martes, 22 de diciembre de 2009

Primera travesía en el Scallywag


El Scallywag ha estado desde la primera vez que lo vi en el Suffolk Yacht Harbour, donde lo había llevado su dueño para una feria de barcos de segunda mano. Cuando pasó a mi propiedad hace dos semanas todavía estaba allí. Mi intención era llevármelo inmediatamente a la marina de Tollesbury, su nuevo hogar, pero tuve que cancelar el traslado un par de veces por problemas climatológicos. Ayer, por fin, mi amigo Robert y yo lo logramos.

En Tollesbury sólo se puede entrar y salir con marea alta. Ayer la pleamar allí era a las tres menos cuarto de la tarde y amanecía a las ocho. Es una travesía de unas treinta millas náuticas, así que saliendo al amanecer, con una velocidad media de cinco nudos, podíamos llegar a Tollesbury a tiempo para entrar. En esta costa, cuando sube la marea, la corriente fluye de norte a sur, así que podíamos contar con su ayuda durante todo el camino.

Lo conseguimos holgadamente. No lo digo porque sea mío, pero el Scallywag es un barco muy rápido. Desde que superamos las aguas confusas que nos encontramos a la entrada del Orwell, apenas bajamos de los seis nudos. Para un barco de treinta y un pies, eso es ir rápido. Al principio íbamos a motor con, 15-20 nudos (21-26 aparentes) de un viento gélido de cara, pero luego roló y pudimos apagar el motor y seguir a vela: el moménto mágico que justifica todasl las molestias y contratiempos de esta actividad. Llegamos a la entrada de Tollesbury más de una hora antes de lo previsto. La marea todavía no había subido lo suficiente para entrar, así que nos amarramos a una boya para comer y esperar.

La noche anterior, mi primera noche en el Scallywag, yo estaba un poco intranquilo. Hubiera preferido hacer mi primera travesía en este barco con más tripulantes y mejores condiciones meteorológicas, pero decidí hacerlo así y temía haberme equivocado. Me desperté muchas veces oyendo el viento ulular en las jarcias y visualizando las maniobras de desatraque y atraque.

Sin embargo todo fue muy bien. El único problema que tuvimos fue que como resultado del frío y las nevadas de estos días atrás el Scallywag estaba cubierto por una capa de unos veinte centímetros de hielo. Pasamos más de una hora antes de amanecer quitando hielo. Cuando ya estábamos listos para salir perdimos veinte minutos desatando las amarras, pues los nudos se habían congelado y no había quien los moviera.

Los sueños no se suelen hacer realidad. Cuando te pasan cosas buenas, casi nunca son las que habías soñado. Sin embargo ayer al atardecer, entrando en Tollesbury al timón del Scallywag, era consciente de estar viviendo la realización de un sueño.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Filosofía y esquí

He pasado el fin de semana en los Alpes, en un seminario del departamento de filosofía de la Universidad de Friburgo. El programa combinaba la faena y el ocio admirablemente. Cada día había dos ponencias por la mañana y una después de cenar, y entre el almuerzo y la cena a esquiar, y después de esquiar a remojarnos en las aguas termales del balneario en el que estábamos alojados. En Friburgo hay un grupo de filósofos analíticos dinámico y de calidad. Su artífice es Gianfranco Soldati, catedrático allí desde hace diez años, buen filósofo y excelente persona. Me entiendo con él.

Todos los participantes del seminario, excepto Soldati y yo, eran estudiantes de postgrado o ayudantes de cátedra en Friburgo. Estas fábricas de filósofos están llenas de jóvenes inteligentes que podrían vivir muy bien y muy tranquilos con sus familias en sus lugares de origen, pero renuncian a todo esto para dedicarse a la filosofía. No estoy seguro de que la filosofía, tal y como yo la conozco, pueda proporcionar la recompensa que se merecen estos sacrificios.

