Eran como dos heridas mal cerradas.

Cuando Emilio abrió su taller, al principio siguieron viviendo en Tetuán, pero unos años después se mudaron a las Ventas, al piso que yo conocí. En las Ventas los comienzos fueron difíciles, pero salieron adelante, aunque nunca vivieron bien. El taller se dedicaba principalmente a fabricar pulidoras y cortadoras de mármol y terrazo diseñadas por Emilio. De adolescente yo trabajé algunos veranos en el taller. Aprendí a manejar tornos y fresadoras. También aprendí a serrar, limar, clavar y atornillar como Dios manda. Parece una tontería, pero ver a los que no lo saben hacer me produce el mismo reparo que ver a quien no sabe usar los cubiertos. Todavía me parece de vez en cuando que habría sido más feliz dedicado a la mecánica, y que hago filosofía como la haría un mecánico.

Emilio posando orgulloso con una de sus creaciones

Yo tuve mucho contacto con Emilio y Trinidad. De pequeño, cuando vivíamos en Madrid, los veíamos a menudo. Los sábados por la tarde Emilio nos llevaba a mi hermano y a mí a algún cine de sesión continua a ver películas de tiros. Él cuando se aburría se salía al vestíbulo a fumarse un cigarro y a charlar con el acomodador.

Más tarde, cuando volví a Madrid a estudiar la licenciatura, viví con ellos. Durante esos años me convertí en el testigo principal de sus vidas. A pesar de las decepciones, rutinas y resentimientos acumulados inevitablemente durante tantos años de vida en común, estaba claro que estos dos ancianos todavía podían ver el uno en el otro al muchacho y la muchacha de quien se habían enamorado en la academia de dibujo hacía más de medio siglo. Estando yo allí, Emilio liquidó el taller y alquiló la nave. El alquiler le daba bastante más dinero de lo que ganaba con el taller. Cuando se resolvió este asunto parecía que iba a empezar la etapa más feliz y acomodada de la vida de Emilio y Trinidad, pero Trinidad enfermó enseguida, y ni ella ni él llegaron a disfrutar la nueva situación.

Emilio era un hombre enérgico y emprendedor. Sabía hacer cosas con las manos. Le gustaba pescar. Percibo una cierta similitud entre la manera en que él tomaba posesión de los alrededores de Madrid pescando en sus ríos y la manera en que yo tomo posesión de los alrededores de Londres navegando por sus estuarios. Disfrutaba de su café, copa y puro con la intensidad del que participa en un sacramento. Esto a mí me hacía sentirme incómodo.

Emilio y yo

Trinidad era menos enérgica y menos emprendedora, pero era una mujer entrañable. Creo que esperaba más de la vida. Le gustaba jugar a las siete y media, tomarse una copita de anís de vez en cuando y que Emilio la sacara en el coche los sábados a merendar y a ver una película en un cine de estreno de la calle Fuencarral.

Trinidad y mi madre

miércoles, 25 de abril de 2012

Los padres de mi padre



Mi abuelo Dionisio Zalabardo nació en Soria en 1902. De Soria emigró a Madrid para trabajar en una tienda de comestibles cerca de la calle Mayor. Luego entró a trabajar como conductor del metro de Madrid. Este fue su empleo el resto de su vida. Mi abuela Margarita Vitoria nació en San Andrés de Soria en 1904. Emigró a Madrid para servir en casa del pintor Maximino Peña Muñoz.

Dionisio y Margarita, dos sorianos en Madrid, se conocieron en el tren de Soria a Madrid. Vivían en el barrio de las Ventas, en un piso pequeño de la calle Francisco Navacerrada que no tenía ducha ni bañera hasta que no la instaló un yerno suyo. Tuvieron tres hijos.

En la Guerra Civil Dionisio sirvió en el ejército republicano en un regimiento que custodiaba unos depósitos o almacenes en la llamada Casa de la Tinaja, ubicada, según tengo entendido, en los alrededores del actual Recinto Ferial de Madrid. Al terminar la guerra estuvo dos veces en la cárcel, entre el 30 de Marzo y el 27 de Abril, y entre el 13 de Julio y el 11 de Agosto de 1939. Cuando nació su hijo, mi padre, Dionisio estaba en la cárcel.

