miércoles, 1 de abril de 2015

Con la boina calada

No soy de pueblo. Mis padres tampoco. Además llevo más de media vida fuera de España. Sin embargo, cuando veo esto, tengo la sensación inequívoca de reencontrarme con mi punto de partida.

 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Resumen del 2014

Trabajo


Desde el 1 de enero tengo el honor de ser el director del Departamento de Filosofía del University College London. Tengo que aclarar que, si bien es un honor, no es una muestra de mi valía: me ha tocado hacerlo a mí porque no había nadie más disponible. De todos modos creo que no lo estoy haciendo mal. El ambiente en el departamento es bueno, y eso es importante.

Todavía tengo tiempo para hacer filosofía. Nada espectacular, pero no mucho menos de lo que sería capaz de hacer en condiciones ideales.

Me he cambiado de despacho. He dejado el que heredé de Mike Martin hace catorce años en el sótano de 19 Gordon Square. Ahora estoy en el que ha dejado libre en el segundo piso Marcus Giaquinto al jubilarse. Es grande y acogedor.

La revista Teorema ha publicado un simposio de mi libro sobre el escepticismo, con comentarios de nueve filósofos y mis respuestas. Este privilegio se lo debo al director de Teorema, el filósofo Luis Valdés.

Oxford University Press va a publicar mi libro sobre el Tractatus de Wittgenstein. Saldrá el año que viene.

Familia


Mi hija Clara ha terminado el bachillerato (A-levels) con notas excelentes y ha empezado a estudiar veterinaria en Edimburgo. Le gusta la carrera y lo está pasando en grande.

Mi hija Alicia ha terminado la ESO (GCSEs) con muy buenas notas. Ha empezado el bachillerato en Woodhouse College. Está muy contenta y aplicada.

Mi hijo Damián ha terminado su primer año de instituto. Le va muy bien. Tiene muchos amigos y campa por sus respetos. Todavía toca el piano.

Estoy muy orgulloso de los tres.

Inma y yo seguimos juntos, después de 26 años.

Aficiones


Sigo yendo a las sesiones de dibujo del natural en Bethnal Green siempre que puedo. Sigo haciendo bocetos de gente en lugares públicos, y de lo que veo en los museos. He hecho muchos retratos con acuarelas. También pinto objetos con acuarelas. Los paisajes todavía se me resisten.

Sigo tocando el saxo con mi amiga Sabine todos los domingos que estamos los dos disponibles, aunque últimamente he encontrado menos tiempo para practicar.

Mi quinta temporada con el Scallywag. 754 millas náuticas; 35 días de navegación. Todo ha ido bien. En julio mi amigo Chris y yo hicimos un crucero por Normandía. Es lo más lejos que he ido con el Scallywag.


Sigo yendo a trabajar en bicicleta siempre que me siento con fuerzas. Sigo con la bicicleta de siempre pero me he comprado un candado Kryptonite, un sillín Brooks azul marino, un casco Bern blanco y una chaqueta Vulpine preciosa, que es la prenda de vestir más cara que he tenido nunca. Cualquiera diría que soy un hípster.

Vida social


Hice una fiesta en casa para celebrar que cumplía cincuenta años. Vinieron unas cincuenta personas, casi todas mis personas favoritas de mi entorno inmediato. Compré una paletilla ibérica, un chorizo ibérico, un queso manchego y cincuenta ostras del Blackwater, que además de ser el mejor criadero de ostras del mundo, es donde tengo mi barco. Estuve toda la noche abriendo ostras y cortando jamón, queso y chorizo para mis invitados. Lo pasé de maravilla.


En julio nos fuimos la familia de vacaciones a Kaş, en Turquía. Qué sitio más bonito y agradable. Gente amable y sin pretensiones y paisaje espectacular. Qué pena que el idioma turco sea tan difícil.


En Noviembre hicimos una reunión de reencuentro con mis compañeros de instituto en Zaragoza, a los que no veía desde hace treinta y dos años. Fue un evento maravilloso. Estuvimos comiendo, bebiendo, hablando y bailando hasta el amanecer. Antes de acostarnos desayunamos chocolate con churros.

Agenda cultural


He visto menos películas, comido en menos restaurantes e ido a menos conciertos que otros años. La mejor película que he visto es Boyhood, cené bien en The Green Man and French Horn, y me encantó escuchar a Timothy McAllister tocar el concierto para saxofón de John Adams en una de las Proms.