El balneario estaba en el Valais, que es el valle del Ródano antes de desembocar en el Lago Lemán. Es una amplia llanura rodeada de montañas descomunales. Tanto la llanura como las laderas están cubiertas de viñas. Resulta que los suizos también hacen vino. Nosotros estábamos en un pueblo a media altura entre la llanura y las cumbres. La clientela del balneario era gente modesta disfrutando de un sucedáneo del mundo de La montaña mágica, paseándose por los pasillos en los albornoces y las chanclas que te proporcionaba el hotel.

Lo pasé muy bien esquiando, con un grupo de filósofos suizos que me daban cien vueltas. El español iba siempre a la zaga y un poco precario, pero con dignidad y sin complejos, naturalmente. Nunca hasta ahora había tenido conversaciones filosóficas en un telesilla.

A la vuelta me bajé del tren en Montreux y me di un largo paseo por la orilla del lago hasta el castillo de Chillon. Era una mañana fría con un resol delicioso. En sitios así, en momentos así, el mundo te sonríe.

domingo, 6 de diciembre de 2009

El Scallywag

Para navegar no hace falta tener barco. Eso lo sé yo mejor que nadie. Desde que empecé hace unos seis años, he navegado unos ciento cincuenta días y unas seis mil millas náuticas en veinte barcos distintos que no me pertenecían, en el Canal de la Mancha, el Mar del Norte, las Islas Frisias, las Hébridas, el Báltico, la costa atlántica francesa, el Golfo de León, las Islas Jónicas y Mallorca. Me sobran oportunidades para navegar. No navego más porque no tengo tiempo.

En vista de esto, y de que tener un barco es caro y da muchos problemas, no tendría mucho sentido que me comprara uno. Sin embargo, eso precisamente es lo que acabo de hacer. Me he comprado un barco.

El deseo de tener un barco me surgió hace un par de años. Me sumé a las hordas de hombres de mediana edad que pasan sus veladas enfrente del ordenador viendo en internet barcos en venta: comparando, planeando, calculando presupuestos virtuales y dejando volar la imaginación. ¡Qué vergüenza; menos mal que no nos ve nadie! Luego empecé a ir a la costa a ver en persona barcos que encontraba en internet. Vi unos quince.

El deseo dio lugar a un creciente desasosiego que alcanzó niveles insoportables. Esta situación ridícula solo se podía terminar con la extinción del deseo o con la adquisición de un barco. Cuando acepté que lo primero no iba a ocurrir me convencí de que tenía que comprarme un barco, y que pasara lo que pasara.

El año pasado hice una oferta por uno, pero al final no llegamos a un acuerdo. Este otoño, como si el destino quisiera tentarme, salió a la venta uno casi igual por el que pedían menos de lo que había ofrecido por el anterior. Desde antes de ayer es mío. Se llama Scallywag, que significa pillo. Aparte de sus cualidades marineras, con las que no os voy a aburrir, es muy bonito.

Ayer pasé el día en el barco yo solo, arreglando cosillas y haciéndome a la idea de que es mi barco. ¿Os acordáis de la sensación nada más abrir los regalos de reyes? Con esa gratitud ligeramente teñida de decepción siento ahora yo que no espero mucho más de la vida.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Visita del pasado

El otro día vino a cenar a casa un amigo de mis tiempos de estudiante al que no veía desde entonces. Hice una paella que fue un desastre. A mi me salen muy bien las paellas, o por lo menos me salen como a mi me gustan. Sin embargo esta fue horrorosa, la peor. La cocina todavía huele a arroz quemado. A lo mejor fue casualidad, pero no puedo evitar la sospecha de que la visita de mi amigo me devolvió a la inseguridad casi olvidada de un pardillo adolescente en Madrid que no se sentía a la altura de los mundos que iba descubriendo. La seguridad se pierde por nada, y si la pierdes cometes errores.

jueves, 29 de octubre de 2009

Revisión de objetivos

Me dicen que para que me asciendan a catedrático tendría que escribir un libro, es decir, otro libro, pues el que escribí hace diez años no es suficiente, porque es más bien un manual.

Yo de pequeño una vez intenté construir uno de esos veleros con ruedas que usan para hacer carreras en las playas del Norte de Francia. Después de mucho romperme la cabeza acabé viendo con creciente claridad que mis intentos estaban condenados al fracaso, que con mis herramientas, materiales y conocimientos era simplemente imposible construir una cosa así. Supongo que muchos habréis tenido experiencias parecidas.