Tengo el expediente correspondiente a su segunda entrada en prisión. Un teniente provisional de la Falange denunció a Dionisio y a dos vecinos suyos porque “cuando aparecieron los primeros cadáveres por las calles de Madrid, manifestaron a la portera que pronto aparecería el denunciante en el mismo lugar”. También los acusaba de saquear su casa e intentar asesinarlo. Dos meses después el denunciante retiró la acusación de saqueo, y Dionisio fue puesto en libertad.

De su primera entrada en prisión no sé nada a ciencia cierta, pero mi padre cuenta que se debió a que cuando se rindieron los defensores de la Casa de la Tinaja, mientras que otros soldados del regimiento mostraron júbilo y agradecimiento por la liberación, Dionisio y un amigo suyo adoptaron una actitud más digna, de militar vencido que se rinde al vencedor.

De Margarita, que murió, cuando yo tenía once años, recuerdo sobre todo su sentido del humor irreverente, y la bicicleta que me regaló por mi comunión. Le gustaban mucho las cartas y los toros. A Dionisio no lo conocí, pues murió antes de nacer yo. Por las fotos parece que era un hombre despierto, jovial e irónico. Aquí lo tenemos en Barajas, el 14 de Abril de 1933, celebrando el segundo aniversario de la República:


La señora que está sentada a su lado, rehidratándose después de la lactancia, podría ser Margarita.

Aquí están los dos en una escena bucólica en Puerta de Hierro en 1928:


Y aquí está Dionisio, en los años 40, con mi padre:


martes, 24 de abril de 2012

Mis orígenes


El interés por los orígenes le viene a uno con la edad. Yo hasta hace poco no quería saber nada de la historia de mi familia. Es más, no es que no quisiera saber: quería no saber; quería sentir que mi vida empezaba de cero en vez de continuar una historia que yo no había empezado y que no parecía muy interesante. Cuando me contaban cosas de mis antepasados, hacía lo posible por no escuchar. Hace unos meses no hubiera podido nombrar a la mitad de mis bisabuelos.

Sin embargo, hace unos años empecé poco a poco a sentir curiosidad, y hace unos meses pasé a la acción, añadiendo la genealogía a mi ya larga lista de obsesiones. Empecé por casualidad, cuando encontré en internet un árbol genealógico en el que salía yo. Su autor resultó ser un primo segundo mío del que yo hasta entonces no tenía ni noticia. Examinando ese árbol fue tomando forma en mi mente una rama de mi familia (la de mi abuelo paterno) que hasta entonces había sido un borrón. El proceso me produjo un placer familiar, similar al que siento cuando consigo ver un problema filosófico con claridad.

Empecé poco a poco. Primero preguntando a mi madre, luego pidiendo partidas de nacimiento a registros civiles, y ahora ya a todo trapo, pidiendo partidas de bautismo en parroquias y archivos, e incluso viajando para examinar en persona libros sacramentales. Estoy haciendo un árbol genealógico de parientes de mis hijos. En él aparecen ya 1186 personas. 334 son antepasados directos míos. Algunas ramas del árbol se remontan al siglo XVI. En un futuro no muy lejano tendré toda la información sobre mis antepasados de la que queda constancia documental.

Todavía me queda mucho por saber, pero creo que ya tengo una idea bastante exacta de mis orígenes. Yo nací en Madrid, y mis padres también. De mis cuatro abuelos, dos nacieron en Madrid. De mis dieciséis tatarabuelos, sólo uno nació en Madrid. Entre mediados del siglo XIX y principios del XX, las distintas ramas de mi familia fueron llegando a Madrid. Venían de pueblos pequeños en los que sus antepasados habían vivido durante siglos, casándose con sus vecinos o, a lo sumo, con gente del pueblo de al lado. Sólo uno de mis tatarabuelos tenía unos orígenes un poco más amenos. Aquí están las zonas de donde proceden, junto con los porcentajes que representan en mi herencia genética:

