miércoles, 26 de noviembre de 2014

En busca del tiempo perdido

Entre 1978 y 1982 hice el bachillerato en el INB Jerónimo Zurita, mixto nº 2 de Zaragoza. Aparte de un par de encuentros fortuitos, no había visto a ninguno de mis compañeros del Zurita desde el último día de clase, hace treinta y dos años. Estaban, por supuesto, en la memoria, pero la distancia en el tiempo y en el espacio había ido debilitando la impresión de que se trataba de personas reales, y de que los años que vivimos juntos ocurrieron de verdad. Habían pasado a ocupar en mi mente el mismo lugar que los personajes de novelas. Dicen que el cerebro no distingue bien entre lo real y lo imaginado.

Así se habrían quedado las cosas de no ser por un par de compañeras emprendedoras y competentes, que hace unos meses, con ayuda de las redes sociales, fueron localizando a gente de nuestra promoción, con la idea de organizar un encuentro para celebrar que cumplimos cincuenta años. Localizaron a unas setenta personas, de los noventa o así que debíamos de ser. Formaron un grupo de Whatsapp al que nos apuntamos casi todos. En este grupo, desde el principio, hubo una actividad febril, con conversaciones constantes y entrecruzadas y más de MIL mensajes por día, desde primera hora de la mañana hasta ya entrada la noche. Algunos nos recordábamos perfectamente. Otros nos fuimos identificando gracias a fotos y anécdotas. En los mensajes de algunos se reconocía inmediatamente el carácter que tenían hace treinta y dos años. El sentido del humor de una compañera genial estaba perfectamente destilado en un comentario inolvidable sobre un personaje de serie de televisión: “Esa entre el pelo y la voz tiene un bofetón”.

Y el sábado llegó el gran día. Habíamos reservado una parte de un restaurante-sala de baile de Zaragoza para cenar y luego bailar hasta la madrugada. Íbamos a ser unos sesenta y cinco. Cuando iba andando hacia el local no las tenía todas conmigo. Temía que después del frenesí digital, al vernos en persona nos decepcionáramos y no nos encontráramos a gusto. Pero este miedo resultó carecer de todo fundamento. Desde las ocho de la tarde, cuando llegué al restaurante, hasta las siete de la mañana siguiente, cuando después de desayunar chocolate con churros por fin me fui a dormir, viví una verdadera noche de ensueño, rodeado, sin acabar de creérmelo, de los protagonistas de mi adolescencia o, mejor dicho, de los hombres y mujeres de mediana edad en los que el tiempo, como por arte de magia, ha convertido a aquellos chicos y chicas. Unos hemos cambiado más que otros. En la mayoría de los casos lo que permitía una identificación infalible eran los gestos y ademanes, idénticos a los que recordaba.

Llevo desde el sábado intentando entender qué nos pasó, por qué este reencuentro lo he sentido yo, y creo que otros, con el carácter y la intensidad de una experiencia mística. Creo que ya lo tengo. Llamaba la atención que tanto en las conversaciones en línea como en las de esa noche apenas se hablaba de trabajos, parejas, exparejas, hijos, hipotecas, éxitos o fracasos. Todo eso parecía de repente una costra accidental que el tiempo había acumulado sobre lo que somos realmente: los adolescentes optimistas de hace treinta y tantos años, con un abanico de posibilidades aparentemente ilimitado frente a nosotros, sin haber tomado todavía ninguna de las decisiones irreversibles que nos han llevado a donde estamos ahora.

No se puede volver atrás, ni tampoco creo que quisiéramos. Muchos estamos satisfechos con dónde hemos ido a parar, conscientes de que las cosas podían haber sido mucho peores. Sin embargo desprendernos por una noche del sedimento de los años y volvernos a encontrar con esa parte enterrada de nuestro ser ha sido una experiencia maravillosa, irrepetible, algo que sólo te puede pasar una vez en la vida, como muchas de las cosas que nos pasaron juntos en el Zurita.