Con la filosofía he llegado a una situación similar. Llevo unos veinte años intentando resolver una serie de problemas y responder una serie de preguntas que ahora me parecen fuera de mi alcance, como si estuviera intentando construir un coche de verdad con piezas de meccano. No sé si la culpa es de mi inteligencia, mi dedicación, mi educación, mi enfoque filosófico o la condición humana (la impotencia del logos, como dirían algunos). El caso es que en este momento me siento incapaz de escribir el libro que llevo años intentando escribir. Sin embargo tengo que escribir un libro, y si no es ese tendrá que ser otro: un libro de meccano. ¡A la carga!

viernes, 23 de octubre de 2009

Katalin Varga


El sábado fuimos a ver Katalin Varga, la primera película de Peter Strickland. Cuenta la historia de una campesina a la que su marido echa de casa cuando descubre que fue violada y que el violador es el padre de su hijo. Recuerda a las tragedias griegas no sólo en el argumento estremecedor, sino también en su concepción de las situaciones, acciones y emociones como ejemplos de verdades transcendentes sobre la condición humana, ignorando su individualidad azarosa. Según esta concepción, hay una especie de álgebra de las emociones que determina el curso de las vidas por encima de factores supuestamente accidentales y superficiales. El estilo narrativo se corresponde con este enfoque. El monólogo de la protagonista que precipita el desenlace es casi wagneriano.

A mi este enfoque no me suele gustar, y en esta película en particular me resulta enojoso. La vida no se puede entender desde un croquis abstracto. Hay que sumergirse en el detalle sensible y aparentemente trivial de las curvas y los ritmos de los cuerpos en movimiento, los colores, la luz, los sonidos, los gestos y las miradas. Para eso es el cine.

A pesar de esto, Katalin Varga es una buena película. La fotografía es espectacular, la música es excelente y las escenas principales están resueltas de manera ejemplar. Está ambientada en la Transilvania actual, un mundo de pueblos ariscos y miserables con calles embarradas en valles remotos cubiertos de bosques brumosos. Sólo sabes que es la época actual porque salen dos coches y dos teléfonos móviles.

Peter Strickland es un inglés de treinta y cinco años hasta ahora desconocido. Hizo esta película con 25000 libras que heredó de su tío, sin ningún subsidio público. Se fue a hacerla a Rumania, donde no había estado nunca, y la rodó en húngaro, un idioma que no entiende. Se le acabó el dinero antes de montarla, y estuvo a punto de abandonar, pero al final le seleccionaron la película para el festival de Berlín de este año. Si esto es posible no todo está perdido.

viernes, 9 de octubre de 2009

La cuarta mejor universidad del mundo


El suplemento de enseñanza superior del Times publica todos los años un ranking de las 200 mejores universidades del mundo. El de este año ha salido esta semana y coloca a UCL, mi universidad, en cuarto lugar, detrás sólo de Harvard, Cambridge y Yale.

Por supuesto, se podrían utilizar otros criterios que darían resultados distintos, pero los criterios del Times son claramente razonables. Sea como sea, no puedo evitar un cierto orgullo corporativo, sobre todo al leer en un artículo que acompaña a las tablas la siguiente explicación del éxito de UCL: “tiene investigación de calibre internacional en una gama muy amplia de disciplinas, notablemente en arquitectura, informática, economía, derecho, medicina y filosofía”.

La tabla está dominada por universidades estadounidenses (54) y británicas (29). A lo mejor, como dicen algunos, esto no refleja tanto la realidad como los métodos empleados. En cualquier caso los resultados de las universidades estadounidenses han empeorado, mientras que los de las asiáticas han mejorado.

El éxito de las universidades británicas es espectacular, dado el tamaño del país y los pocos recursos que se dedican a la enseñanza superior. Cuatro de los seis primeros puestos están ocupados por universidades británicas. Y aún más espectacular, me parece a mí, es el éxito de la ciudad de Londres, con nada menos que cinco universidades entre las 200 mejores del mundo: UCL, Imperial College, King’s College, Queen Mary College y la London School of Economics. Además la Escuela de Estudios Orientales y Africanos, también en Londres, está entre las cincuenta mejores instituciones en humanidades. La representación española se limita a la Universidad de Barcelona, en el puesto 171. La Autónoma de Madrid estuvo en la lista hace unos años, pero luego desapareció.