Yanguas (Soria) y pueblos de los alrededores
25%
San Martín de Valdeiglesias (Madrid) y otros pueblos entre el extremo suroeste de la provincia de Madrid y la de Ávila
18.75%
Almarza (Soria) y pueblos de los alrededores.
12.5%
Pueblos de la zona de Boñar (León) (y el Hospicio de León)
12.5%
Chiloeches (Guadalajara)
12.5%
Orbaneja Río Pico (Burgos) y pueblos de los alrededores
6.25%
La franja mediterránea: Murcia, Valencia y Cataluña
6.25%
La ciudad de Albacete
3.125%
Villagarcía del Llano (Cuenca)
3.125%

En la mayoría de estos sitios no estado nunca, ni sabía, hasta hace unos meses, que tuvieran nada que ver conmigo. Algunos no sabía ni que existían. A lo mejor no son los lugares en los que yo habría elegido ubicar mis orígenes, pero esta es una de las cosas que no puedes elegir. Vienes de donde vienes, te guste o no te guste, y esta tabla dice de dónde vengo yo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Valencia


Valencia es una ciudad que lo tiene todo:
  • El mar: azul. Una playa. Un puerto deportivo adosado a uno de verdad, con un clima que te permite navegar todo el año.

  • Un ensanche elegante en el que disfrutar de la vida burguesa española de siempre.

  • Un casco antiguo todavía vivo donde refugiarte cuando el aburguesamiento del ensanche empiece a agobiarte.

  • Gente que, aunque participa en el juego urbano de la apariencia, no parece preocuparse demasiado por disimular su substrato rural.

  • Mercados espectaculares, con buenas frutas y verduras (¡qué tomates!), buenas carnes, pescados y mariscos, buenos quesos, embutidos y salazones.

  • Aparente harmonía lingüística.

  • Prosperidad y orden público.

  • Bicicletas.

  • Una filmoteca.

  • Una orquesta profesional, que no será de las mejores del mundo, pero a mí qué más me da.

  • La casa de comidas El Ventorro, donde sirven platos de leyenda con una naturalidad desconcertante. Nunca jamás olvidaré sus alubias con codorniz.

  • Algunos de los mejores filósofos de España.
Estos días, vagando por sus calles, imaginándome una vida de valenciano adoptivo, por primera vez me he sentido acorralado por la pregunta: ¿a mí qué se me ha perdido en Londres?

martes, 2 de agosto de 2011

De Inglaterra a Holanda

1. El plan


Enfrente de la costa este de Inglaterra, al otro lado del Mar del Norte, está Holanda. El punto más próximo de la costa holandesa está a 110 millas náuticas (unos 200 kilómetros) de Tollesbury, donde está amarrado el Scallywag. Es un destino obligado para un barco de esta costa que sea capaz de completar la travesía con seguridad. En Octubre lo intenté con unos amigos, pero un temporal nos obligó a cambiar de planes. Ahora por fin lo he conseguido. Acabamos de volver de pasar diez días navegando en Holanda.

Hasta ahora no había hecho ninguna travesía de esta envergadura con el Scallywag: más de veinte horas, navegando de noche, con mareas complejas y cruzando una de las vías de circulación marítima más transitadas del mundo. He estado meses planeando la ruta y preparando el barco. La logística también era complicada. Mi familia iba a hacer el viaje de ida y vuelta a Holanda en tren, y yo iba a llevar el barco allí y traerlo de vuelta con tripulaciones de adultos. Todo esto añadía incertidumbre al plan. Por ejemplo, si un temporal hubiera retrasado nuestro viaje de ida un par de días, el Scallywag no hubiera estado en Holanda cuando llegara mi familia, o si se hubiera retrasado la vuelta ni yo ni mi tripulación hubiéramos podido esperar más de un par de días a que el tiempo mejorara. Consideré planes de contingencia, como unas vacaciones en Holanda sin barco o dejar el Scallywag en Holanda e ir a recogerlo al final del verano. En la vela hay que pensar en lo que puede salir mal y aun así disfrutar si todo sale bien. A mí me resulta difícil, pero estoy aprendiendo.