Seguro que hasta cierto punto esto les pasa a todos los cincuentones que se reencuentran con sus compañeros de instituto, pero creo que en este caso había un factor especial. El Zurita estaba lleno de buena gente. Lo eran entonces y claramente lo siguen siendo, el tipo de gente que mejora el mundo con su presencia.

Mención especial merecen las chicas del Zurita, ahora señoras. En su encarnación adolescente han sido todos estos años mi arquetipo particular de la belleza femenina. Espero que no les importe. El sábado comprobé que todavía da gusto verlas y bailar con ellas, aunque esto sea ahora lo menos importante para estas doctoras, abogadas, científicas, maestras, ingenieras, empresarias y madres extraordinarias.

Hemos vivido estos treinta y dos años atesorando los recuerdos de aquella época. Para lo que nos quede tenemos además los de la noche del sábado.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Intercambio artístico con las antípodas

Un foro de internet de pintores aficionados organiza cada año un intercambio de retratos. Si te apuntas te emparejan con otro artista para que os pintéis mutuamente, a partir de fotografías, claro está, pues el intercambio no tiene límites geográficos. Yo no frecuento este foro, pero vi un anuncio por casualidad y me apunté. Me tocó una pintora de Nueva Zelanda y ya nos hemos pintado. Yo le he hecho a ella uno de mis retratos a acuarela:


Ella me ha pintado a mí con acrílicos:


Yo pinté su retrato ayer. Pasé tres o cuatro horas examinando cada detalle del rostro de esta desconocida, que como resultado ya no lo es. Del retrato que me ha hecho ella me llama la atención un hecho curioso. Al posar para la foto que usó de modelo yo había hecho un esfuerzo consciente por aparentar desenfado. Sin embargo la pintora neozelandesa no se ha dejado engañar, y ha plasmado directamente la melancolía que yo pretendía ocultar. Creo que yo ya tampoco soy un desconocido para ella.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Cómo escribo



Un pastor intentando meter en un redil a una oveja que se quiere escapar. Esa es la imagen que me viene a la mente cuando intento escribir.

La mayor parte de mi actividad intelectual no va enfocada a un producto concreto. Pienso, sopeso cosas, las comparo con otras que he visto antes, como cuando examinas una escultura o un edificio desde distintos ángulos o manipulas un objeto que has cogido del suelo intentando averiguar qué es. Paso días enteros así, semanas enteras… A veces me parece que he progresado algo. Otras veces no. Y muchas veces me doy cuenta de que lo que antes me había parecido progreso en realidad no lo es. Pero toda esta actividad no produce ningún fruto tangible. De vez en cuando escribo, porque parece que me ayuda, pero cosas que nunca leeré. Si no pusiera tinta en la pluma sería lo mismo.

Sin embargo, tarde o temprano este vagabundeo por paisajes mentales tiene que cristalizarse en algo concreto: un artículo, o un libro. De vez en cuando tengo que escribir. No escribo porque crea haber obtenido resultados que quiero comunicar. Me pongo a escribir cuando intuyo que mis divagaciones me han llevado a un punto que me permitirá decir algo de interés. Pero cuando me pongo no sé lo que voy a decir. No sé lo que va a pasar. Esta transición me pone nervioso. Siento que mi identidad se desdobla en el pastor que quiere que se escriba y la oveja que se resiste. La resistencia consiste principalmente en actividades sustitutorias: esta semana, sin ir más lejos, me he comprado en internet, después de una búsqueda exhaustiva, una chaqueta y un caso de ir en bici, un poco mejores que los que ya tenía, y ahora, después de un largo silencio, he vuelto a escribir para el blog. A lo mejor no hay mal que por bien no venga. Y aquí estamos, pero al final, de momento, siempre ha ganado el pastor.