Ayer al pasar por el campus, con sus aglomeración caótica de edificios cada uno de su padre y de su madre, remendados hasta la saciedad, la idea de que esa fuera la cuarta mejor universidad del mundo me resultaba difícil de creer. Será que no nos gusta aparentar.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Reflexiones sobre la cuestión catalana


Últimamente paso más tiempo en Cataluña que en otras partes de España, y cuando estoy en otras partes de España a menudo acabo discutiendo sobre la cuestión catalana, defendiendo el punto de vista catalanista. No soy catalán pero me gusta Cataluña y el anticatalanismo me irrita más que el catalanismo. ¿Qué pienso de todo esto?

Vayamos directamente al centro de la cuestión: la afirmación “Cataluña no es España” de las pancartas del Nou Camp, que debo reconocer me producen cierta repugnancia, sobre todo cuando están en inglés. Esta afirmación se puede interpretar o bien como un intento de representar la realidad o como una expresión de un sentimiento subjetivo. Consideremos cada opción por separado.

Como intento de representar la realidad, la afirmación concierne a la realidad cultural, a la manera correcta de describir las relaciones entre la cultura catalana y la cultura española. Aquí cabe distinguir tres posibilidades:
  • La primera es que haya una colección de características culturales comunes en todos los territorios del estado español, incluida Cataluña, suficientemente importantes como para considerarlos englobados en una unidad cultural distinta de las unidades culturales circundantes. Si esto es así, Cataluña es España.

  • La segunda es que haya una colección de características culturales comunes en casi todos los territorios del estado español, pero no en Cataluña, suficientemente importantes como para considerarlos englobados en una unidad cultural distinta de las unidades culturales circundantes. Si esto es así Cataluña no es España.

  • La tercera es que no haya una colección de características culturales comunes en todos o casi todos los territorios del estado español suficientemente importantes como para considerarlos englobados en una unidad cultural distinta de las unidades culturales circundantes. Si esto es así, España no existe.
Yo no soy antropólogo, pero mi impresión personal es que la segunda opción es la que menos se acerca a la realidad y la primera la que más, aunque de esto último no estoy tan seguro. Es decir, creo que Cataluña es España, o bien, con más precaución, que si España existe Cataluña es España.

No cabe duda de que Cataluña es bastante distinta del resto de España, y en general, diría yo, un poco mejor. Sin embargo estas diferencias, siendo reales e importantes, resultan insignificantes cuando las comparamos con las diferencias culturales entre España, incluida Cataluña, y otras partes de Europa, o con las similitudes culturales entre Cataluña y el resto de España. No voy a intentar defender esta afirmación. Mi objetivo no es convencer a nadie, sino simplemente expresar mi punto de vista, surgido de mi experiencia de vivir tanto tiempo fuera de España. Estas cosas se ven mejor desde lejos.

Con esto no quiero decir que España, y por tanto Cataluña, no sea Europa, en el sentido cultural que estoy usando. Creo que hay una colección de características culturales comunes en los distintos países de Europa, incluida España, suficientemente importantes como para considerarlos parte de una unidad cultural distinta de las unidades culturales circundantes. Europa existe y España, si existe, es Europa. Esto se veía muy claro desde los Estados Unidos.

Consideremos ahora la afirmación como expresión de un sentimiento. Aquí no cabe hablar de verdad o falsedad, aunque los sentimientos se pueden evaluar con otros criterios.

Sobre este punto tengo que decir que el sentimiento que expresan los autores de las pancartas me parece perfectamente comprensible. Estoy seguro de que sentirte catalán tiene que ser mucho más atractivo que sentirte español. Desde el punto de vista de la imagen de marca, Cataluña le da cien vueltas a España. No hace falta ser catalán para sucumbir a la impresión de que Cataluña se merece todos sus éxitos y ninguno de sus fracasos, mientras España se merece todos sus fracasos y ninguno de sus éxitos. Lo digo sin ironía. No puedo ser el único español que desconfía de los que se enorgullecen de serlo, y siente un poco de envidia hacia los catalanes por poder decir que no lo son.