2. La ida


Al final, de un modo u otro, a trompicones, llegamos al día programado para la travesía, el viernes 22 de julio, más o menos preparados. Había que salir al atardecer, con la pleamar. Sólo tenía un tripulante, Bill Davis, pero Bill es de los buenos. Ese fin de semana varios barcos de Tollesbury iban a ir de Inglaterra a Holanda, con distintos puntos de partida y distintos destinos. Solo uno de ellos, el Diana II, iba a hacer la misma travesía que nosotros. Hubo incertidumbre hasta el último momento, pues el pronóstico meteorológico era bastante incierto, con un fuerte temporal al oeste de Dinamarca que podía causarnos problemas si se desplazara hacia el Sur. El patrón del Calidris, un hombre de casi ochenta años con mucha experiencia, que iba a salir esa tarde desde el Orwell, nos llamó para decir que aplazaba su partida a causa del mal tiempo. En la marina cada cual tenía una opinión, y yo no sabía a qué atenerme. Lo que estaba claro era que la cosa iba a ir a peor, y que si no salíamos esa tarde no íbamos a poder salir en un par de días, y todo el plan se iría al traste, pero hice lo que pude para que esta consideración no afectara mi decisión. Al final me decidí a salir. Los pronósticos de viento estaban dentro de lo aceptable, y aunque fuera más fuerte de lo previsto vendría de una dirección favorable. Además, si después de cuatro o cinco horas lo veíamos muy mal podíamos refugiarnos en el Orwell. Se lo dije a Nigel, el patrón del Diana II, que nos pidió que esperáramos a que se lo pensara. Casi una hora después de la pleamar, cuando ya no podíamos esperar más, nos dijo que venía, y la flotilla de dos barquitos largó amarras rumbo a Holanda.

La travesía fue bien. Fuimos a vela un par de horas, pero al anochecer tuvimos que encender el motor por falta de viento, aunque el mar estaba muy agitado. Recogimos el génova, pusimos dos rizos en la mayor por si acaso, conectamos el piloto automático y adelante, hacia la oscuridad. La noche fue un poco desagradable, pues además del oleaje hacía frío y llovía, pero la visibilidad era buena y cruzamos las vías de circulación sin incidentes. Íbamos siempre a la vista del Diana II, que también llevaba sólo dos tripulantes, Nigel y su mujer, Heidi. Por la mañana el viento empezó a subir, y pudimos apagar el motor y completar la travesía a vela, con unos veinte nudos por la aleta, aunque el oleaje correspondía más bien a los treinta y tantos nudos que había un poco más al norte. A pesar del cansancio disfrutamos como enanos. A las tres y diez, de la tarde del domingo, hora inglesa, estábamos amarrados en la marina de Breskens, veintiuna horas y veinte minutos después de salir.

Poco a poco nos fuimos dando cuenta de la suerte que habíamos tenido. El Ariel Spirit, otro barco de Tollesbury que había salido a la vez que nosotros con rumbo a IJmuiden, tuvo que refugiarse en Hoek van Holland por el temporal que se encontró unas setenta millas al norte de donde estábamos nosotros. El Dualin, que salió al día siguiente, tuvo que refugiarse en Oostende por motivos similares.

3. En Holanda


Breskens está en la orilla sur del estuario del Westerschelde. En la orilla norte está Vlissingen, a un par de millas de distancia. Desde Vlissingen se puede acceder por una esclusa al canal de Walcheren, que lleva a la ciudad de Middelburg. El lunes llegaba mi familia a Middelburg, y allí cogía Bill el tren para volver a Inglaterra. Habíamos planeado ir de Breskens a Middelburg el domingo, pero el viento era muy fuerte y el estuario se veía muy revuelto, así que decidimos aplazarlo hasta el lunes. Pasamos un día agradable descansando y paseando por Breskens y sus playas. En la marina nos hicimos amigos de una pareja de holandeses, Maarten y Sylvia, que también se dirigían a Middelburg en su Dehler Optima. Tenían muy poca experiencia en mar abierto y querían por todos los medios cruzar el estuario con nosotros.