No sé trabajar de otro modo. Si pudiera suprimir o reducir la fase exploratoria sería mucho más productivo, pero me parece que entonces no tendría nada que decir. Suprimir la fase productiva sería complicado, por motivos laborales, pero creo que aunque pudiera no querría. Siento la necesidad de sacar algo en claro, de poder decir ‘ahí queda eso’, aunque lo que quede no sea gran cosa.

sábado, 8 de febrero de 2014

Mi paleta minimalista

Hace un par de años empecé a pintar con acuarelas. No se me da muy bien. Requiere un dominio de los materiales que no tengo tiempo de desarrollar. Pinto retratos para la fiesta del retrato de Julia Kay, y de vez en cuando alguno me sale bien.


También pinto bodegones simples, y a veces, como de casualidad, hago uno que no está mal.


Me gustaría pintar paisajes, pero todavía no he conseguido hacer uno que no me parezca repugnante.

Por medio de las acuarelas he descubierto el mundo de los pigmentos. Un pigmento es una sustancia química utilizada por su color, para teñir tejidos o plásticos, para pintar paredes, carrocerías de coches o señales de tráfico y, entre otras cosas, para producir acuarelas.

Los pigmentos se descubren en los laboratorios de química. Hay los que hay. No podemos decidir libremente producir un pigmento de un color y características determinadas. Si no existe o no lo conocemos no hay nada que hacer. Hay unos cien pigmentos que se utilizan para fabricar acuarelas. Algunos colores se hacen con un solo pigmento, otros con una mezcla de dos o tres.  Para mí los primeros son los que tienen gracia: si hay que mezclar algo ya lo mezclo yo.

Si quieres pintar tienes que decidir qué colores usar. En realidad da un poco igual, pero es difícil no obsesionarte con la pregunta. Hay quien pinta con muchos colores, pero a mí eso no me atrae. Lo que yo quiero saber es cuál es la colección más pequeña de colores que me permite pintar todo lo que quiero. Hasta ahora he usado doce, que son los que caben en mi caja de pinturas. Cuando añado uno quito otro. Pero ahora he llegado a la conclusión de que puedo reducirlos a la mitad, que puedo pintar todo lo que quiero pintar con sólo seis colores. Os presento mi paleta minimalista.


Son todos más o menos transparentes, permanentes, no-tóxicos y baratos. Como podéis ver son dos rojos, dos amarillos y dos azules.

Los rojos son el granate de perileno y el rosa de quinacridona, ambos descubiertos hacia el final de la década de 1950. El granate, este granate, es un color maravilloso. Parece la sangre que sueltan los filetes de vaca. Verlo extenderse  sobre el blanco del papel me produce un placer extraño, primitivo. A algunos les parece tan desagradable que no pueden usar este pigmento. A mí me encanta. Una vez pinté un retrato sólo con él. Pero lo que justifica su inclusión en mi paleta minimalista es, como se verá, su utilidad en las mezclas.


El rosa de quinacridona por sí solo es un poco chillón, pero su versatilidad en las mezclas lo hace irremplazable.

De los amarillos, el de benzimidazolona (benzimida, para los amigos) descubierto en 1960, es un amarillo central, ni verdoso ni anaranjado. No tiene ningún carácter, pero cumple su papel a la perfección. El de arilida, descubierto en 1952, es un amarillo anaranjado. Se utiliza, entre otras cosas, para pintar las líneas de las carreteras, las que son amarillas. Es un color que me cae mal. Enseguida domina los paisajes, dándoles un aire artificial y un poco ridículo. A veces al principio no sabes qué es lo que te desagrada, pero luego caes: es ese amarillo. Sin embargo, como veremos a continuación, un amarillo anaranjado es muy útil en las mezclas. Hay otros que no he probado, pero de momento éste es el que uso.