He ido a muchas exposiciones. Las mejores han sido la de los recortables de Matisse y, sobre todo, la de Anselm Kiefer.

Lo mejor que he leído este año, y en muchos, muchos años, son las tres primeras entregas de Mi lucha, de Karl Ove Knausgaard. Una narración conmovedora de las tribulaciones de un hombre de mi generación en un estilo único. Si no traducen el resto pronto voy a tener que aprender noruego.

Me he empezado a interesar por los paisajes a la acuarela de pintores ingleses del siglo XX. Me he comprado uno de Edward Wesson y uno de Trevor Chamberlain, y voy detras de uno de John Yardley. Edward Seago, el mejor, está fuera de mi presupuesto.

Asuntos varios


He descubierto los inhibidores de la bomba de protones. ¡Viva la ciencia!

Hace tiempo que quería tener una boina y mi hermano me compró una para mi cumpleaños, una Elósegui Superlujo. Ahora con el frío me la pongo bastante.

En Heathrow con boina

Propósitos y deseos para el año que viene


Terminar de escribir las cosas que tengo pendientes y empezar a pensar otra vez sobre el realismo y la verdad.

Aprender a pintar paisajes con acuarelas.

Recorrer con Damián el tramo vasco-navarro del GR11.

Un crucero con el Scallywag a algún sitio nuevo. Hasta Amsterdam, o al oeste de Normandía.

Empezar a aprenderme el Caprice en Forme de Valse de Bonneau, aunque es posible que sea más de lo que soy capaz.

Que mis hijos sigan prosperando.

Que Inma y yo todavía estemos juntos dentro de un año.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

En busca del tiempo perdido

Entre 1978 y 1982 hice el bachillerato en el INB Jerónimo Zurita, mixto nº 2 de Zaragoza. Aparte de un par de encuentros fortuitos, no había visto a ninguno de mis compañeros del Zurita desde el último día de clase, hace treinta y dos años. Estaban, por supuesto, en la memoria, pero la distancia en el tiempo y en el espacio había ido debilitando la impresión de que se trataba de personas reales, y de que los años que vivimos juntos ocurrieron de verdad. Habían pasado a ocupar en mi mente el mismo lugar que los personajes de novelas. Dicen que el cerebro no distingue bien entre lo real y lo imaginado.

Así se habrían quedado las cosas de no ser por un par de compañeras emprendedoras y competentes, que hace unos meses, con ayuda de las redes sociales, fueron localizando a gente de nuestra promoción, con la idea de organizar un encuentro para celebrar que cumplimos cincuenta años. Localizaron a unas setenta personas, de los noventa o así que debíamos de ser. Formaron un grupo de Whatsapp al que nos apuntamos casi todos. En este grupo, desde el principio, hubo una actividad febril, con conversaciones constantes y entrecruzadas y más de MIL mensajes por día, desde primera hora de la mañana hasta ya entrada la noche. Algunos nos recordábamos perfectamente. Otros nos fuimos identificando gracias a fotos y anécdotas. En los mensajes de algunos se reconocía inmediatamente el carácter que tenían hace treinta y dos años. El sentido del humor de una compañera genial estaba perfectamente destilado en un comentario inolvidable sobre un personaje de serie de televisión: “Esa entre el pelo y la voz tiene un bofetón”.

Y el sábado llegó el gran día. Habíamos reservado una parte de un restaurante-sala de baile de Zaragoza para cenar y luego bailar hasta la madrugada. Íbamos a ser unos sesenta y cinco. Cuando iba andando hacia el local no las tenía todas conmigo. Temía que después del frenesí digital, al vernos en persona nos decepcionáramos y no nos encontráramos a gusto. Pero este miedo resultó carecer de todo fundamento. Desde las ocho de la tarde, cuando llegué al restaurante, hasta las siete de la mañana siguiente, cuando después de desayunar chocolate con churros por fin me fui a dormir, viví una verdadera noche de ensueño, rodeado, sin acabar de creérmelo, de los protagonistas de mi adolescencia o, mejor dicho, de los hombres y mujeres de mediana edad en los que el tiempo, como por arte de magia, ha convertido a aquellos chicos y chicas. Unos hemos cambiado más que otros. En la mayoría de los casos lo que permitía una identificación infalible eran los gestos y ademanes, idénticos a los que recordaba.