Por otro lado, todavía al nivel de los sentimientos, hay uno que tengo yo que se podría expresar diciendo que Cataluña es España. No me refiero a la tradicional afirmación de soberanía, por encima, si hace falta, de los deseos de los catalanes. Es simplemente que en la medida en que me siento vinculado a una idea de España, esta idea incluye a Cataluña de manera esencial. Una España sin Cataluña estaría tan lejos o más de ser mi país como una España sin Andalucía o sin Asturias, por ejemplo.

En resumidas cuentas, la afirmación de las pancartas me parece falsa, pero me doy cuenta de que la verdad, sobre todo en estas cuestiones, es un interés opcional y minoritario, y desde el punto de vista de los sentimientos que expresa esta afirmación me parece perfectamente comprensible que un catalán la suscriba. Desgraciadamente, si llega a imponerse ese punto de vista me quedo sin país, pero eso, claro está, es problema mío, no de ellos.

lunes, 14 de septiembre de 2009

De Plymouth a Portsmouth


Todos los años uno de los barcos de mi club de vela de crucero pasa el verano en zonas de navegación alejadas de su puerto de base, y los socios se turnan para usarlo igual que cuando está en casa. Entre los destinos recientes están las rías bajas, Bretaña, Irlanda y el Báltico. Este verano Spellbinder ha estado en Cornualles, y este fin de semana lo he traído de vuelta a casa con unos amigos, desde Plymouth hasta Portsmouth, unas 130 millas náuticas, 26 horas, sin parar.

Las condiciones meteorológicas ofrecían una de cal y otra de arena. La de cal era buena visibilidad, cielos despejados y viento moderado. La de arena era que el viento venía de donde nosotros queríamos ir. En otras circunstancias hubiéramos ido a vela haciendo bordos, pero entonces en vez de un fin de semana hubiéramos tardado una semana, así que hemos ido casi todo el trayecto a motor.

Al poco de salir, en Start Point, nos encontramos con un mar sorprendentemente agitado, con olas altísimas e irregulares, que dejó temporalmente incapacitados a dos de mis cuatro tripulantes. Con estos dos dedicados exclusivamente a vomitar y a desear que la muerte los sacara cuanto antes de su miseria, las guardias por la noche las tuvimos que hacer entre los tres que quedábamos en pie. La noche, por lo tanto, fue más dura de lo previsto, pero los otros dos, Bill y Peter, son mis compañeros de fatigas náuticas más antiguos y fiables. Nos hemos visto en otras peores.

Al llegar a Portsmouth tuvimos un incidente interesante. La driza de la vela mayor se había atascado y no conseguíamos arriar la vela. Entrar en el puerto deportivo con la vela izada, con el viento que hacía, hubiera sido problemático: había que hacer algo. Nos amarramos a una boya que encontramos y allí me izaron hasta lo alto del mástil en una guindola para desconectar la vela de la driza y poderla bajar. Así pasé un buen rato, balanceándome a unos diecisiete metros sobre el nivel del mar, peleándome con el grillete, disfrutando de las vistas a mi alrededor e intentando no mirar hacia abajo. El grillete se resistía, pero tras una buena rociada de tres en uno se rindió y la vela cayó: problema solucionado.

Siempre que sales a navegar estás expuesto a que te toque hacer cosas que en condiciones normales no te atreverías a hacer. Para los marineros de pacotilla como yo, subir al mástil suele ser una de ellas. Pero para mí ya no. Ya lo he hecho. Ya sé que puedo hacerlo.

Desde pequeño he sido un cobarde, pero según me voy haciendo mayor cada vez lo soy menos. Se podría argumentar que esta es la manera racional de dosificar el valor a lo largo de la vida, pues cuanto más viejo eres perder la vida es perder menos, del mismo modo que si te sales del cine con la película a punto de acabar te pierdes menos que si te sales con la película recién empezada. Por otro lado, si te gusta la película, cuanto más has visto más rabia te da perderte lo demás. De todos modos en mi caso este desarrollo no obedece a un cálculo racional. Simplemente he notado que me pasa, como las canas o las arrugas.