De los azules, el de ftalocianina de cobre beta (llamémoslo talo), descubierto en la década de 1930, es un azul verdoso no muy bonito por sí solo, pero excelente en las mezclas. El ultramar francés es el más antiguo de mis colores, utilizado desde 1828. Es un azul rojizo, muy bonito, el único de mis colores con algo de granulación: al mezclarlo con otros colores no acaba de integrarse del todo, produciendo un efecto a menudo agradable. En realidad esa es su virtud principal. Es menos intenso que los otros cinco colores, y en las mezclas siempre sale perdiendo. Si me deshiciera de él no pasaría casi nada.

¿Y que puedo pintar con estos colores? Casi todo.

Los naranjas y los morados no plantean ningún problema, gracias al rosa de quinacridona.




El color carne es igual de fácil, aunque para eso me parece que vale casi cualquier combinación diluida de un rojo y un amarillo, con un poco de azul para las sombras.




El matiz verdoso del azul talo da a los cielos un aire un poco artificial, aunque a veces en invierno el cielo es así. Mezclándolo con el ultramar francés sale un azul más de cielo. Con un poco de granate el cielo se vuelve nuboso.




Para los verdes el azul talo con los amarillos da muchas posibilidades, que se pueden apagar con un poco de granate. Con el ultramar francés no salen verdes útiles.




Los tonos neutros son los más complicados. Hasta ahora he usado colores tierra: el sombra tostado, el siena tostado y el ocre amarillo. Ahora sé cómo mezclarlos con mis seis colores, en concreto con el granate, el azul talo y uno de los amarillos. En estas mezclas, diferencias ínfimas en las proporciones determinan que en vez de marrón salga un tono verdoso o granate. Y el azul talo con el granate, sin nada más, hacen un negro bastante oscuro.




Ahora que he resuelto el asunto de los colores, ya sólo me queda aprender a pintar.

martes, 12 de marzo de 2013

Las mañanas del filósofo

Recobro la consciencia a eso de las seis. Abro los ojos sólo lo suficiente para comprobar que, en efecto, son más o menos las seis. Los vuelvo a cerrar y pienso. Dirijo mi mente a los problemas filosóficos que me ocupaban el día anterior. Es el único momento del día en que mi mente atiende sin rechistar a los encargos que le hago. Paso así más o menos una hora. Es la hora más productiva del día. Mi mente está vacía de otros asuntos y ve las cosas con una claridad que no suelo alcanzar más adelante. A menudo el resto del día no hago más que elaborar las ideas que he vislumbrado antes de levantarme.

A eso de las siete se levantan la mayor y el pequeño. Para entonces la mente ya se me ha llenado de pensamientos involuntarios que la entorpecen y me impiden seguir pensando con claridad: es hora de levantarse. En ese momento me vienen a la cabeza las tareas del día y me siento completamente incapaz de afrontarlas. Pero no me preocupo. Hay una cosa, y solo una, de la que sí me siento capaz: ducharme. Y sé por experiencia que una vez que me haya duchado ya estaré dispuesto a todo. A veces la siguiente prueba es afeitarme. Me afeito tres veces por semana: lunes, miércoles y viernes.

Alrededor de las siete y media ya estoy vestido, aseado y listo para enfrentarme al mundo exterior. Al bajar a desayunar despierto a la mediana y despego al pequeño del televisor para que venga a desayunar conmigo.

Para desayunar necesito cuatro cosas: una cuchara, un vaso, una taza y un cuenco. Tengo que tener la lista en la cabeza. Si no, acabo volviendo varias veces a la alacena. Con la cuchara lo primero que tengo que hacer es poner las hojas de té en la bola de rejilla que uso para este fin. Muchos días se me olvida, uso la cuchara antes para el yogur y tengo que sacar otra cuchara limpia para el té. Antes me enfadaba cuando me pasaba esto. Ahora me felicito cuando no me pasa. En el vaso echo zumo de naranja, en el cuenco pongo muesli, yogur y miel, y en la taza, cuando está listo, el té.