El lunes, con mucho menos viento y oleaje, salimos hacia Middelburg. Creíamos que íbamos con tiempo de sobra para que Bill cogiera su tren, pero en la esclusa y en los innumerables puentes levadizos y giratorios que cruzan el canal tuvimos que esperar más de lo previsto, y llegamos a Middelburg con el tiempo justo. Nos amarramos al pantalán de espera, donde te asignan tu amarre, y Bill tuvo que salir corriendo a la estación, así que me quedé sin tripulación e incapaz de llevar el barco a mi amarre, pues el seguro no me cubre si voy solo. Afortunadamente Sylvia se prestó a ayudarme, y atracamos sin problemas. Poco después llegó mi familia.


Con la familia estuve navegando por canales y lagos cuatro días, hasta el viernes. El martes salimos de Middelburg y seguimos por el canal de Walcheren hasta el Veerse Meer. Pasamos la noche en Veere. El miércoles navegamos hasta el extremo occidental del Veerse Meer, donde un dique separa ahora este lago del Mar del Norte del que antes formaba parte. Atracamos en un pantalán, cruzamos el dique a pie y Nigel y yo nos dimos un baño en el mar, lloviendo. Ahí debí de coger la bronquitis que tengo ahora. Ya no nos daba tiempo a llegar a Goes, como habíamos planeado, así que pasamos esa noche en Kortgene, un puerto tranquilo en el Veerse Meer. El jueves salimos del Veerse Meer al Oosterschelde, y de ahí por un canal a Goes. Además del Diana II, venía con nosotros el Dualin, que se nos unió en Middelburg. No había muchas oportunidades para ir a vela, pero por lo demás la zona es un paraíso de la navegación en familia. Middelburg, Veere y Goes son sitios pintorescos y harmoniosos, limpios, elegantes y de buen gusto, de calles empedradas flanqueadas de edificios interesantes, con amarres en el mismo centro y clubes náuticos acogedores donde te reciben con una sonrisa y te dan bien de comer. En el de Goes había una nevera llena de cervezas y una hucha donde dejar los 75 céntimos que cobraban por botella. Lo único que ensombreció un poco el panorama fue la actitud hostil de uno de mis tripulantes. Las tormentas de la adolescencia son tan malas como las del Mar del Norte. El viernes volvimos por donde habíamos venido y atracamos en Vlissingen. Ahí iba a llegar mi tripulación para la travesía de vuelta y mi familia iba a coger el tren a Inglaterra.



4. La vuelta

Lo de la tripulación para la travesía de vuelta tuvo su historia. En principio iban a venir conmigo Rob y Terry, los armadores del Cartel, pero unos días antes de salir de Inglaterra me llamó Rob para decir que acababan de anunciar una reducción de plantilla en su empresa y no se podía ir, y Terry, al que conozco menos, no quería venir si no venía Rob. Así que cuando salí hacia Holanda no tenía tripulación para la vuelta. Antes de salir puse anuncios en los foros de los clubes náuticos a los que pertenezco, y estuve toda la semana recibiendo llamadas, correos y textos de gente dispuesta a venir. Habría podido llenar el barco un par de veces. Al final quedaron en venir mis amigos Ian y Stephen, y Geoff, que acaba de vender el barco que tenía en Tollesbury y se muere de ganas de navegar. Justo antes de salir el sábado Nigel y Heidi me pidieron que les prestara un tripulante, y Geoff se fue con ellos.

La travesía fue fácil y agradable. Al salir de Vlissingen, la tarde del sábado, fuimos cinco horas de ceñida en condiciones inmejorables, pero al anochecer bajó el viento y tuvimos que ir a motor hasta la mañana del domingo, cuando el viento volvió a subir y nos permitió entrar en el Blackwater a toda vela, como si lo hubiéramos encargado. A las doce y media del mediodía estábamos atracados en Tollesbury.