Llevo desde el sábado intentando entender qué nos pasó, por qué este reencuentro lo he sentido yo, y creo que otros, con el carácter y la intensidad de una experiencia mística. Creo que ya lo tengo. Llamaba la atención que tanto en las conversaciones en línea como en las de esa noche apenas se hablaba de trabajos, parejas, exparejas, hijos, hipotecas, éxitos o fracasos. Todo eso parecía de repente una costra accidental que el tiempo había acumulado sobre lo que somos realmente: los adolescentes optimistas de hace treinta y tantos años, con un abanico de posibilidades aparentemente ilimitado frente a nosotros, sin haber tomado todavía ninguna de las decisiones irreversibles que nos han llevado a donde estamos ahora.

No se puede volver atrás, ni tampoco creo que quisiéramos. Muchos estamos satisfechos con dónde hemos ido a parar, conscientes de que las cosas podían haber sido mucho peores. Sin embargo desprendernos por una noche del sedimento de los años y volvernos a encontrar con esa parte enterrada de nuestro ser ha sido una experiencia maravillosa, irrepetible, algo que sólo te puede pasar una vez en la vida, como muchas de las cosas que nos pasaron juntos en el Zurita.

Seguro que hasta cierto punto esto les pasa a todos los cincuentones que se reencuentran con sus compañeros de instituto, pero creo que en este caso había un factor especial. El Zurita estaba lleno de buena gente. Lo eran entonces y claramente lo siguen siendo, el tipo de gente que mejora el mundo con su presencia.

Mención especial merecen las chicas del Zurita, ahora señoras. En su encarnación adolescente han sido todos estos años mi arquetipo particular de la belleza femenina. Espero que no les importe. El sábado comprobé que todavía da gusto verlas y bailar con ellas, aunque esto sea ahora lo menos importante para estas doctoras, abogadas, científicas, maestras, ingenieras, empresarias y madres extraordinarias.

Hemos vivido estos treinta y dos años atesorando los recuerdos de aquella época. Para lo que nos quede tenemos además los de la noche del sábado.


lunes, 10 de noviembre de 2014

Intercambio artístico con las antípodas

Un foro de internet de pintores aficionados organiza cada año un intercambio de retratos. Si te apuntas te emparejan con otro artista para que os pintéis mutuamente, a partir de fotografías, claro está, pues el intercambio no tiene límites geográficos. Yo no frecuento este foro, pero vi un anuncio por casualidad y me apunté. Me tocó una pintora de Nueva Zelanda y ya nos hemos pintado. Yo le he hecho a ella uno de mis retratos a acuarela:


Ella me ha pintado a mí con acrílicos:


Yo pinté su retrato ayer. Pasé tres o cuatro horas examinando cada detalle del rostro de esta desconocida, que como resultado ya no lo es. Del retrato que me ha hecho ella me llama la atención un hecho curioso. Al posar para la foto que usó de modelo yo había hecho un esfuerzo consciente por aparentar desenfado. Sin embargo la pintora neozelandesa no se ha dejado engañar, y ha plasmado directamente la melancolía que yo pretendía ocultar. Creo que yo ya tampoco soy un desconocido para ella.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Cómo escribo



Un pastor intentando meter en un redil a una oveja que se quiere escapar. Esa es la imagen que me viene a la mente cuando intento escribir.

La mayor parte de mi actividad intelectual no va enfocada a un producto concreto. Pienso, sopeso cosas, las comparo con otras que he visto antes, como cuando examinas una escultura o un edificio desde distintos ángulos o manipulas un objeto que has cogido del suelo intentando averiguar qué es. Paso días enteros así, semanas enteras… A veces me parece que he progresado algo. Otras veces no. Y muchas veces me doy cuenta de que lo que antes me había parecido progreso en realidad no lo es. Pero toda esta actividad no produce ningún fruto tangible. De vez en cuando escribo, porque parece que me ayuda, pero cosas que nunca leeré. Si no pusiera tinta en la pluma sería lo mismo.

Sin embargo, tarde o temprano este vagabundeo por paisajes mentales tiene que cristalizarse en algo concreto: un artículo, o un libro. De vez en cuando tengo que escribir. No escribo porque crea haber obtenido resultados que quiero comunicar. Me pongo a escribir cuando intuyo que mis divagaciones me han llevado a un punto que me permitirá decir algo de interés. Pero cuando me pongo no sé lo que voy a decir. No sé lo que va a pasar. Esta transición me pone nervioso. Siento que mi identidad se desdobla en el pastor que quiere que se escriba y la oveja que se resiste. La resistencia consiste principalmente en actividades sustitutorias: esta semana, sin ir más lejos, me he comprado en internet, después de una búsqueda exhaustiva, una chaqueta y un caso de ir en bici, un poco mejores que los que ya tenía, y ahora, después de un largo silencio, he vuelto a escribir para el blog. A lo mejor no hay mal que por bien no venga. Y aquí estamos, pero al final, de momento, siempre ha ganado el pastor.