Desayuno pausadamente con el pequeño. Hablamos de fútbol y a veces de otras noticias. Recordamos momentos graciosos de programas de televisión. Intento darle ánimos las pocas mañanas que no los tiene. Las chicas van y vienen, participando en la conversación o no dependiendo de la prisa que tengan y de su estado de ánimo.

A las ocho se va la mayor, a las ocho y media la mediana y a las nueve menos cuarto el pequeño. Yo me quedo solo acabándome el té y el periódico, e intentando recordar qué va a pasar el resto del día. Así, poco más o menos, han sido todas las mañanas de mi vida hasta donde me alcanza la memoria.

jueves, 4 de octubre de 2012

Los padres de la madre de mi madre



Mi bisabuelo Francisco Clivillés nació en Madrid en 1873. Mi bisabuela Matilde Padilla nació en 1875, también en Madrid.

Francisco era un escultor de bastante renombre. Su taller y su domicilio estaban en el número 21 de la calle Ferraz. Recibió medallas y menciones honoríficas en las Exposiciones de Bellas Artes de 1895, 1897, 1904 y 1908 y 1915. Fue miembro del jurado en las de 1911 y 1920. El oficio le debía de venir de familia. Uno de sus antepasados, como explico más abajo, era fundidor, y su hermano, Julio, también era escultor.



La única obra de Francisco que he visto es el monumento a Rosalía de Castro en el Parque de la Alameda de Santiago de Compostela, realizado por Francisco Clivillés e Isidro de Benito en 1917. No tengo noticia fehaciente de ninguna otra.

Photo by Luis Miguel Bugallo Sánchez (Own work) [CC-BY-SA-3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons

Todo iba viento en popa para Francisco y Matilde, pero hacia los años veinte Francisco sufrió una crisis personal de la que nunca se recuperó. Las causas no están claras, y no sé si lo estaban entonces. Según la tradición familiar, él aspiraba a abandonar las artes decorativas, de las que vivía muy bien, para convertirse en un artista de verdad, y no pudo superar la frustración de no conseguirlo. A esto se unió la muerte prematura de su hijo mayor, Doroteo. Parece que Francisco tenía la ilusión de que Doroteo triunfara donde él había fracasado.

De un modo u otro Francisco dejó de trabajar y la familia no tenía ningún ingreso. Poco a poco fueron perdiendo todo lo que tenían. En 1930 el juez le reclama el pago de un préstamo de 66.000 pesetas asegurado con una hipoteca sobre una casa que tenia en la calle Tortosa. En 1931, para cobrar un préstamo de 50.000 pesetas, se subasta una casa suya de siete plantas en el número 42 de la calle Ramón de la Cruz (puja mínima 60.000 pesetas). Mi abuela y su hermana, que eran las hijas pequeñas, se tuvieron que poner a trabajar de adolescentes, mi abuela de modista, su hermana de sombrerera.

En los años 30, con dos de sus nietas

Cuando empezó la Guerra Civil, Francisco y Matilde se trasladaron con una hija suya a un pueblo de la provincia de Albacete, huyendo de los bombardeos. Al terminar la guerra, Francisco se fue exiliado a Francia con uno de sus hijos. Creo que volvió al poco tiempo.

La apatía de Francisco y la situación familiar a que dio lugar despertaron en Matilde un odio tragicómico hacia su marido. Parece que cuando él salía de casa ella se asomaba a la ventana porque, según decía, le encantaba verle la espalda. Cuentan que cuando Francisco se fue a Francia Matilde decía que aunque no quería que le pasara nada a su marido, tampoco quería que volviera.

Matilde tuvo una muerte espantosa. Poco después de terminar la Guerra Civil, un camión militar que estaba dando marcha atrás la aplastó contra una pared. Llevaba de la mano a dos de sus nietas, que salieron ilesas. Todos los meses, en el día de la muerte de Matilde, Francisco le llevaba flores al cementerio, en contra de los deseos expresos de Matilde, que le había amenazado con tirarle un zapato si lo veía aparecer por allí. Él murió a finales de la década de los 50.