Si tienes Google Earth, pinchando en la foto puedes ver nuestra ruta en detalle, excepto en el centro del Solent, donde mi GPS perdió la señal.

martes, 8 de septiembre de 2009

Los abrazos rotos


El domingo fuimos a ver Los abrazos rotos. He visto todas o casi todas las películas de Almodóvar y esta es la peor con diferencia. No es una cuestión de grado. Todas las demás son buenas. Las mejores son obras maestras, pero hasta las menos buenas tienen algo valioso que ofrecer. Esta no. Es una mala película, la primera mala película de Almodóvar.

Me resulta difícil identificar el problema. El guión no tiene ni pies ni cabeza, pero hay películas buenas de Almodóvar en que el guión tampoco tiene pies ni cabeza. La interpretación de los actores principales, sobre todo la de Lluís Homar, es artificiosa y acartonada, pero en otras películas de Almodóvar esta manera de actuar contribuye a un estilo narrativo que funciona. Es como si un director con oficio pero sin talento se hubiera propuesto hacer una película al estilo de las de Almodóvar, y hubiera reproducido de manera convincente todas las características superficiales de su cine pero se le hubiera escapado lo esencial.

Lucir la belleza de Penélope Cruz es un objetivo loable, y en Volver Almodóvar lo consigue a la perfección. En Los abrazos rotos el mismo ejercicio resulta enojoso. A veces la película parece una exhibición de maquillaje y peluquería.

Cómo ha llegado Almodóvar a hacer una película tan mala me parece un misterio, hasta el punto de que se me han empezado a ocurrir hipótesis descabelladas, como por ejemplo que nos haya querido presentar deliberadamente el resultado de someter una buena película al tratamiento que le hace Martel a la de Mateo, o que la afirmación de Mateo justo al final se refiere no tanto a su película como a la que acabas de ver, a modo de disculpa. De todos modos, en justicia, el verdadero misterio es cómo ha conseguido Almodóvar hacer dieciséis buenas películas sin tropezar hasta ahora, así que por esta vez no se lo voy a tener en cuenta.

La vimos en el Phoenix, un cine independiente en East Finchley que lleva funcionando ininterrumpidamente desde que abrió en 1910. Es un cine de barrio con una sala preciosa y películas de calidad. En el vestíbulo, además de palomitas, venden vizcochos caseros y botellas de vino. Está a media hora andando de casa. Me encanta ir.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Veraneo en Cambrils

Pino Redondo, Cambrils
Hace diez años que veraneamos en Cambrils. También vamos a otros sitios, pero siempre pasamos un par de semanas en Cambrils. El honor de nuestra visita anual se lo debe Cambrils a mi madre, que se compró dos apartamentos allí con la herencia de sus padres. Si no fuera mi madre no sé si iríamos nosotros.

Cuando vamos siempre se pasan por allí bastantes familiares: mi hermano y su familia, tíos, primos y sobrinos segundos. Estas aglomeraciones no son mi medio natural. En cada sobremesa se habla lo que yo suelo hablar en un mes. Sin embargo reconozco que son beneficiosas. Nos impiden olvidar que al fin y al cabo somos quien somos.

Los apartamentos de mi madre están en la zona de Cambrils Bahía, que es, para mi gusto, lo mejor de Cambrils. Es una zona de chalets y pequeños edificios de apartamentos, muchos construidos en los años 70, cuando el turismo le arrebató estos terrenos a la agricultura. Muchos de los edificios de apartamentos tienen una estructura similar: dos plantas, con tres apartamentos en la planta baja y dos en la primera, cada uno con un trozo de patio. Los apartamentos de mi madre están en edificios de este tipo. Además de edificios, en Cambrils Bahía hay árboles: pinos, palmeras y moreras crecen por todas partes. Algunos pinos son enormes. A su lado los edificios parecen insignificantes.