No sé trabajar de otro modo. Si pudiera suprimir o reducir la fase exploratoria sería mucho más productivo, pero me parece que entonces no tendría nada que decir. Suprimir la fase productiva sería complicado, por motivos laborales, pero creo que aunque pudiera no querría. Siento la necesidad de sacar algo en claro, de poder decir ‘ahí queda eso’, aunque lo que quede no sea gran cosa.

sábado, 8 de febrero de 2014

Mi paleta minimalista

Hace un par de años empecé a pintar con acuarelas. No se me da muy bien. Requiere un dominio de los materiales que no tengo tiempo de desarrollar. Pinto retratos para la fiesta del retrato de Julia Kay, y de vez en cuando alguno me sale bien.


También pinto bodegones simples, y a veces, como de casualidad, hago uno que no está mal.


Me gustaría pintar paisajes, pero todavía no he conseguido hacer uno que no me parezca repugnante.

Por medio de las acuarelas he descubierto el mundo de los pigmentos. Un pigmento es una sustancia química utilizada por su color, para teñir tejidos o plásticos, para pintar paredes, carrocerías de coches o señales de tráfico y, entre otras cosas, para producir acuarelas.

Los pigmentos se descubren en los laboratorios de química. Hay los que hay. No podemos decidir libremente producir un pigmento de un color y características determinadas. Si no existe o no lo conocemos no hay nada que hacer. Hay unos cien pigmentos que se utilizan para fabricar acuarelas. Algunos colores se hacen con un solo pigmento, otros con una mezcla de dos o tres.  Para mí los primeros son los que tienen gracia: si hay que mezclar algo ya lo mezclo yo.

Si quieres pintar tienes que decidir qué colores usar. En realidad da un poco igual, pero es difícil no obsesionarte con la pregunta. Hay quien pinta con muchos colores, pero a mí eso no me atrae. Lo que yo quiero saber es cuál es la colección más pequeña de colores que me permite pintar todo lo que quiero. Hasta ahora he usado doce, que son los que caben en mi caja de pinturas. Cuando añado uno quito otro. Pero ahora he llegado a la conclusión de que puedo reducirlos a la mitad, que puedo pintar todo lo que quiero pintar con sólo seis colores. Os presento mi paleta minimalista.


Son todos más o menos transparentes, permanentes, no-tóxicos y baratos. Como podéis ver son dos rojos, dos amarillos y dos azules.

Los rojos son el granate de perileno y el rosa de quinacridona, ambos descubiertos hacia el final de la década de 1950. El granate, este granate, es un color maravilloso. Parece la sangre que sueltan los filetes de vaca. Verlo extenderse  sobre el blanco del papel me produce un placer extraño, primitivo. A algunos les parece tan desagradable que no pueden usar este pigmento. A mí me encanta. Una vez pinté un retrato sólo con él. Pero lo que justifica su inclusión en mi paleta minimalista es, como se verá, su utilidad en las mezclas.


El rosa de quinacridona por sí solo es un poco chillón, pero su versatilidad en las mezclas lo hace irremplazable.

De los amarillos, el de benzimidazolona (benzimida, para los amigos) descubierto en 1960, es un amarillo central, ni verdoso ni anaranjado. No tiene ningún carácter, pero cumple su papel a la perfección. El de arilida, descubierto en 1952, es un amarillo anaranjado. Se utiliza, entre otras cosas, para pintar las líneas de las carreteras, las que son amarillas. Es un color que me cae mal. Enseguida domina los paisajes, dándoles un aire artificial y un poco ridículo. A veces al principio no sabes qué es lo que te desagrada, pero luego caes: es ese amarillo. Sin embargo, como veremos a continuación, un amarillo anaranjado es muy útil en las mezclas. Hay otros que no he probado, pero de momento éste es el que uso.