Francisco y Matilde tuvieron tres hijos y tres hijas. Aparte de Doroteo, que murió joven sin descendencia, todos tuvieron hijos, nietos y ahora bisnietos. Sin embargo, como los hijos sólo tuvieron hijas, entre todos los que somos ninguno conservamos el apellido Clivillés. Lo que no ha desaparecido del todo entre los descendientes de Francisco es la vocación artística.

Los Clivillés

El padre de Francisco era de Águilas, provincia de Murcia, y sus abuelos de Cartagena. Sus antepasados, desde el siglo XVII, eran casi todos de pueblos del sureste, de las provincias de Murcia, Alicante, Valencia y Albacete.

La madre de Francisco, su abuela materna y todos los antepasados de ésta desde el siglo XVII eran de la ciudad de Albacete. Los antepasados de su abuelo materno eran de Villagarcía del Llano, provincia de Cuenca.

El bisabuelo de Francisco por línea masculina, también Francisco Clivillés, era de Mataró, pero a finales del siglo XVIII se había establecido en Cartagena. El padre de éste y sus abuelos paternos eran de Mataró. Su madre y abuelos maternos eran de Arbucias, provincia de Gerona. El primer Clivillés que aparece en los libros sacramentales de la parroquia de Santa María de Mataró es Jaume, marinero de Cambrils, hijo de Bernat y Tecla, que se casó con Margarida Ayraut en 1643. No he conseguido establecer todavía la conexión entre Jaume y Francisco, pero es muy probable que Jaume sea el bisabuelo de Francisco. Esto sería una coincidencia extraordinaria, pues desde hace doce años veraneo en Cambrils, por no hablar de mi afición a la navegación.

En la Iglesia de la Caridad de Cartagena hay una campana con la siguiente inscripción: "Jesús, Maria y José. D. Francisco Clivilles, Hermano Mayor de este Real Hospital. 1.820." Se la conoce como ‘La Clivillés’. El autor tiene que ser, o bien el bisabuelo de mi bisabuelo, el de Mataró, o bien un hijo de éste, el abuelo de mi bisabuelo, que también se llamaba Francisco.

Aparte de los descendientes de mi bisabuelo Francisco, tengo noticia de los descendientes de su hermano Julio. Los bisnietos de Julio son mis primos terceros. Conozco a una de ellas, por el trabajo, desde mucho antes de saber que estábamos emparentados. Imaginaros la sorpresa.

Los Padilla

Matilde era hija única de Antonio Padilla y Demetria Sánchez. Antonio y sus antepasados, al menos desde el siglo XVIII, eran casi todos de Madrid. Demetria y sus antepasados eran de Chiloeches, provincia de Guadalajara.

A pesar de haber nacido y residir en Madrid, el abuelo paterno de Matilde, Rafael, tenía tierras, intereses y una casa en Chiloeches. Creo que Francisco y Matilde se conocieron allí, cuando él fue a hacer un trabajo en la iglesia del pueblo.

Rafael era el primer contribuyente de Chiloeches. También fue alcalde. Según tengo entendido, la calle Padilla de Chiloeches lleva ese nombre en su honor. Ni yo ni otros que están investigando la cuestión sabemos cómo ni por qué llegó Rafael a Chiloeches. En cualquier caso parece que Rafael no dejó muy buen recuerdo en Chiloeches. En 1883, la Diputación Provincial de Guadalajara acordaba por unanimidad
...autorizar al Ayuntamiento de Chiloeches para ejercitar su acción ante los Tribunales de justicia, contra los hijos herederos del finado Rafael Padilla, apoderado que fué del Ayuntamiento de la citada localidad, en reclamación de valores de la propiedad del citado Municipio, procedentes del 80 por 100 de la enajenación de sus bienes propios.
En la familia siempre se ha dicho que los Padilla tenían un título nobiliario, aunque yo no he encontrado ninguna evidencia de esto, y en este caso la ausencia de evidencia tiene que ser evidencia de ausencia. Si, como creo, el rumor es falso, me gustaría averiguar de dónde procede. De que Rafael tenía dinero no cabe duda, pero gran parte de lo que tuvo lo perdió, y al morir ya no le quedaba gran cosa. Sin embargo, parece que su nieta Matilde, mi bisabuela, siempre tenía presente su alta cuna, aun cuando sus circunstancias personales no estaban a ese nivel. Creo que algo de esa actitud se ha conservado en sus descendientes.