Los veraneantes de Cambrils vienen en su mayoría de la cuenca hidrográfica del Ebro y zonas limítrofes: aragoneses, riojanos, navarros, vascos, catalanes de Lérida y el interior de Tarragona, andorranos y algunos franceses. Del norte de Europa apenas viene nadie. En la calle se oye más vasco que inglés o alemán. El ambiente en la playa es relajado y natural. Nadie intenta aparentar nada, ni riqueza, ni sofisticación, ni forma física. Hay más gente leyendo el Alto Aragón, el Segre, La Rioja o el Diario de Navarra que El País o La Vanguardia. No son raras las viseras con propaganda de semillas, abonos, piensos compuestos o tractores.

A mí antes me encantaba ir a la playa, freírme al sol rebozado en arena y zambullirme en el agua casi al borde de la insolación. Ahora no me gusta nada. Los últimos años me entretenía navegando con un barquito de vela ligera que tenía en la playa, pero el año pasado me deshice de él. Nadar en el mar todavía me gusta, pero con la de medusas que hay últimamente apetece menos. Este año he pasado el tiempo haciendo bocetos de gente tomando el sol, aunque resultaba sorprendentemente difícil encontrar a alguien que se estuviera quieto un par de minutos.

Afortunadamente Cambrils tiene otros alicientes. Uno es podernos desplazar en bicicleta con comodidad, gracias a la extensa red de carriles bici. Otro son los restaurantes. Además de los de batalla, hay algunos muy buenos, todos basados en la cocina marinera, en interpretaciones más o menos literales. El mejor es Can Bosch seguido de cerca por Joan Gatell.

A pesar de la invasión turística, Cambrils ha conseguido conservar parte de su carácter original de población agrícola y pescadora. Los barcos de pesca salen a diario, y traen cigalas insuperables. Hacia el interior se extiende una llanura muy fértil, con olivos, almendros, frutales y huertas, que asciende suavemente hacia la sierra de L’Argentera. Los mejores momentos de este verano han sido un par de excursiones en bicicleta por los caminos que atraviesan estos campos. Desde allí, el bullicio de la playa parece un espejismo, y parece bien que sea así.

jueves, 6 de agosto de 2009

La sexta de Mahler

Anoche fuimos a otro prom, con la Orquesta Filarmónica de la BBC dirigida por Gianandrea Noseda, y la sexta sinfonía de Mahler de plato fuerte. Hace unos años sentía devoción por Mahler y estudié sus sinfonías bastante a fondo. La sexta es mi preferida. Todas las demás tienen algún movimiento flojo. En la sexta todos son memorables. El único defecto es estructural. Mahler cambió de opinión sobre el orden del segundo y el tercer movimiento, y la verdad es que ninguno de los dos órdenes posibles es ideal, como cuando estás intentando montar algo y siempre acabas con piezas que no encajan. Creo que prefiero el movimiento lento antes que el scherzo. Anoche los tocaron al revés.

La interpretación me pareció fabulosa, clara y enérgica, mucho mejor de lo que me esperaba de una orquesta sin demasiado renombre. Las cuerdas no tenían la suavidad satinada de las grandes orquestas, pero a lo mejor la culpa era de la acústica de la sala. El tema de Alma en el primer movimiento lo tocaron un poco más rápido de lo que esperaba. Yo siempre he creído que ese tema debía interrumpir el ritmo imparable, como de movimiento perpetuo, de la música que lo precede. Anoche no lo conseguía del todo, pero sonaba bien, y a lo mejor Noseda tiene razón.

La admiración por Mahler se me ha pasado un poco. Creo que le pasa a mucha gente. No sé la razón y me gustaría saberla. Creo que su expresión es exagerada, sin comedimiento, aunque no estoy seguro de por qué me parece que esto sea un defecto. No es que exprese más de lo que siente, sino que siente más de lo que debería, como si le faltara entereza. A pesar de la belleza indudable de la música, me siento reacio a entregarme.