De los azules, el de ftalocianina de cobre beta (llamémoslo talo), descubierto en la década de 1930, es un azul verdoso no muy bonito por sí solo, pero excelente en las mezclas. El ultramar francés es el más antiguo de mis colores, utilizado desde 1828. Es un azul rojizo, muy bonito, el único de mis colores con algo de granulación: al mezclarlo con otros colores no acaba de integrarse del todo, produciendo un efecto a menudo agradable. En realidad esa es su virtud principal. Es menos intenso que los otros cinco colores, y en las mezclas siempre sale perdiendo. Si me deshiciera de él no pasaría casi nada.

¿Y que puedo pintar con estos colores? Casi todo.

Los naranjas y los morados no plantean ningún problema, gracias al rosa de quinacridona.




El color carne es igual de fácil, aunque para eso me parece que vale casi cualquier combinación diluida de un rojo y un amarillo, con un poco de azul para las sombras.




El matiz verdoso del azul talo da a los cielos un aire un poco artificial, aunque a veces en invierno el cielo es así. Mezclándolo con el ultramar francés sale un azul más de cielo. Con un poco de granate el cielo se vuelve nuboso.




Para los verdes el azul talo con los amarillos da muchas posibilidades, que se pueden apagar con un poco de granate. Con el ultramar francés no salen verdes útiles.




Los tonos neutros son los más complicados. Hasta ahora he usado colores tierra: el sombra tostado, el siena tostado y el ocre amarillo. Ahora sé cómo mezclarlos con mis seis colores, en concreto con el granate, el azul talo y uno de los amarillos. En estas mezclas, diferencias ínfimas en las proporciones determinan que en vez de marrón salga un tono verdoso o granate. Y el azul talo con el granate, sin nada más, hacen un negro bastante oscuro.




Ahora que he resuelto el asunto de los colores, ya sólo me queda aprender a pintar.

martes, 12 de marzo de 2013

Las mañanas del filósofo

Recobro la consciencia a eso de las seis. Abro los ojos sólo lo suficiente para comprobar que, en efecto, son más o menos las seis. Los vuelvo a cerrar y pienso. Dirijo mi mente a los problemas filosóficos que me ocupaban el día anterior. Es el único momento del día en que mi mente atiende sin rechistar a los encargos que le hago. Paso así más o menos una hora. Es la hora más productiva del día. Mi mente está vacía de otros asuntos y ve las cosas con una claridad que no suelo alcanzar más adelante. A menudo el resto del día no hago más que elaborar las ideas que he vislumbrado antes de levantarme.

A eso de las siete se levantan la mayor y el pequeño. Para entonces la mente ya se me ha llenado de pensamientos involuntarios que la entorpecen y me impiden seguir pensando con claridad: es hora de levantarse. En ese momento me vienen a la cabeza las tareas del día y me siento completamente incapaz de afrontarlas. Pero no me preocupo. Hay una cosa, y solo una, de la que sí me siento capaz: ducharme. Y sé por experiencia que una vez que me haya duchado ya estaré dispuesto a todo. A veces la siguiente prueba es afeitarme. Me afeito tres veces por semana: lunes, miércoles y viernes.

Alrededor de las siete y media ya estoy vestido, aseado y listo para enfrentarme al mundo exterior. Al bajar a desayunar despierto a la mediana y despego al pequeño del televisor para que venga a desayunar conmigo.

Para desayunar necesito cuatro cosas: una cuchara, un vaso, una taza y un cuenco. Tengo que tener la lista en la cabeza. Si no, acabo volviendo varias veces a la alacena. Con la cuchara lo primero que tengo que hacer es poner las hojas de té en la bola de rejilla que uso para este fin. Muchos días se me olvida, uso la cuchara antes para el yogur y tengo que sacar otra cuchara limpia para el té. Antes me enfadaba cuando me pasaba esto. Ahora me felicito cuando no me pasa. En el vaso echo zumo de naranja, en el cuenco pongo muesli, yogur y miel, y en la taza, cuando está listo, el té.

Desayuno pausadamente con el pequeño. Hablamos de fútbol y a veces de otras noticias. Recordamos momentos graciosos de programas de televisión. Intento darle ánimos las pocas mañanas que no los tiene. Las chicas van y vienen, participando en la conversación o no dependiendo de la prisa que tengan y de su estado de ánimo.

A las ocho se va la mayor, a las ocho y media la mediana y a las nueve menos cuarto el pequeño. Yo me quedo solo acabándome el té y el periódico, e intentando recordar qué va a pasar el resto del día. Así, poco más o menos, han sido todas las mañanas de mi vida hasta donde me alcanza la memoria.