Antonio y Demetria, los padres de Matilde, vivían en Madrid, en la calle del Gobernador y luego en la de la Verónica. Él era empleado de organismos públicos, y de cuando en cuando cesante, como en los artículos de Larra. Demetria murió cuando Matilde tenía once años. Antonio se volvió a casar.

Antonio tiene muy mala fama en la familia, como el causante de la decadencia de los Padilla, a pesar de que, como he dicho, parece que los problemas empezaron ya con su padre. Tuvo un final trágico, suicidándose en la oficina en 1904, el día de la lotería. La prensa de Madrid se hizo eco del suceso. El Imparcial lo reseñaba así:
A la una y cuarto de ayer tarde ha puesto fin a su existencia, en el despacho del director de la Deuda, un empleado, disparándose en la boca un tiro de revólver.
Quedó muerto en el acto.
El juez, que acudió al lugar del suceso, encontró en un bolsillo de la americana del suicida una carta que aún no ha sido abierta.
En el sobre de la misma se leía lo siguiente:
“No tengo fuerza para salir; me han abandonado completamente. Que me perdonen si doy este espectáculo en la oficina.”
Se atribuye el suicidio a carencia de recursos y a disgustos de familia.
El desdichado tenía cincuenta años y deja mujer y varios hijos.
En realidad tenía sesenta y ocho años, y dejaba dos hijas: mi bisabuela y otra de su segundo matrimonio.

El corresponsal del Diario de Avisos de Madrid expresa su sorpresa por ‘tan fatal resolución’,
 … pues durante toda la mañana había estado trabajando, sin dar muestras de la menor preocupación.
Según El Gráfico, en la carta al juez explica Antonio que tomó su decisión
…por padecer hace bastante tiempo una enfermedad crónica y al mismo tiempo por recientes desgracias de familia.
El Liberal ofrece una explicación distinta:
Según parece el Sr Padilla mandó a comprar la lista grande de la lotería a las doce y media, y, sin duda, al ver que el número que él poseía no aparecía entre los favorecidos por la suerte, debió de sentir tal desesperación a causa de su apurada situación económica , que decidió quitarse la vida.
Además, en las primeras horas de la mañana solicitó del interventor que no se le descontase de su modesto haber una parte que se le retenía desde hacía algún tiempo, y su petición le fue denegada, causándole una gran contrariedad, que probablemente fue la causa determinante del suicidio.
Antonio tenía muchos hermanos. Sé de los descendients de uno de ellos, Luis. Los tataranietos de Luis son mis primos cuartos. Conozco al marido de una de ellas, al que también le interesa la genealogía.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Mi tercera temporada con el Scallywag

Con Chris W y Chris N rumbo al río Deben
Mi tercera temporada con el Scallywag está dando los últimos coletazos. Todavía saldremos alguna vez, a Brightlingsea, o a Bradwell, o quizás incluso al Orwell. De cualquier modo los días ya no son largos, la meteorología es más incierta y la marinería tiene menos tiempo libre. Ya no habrá grandes expediciones hasta después del invierno.

Ha sido una temporada poco propicia. Yo he tenido la cabeza en otras cosas y no he encontrado la energía de las temporadas anteriores para planear las travesías con detalle. El tiempo tampoco ha acompañado. Ha habido poco sol, poco calor, mucha lluvia y mucho viento, incluso para los estándares de estas latitudes. Además Bill, uno de mis tripulantes más habituales, ha estado fuera de servicio, cruzando el Atlántico en el barco de Graham, ida y vuelta.

Sin embargo, a pesar de los pesares, mirando el cuaderno de bitácora tengo que decir que ha sido una temporada exitosa. Hemos navegado más de 600 millas náuticas en 23 días y hemos expandido los horizontes del Scallywag en tres travesías de cierta envergadura.

En la primera llegamos hasta el río Deben, donde no había estado hasta ahora. La entrada es famosa por su dificultad, con bancos de arena y grava que se desplazan constantemente, fuertes corrientes de marea y aguas siempre revueltas. Pasada la entrada, el río es un remanso de paz que serpentea hasta Woodbridge, donde hay un puerto deportivo en lo que fue el estanque de un molino.

En las otras dos travesías substanciales fuimos a Francia, primero, en Junio, a Gravelines, y luego, en Agosto, a Boulogne. El año pasado cruzamos el Mar del Norte hasta Holanda, pero hasta este año no había llevado al Scallywag a Francia. Ambas travesías a Francia tuvieron momentos memorables. De la primera nunca se me olvidará la singladura de Tollesbury a Calais, de un tirón, 69 millas en 12 horas de ceñida, con mucho viento y muchas olas, solos mi amigo Chris W y yo, sorteando bancos de arena en el estuario del Támesis y petroleros en el Estrecho de Dover. Nunca en mi vida había estado tan cansado como esa noche al llegar a Calais. En la segunda, tanto de Ramsgate a Dover como de Dover a Boulogne tuvimos niebla. Al llegar a Dover no se veía nada de nada. Cuando pedimos permiso por radio para entrar en el puerto, nos dijeron que esperáramos a doscientos metros del enorme rompeolas a que entrara un ferry. Sabíamos que estábamos a doscientos metros del rompeolas porque lo decía el GPS, pero verlo no lo veíamos. Y la vuelta de Boulogne fue una verdadera montaña rusa, sin duda el mar más revuelto que me he encontrado en el Scalywag.

Chris W ha sido mi tripulante más asiduo este año. Los dos conocemos el barco y nos conocemos el uno al otro. Navegamos con naturalidad. Maniobras que en otros barcos se hacen a gritos nosotros las hacemos sin apenas cruzar palabra. Otro Chris, Chris N, también ha jugado un papel importante esta temporada. Él tiene un barco, el Arc Angel, más grande, más nuevo y mejor que el mío (con el que, entre otras cosas, ha circunnavegado Gran Bretaña), pero lo tiene de chárter, así que a menudo no está a su disposición. Chris N vino con nosotros al Deben. La vuelta fue muy dura, y lo habría sido más sin los dos Chrises a bordo. En la travesía a Gravelines, Chris N estaba ocupado el día que salimos, pero esa noche se fue en tren a Calais para unirse allí a nosotros. En la travesía a Boulogne, el Scallywag se citó con el Arc Angel en Dover, la primera vez que se veían. Desde allí fuimos juntos hasta Boulogne. Luego nosotros nos volvimos hacia el norte y Chris N siguió con el Arc Angel hacia el sur por la costa de Normandía.

Lo más agradable de la temporada es que me ha dejado con ganas de más. Ya estoy con cartas y portulanos planeando las aventuras del verano que viene: a Honfleur, en la desembocadura del Sena, hacia el sur, y a Lowestoft, Southwold y los ríos Ore y Alde hacia el norte. Me gusta ampliar mi radio de acción así, poco a poco, como cuando mojas el pincel en la pintura que ya has aplicado y la extiendes. Así tardo más en conseguir cosas, a veces demasiado, pero de otra manera no me siento a gusto.

Puertos que he visitado con el Scallywag