Después entramos a cenar en un sitio nuevo que se llama Casa Brindisa. Brindisa es desde hace tiempo uno de los dos importadores principales en Londres de productos alimenticios españoles de calidad. Son proveedores de restaurantes y tienen un puesto para el público en Borough Market y una tienda en Exmouth Market. Tienen un surtido enorme de productos españoles de primera categoría. La última vez que fui a Borough Market tenían un par de tarimas paralelas. En cada una había un dependiente cortando lonchas de un jamón, uno de Jabugo, y el otro de Teruel. Te ponías en una cola o en otra, según tus preferencias. Me recordaba a las dos iglesias que hay en Berlín una junto a otra, una francesa y otra alemana.

Hace unos meses han abierto Casa Brindisa, que además de una tienda de alimentos tiene un restaurante informal, y allí cenamos de lo que aquí llaman tapas, pero en realidad son raciones. Tomamos pimientos de padrón, pimientos de piquillo rellenos de berenjena, una ensalada muy rica de remolacha y queso azul, puré de patata con almendras tostadas y pimentón de la Vera y un excelente pulpo a la gallega. Me tomé dos vasos de Alaia, un tinto de una uva leonesa que se llama prieto picudo a la que me introdujo un filósofo gallego el año pasado. Es un vino original y delicioso. Casa Brindisa es un sitio fabuloso para comer cosas buenas de España. El ambiente es acogedor y el servicio es ejemplar. Los domingos hacen paella de encargo ¡en South Kensington! El lado bueno de la globalización.

Casa Brindisa, London

35 Rhums


El martes fuimos a ver 35 Rhums, la última película de Claire Denis. Presenta la vida cotidiana de un padre viudo, conductor de metro y su hija universitaria, que viven juntos y tienen una relación muy estrecha y cariñosa. La película se centra en el momento de sus vidas en que se dan cuenta poco a poco de que ha llegado el momento de disolver el fuerte vínculo que les ha unido hasta ahora y contemplar cada uno un futuro independiente.

Es el tipo de película que me suele gustar, de las que intentan representar la vida de las personas tal como es, arbitraria, sin estructura, una sucesión de acontecimientos aleatorios que no obedecen a ningún plan, en torno a los cuales nos intentamos inventar una semblanza de sentido. Pero todo se puede hacer bien y mal y a mi no me parece que Claire Denis lo haga muy bien, tampoco muy mal, pero ciertamente no muy bien. La arbitrariedad de la vida, en su película, se experimenta más como la arbitrariedad de la directora, que toma decisiones incomprensibles sobre qué contarnos y qué no. Los personajes masculinos carecen de toda naturalidad, entorpecidos por una excesiva dignidad. Recuerdan a los fríos pistoleros de las películas del oeste. Denis también tiene una tendencia exageradamente esteticista, aunque aquí más moderada que en Beau Travail, que obstaculiza el realismo al que parece aspirar. Tampoco me gustaron las insinuaciones repetitivas de la dimensión erótica de la relación entre padres e hijas. No es una mala película, y no cabe duda de que es una película honesta, pero para mi no da la talla. Vendrerdi soir, de la misma directora, sin ser excelente, es mucho mejor.

La vimos en el Prince Charles Cinema, al lado de Leicester Square. Es un cine alternativo en la zona menos alternativa de Londres. Ponen películas distintas todos los días y es muy barato, aunque ahora han añadido una segunda sala con películas de estreno a precios de mercado. Tiene una tradición insólita: proyecciones mensuales de Sonrisas y lágrimas en las que el público puede cantar.

Antes del cine entramos a cenar un poco al azar a un restaurante coreano en el barrio chino llamado LIKO (Little Korea), que resultó ser excelente. Cuando vivíamos en los Estados Unidos teníamos amigos coreanos y a menudo tomábamos bibimbap a medio día. Desde entonces la comida coreana nos trae recuerdos agradables. LIKO es un resturante excelente. La decoración es bastante cutre, pero el servicio es profesional y diligente, y la comida es fabulosa. De primero tomamos sepia cruda con brotes de soja fermentados y salsa de soja y wasabi. De segundo yo tomé una sopa/estofado sabrosísima de kimchi, tofu y carne de vaca. Tirado de precio. Volveremos.

Esta semana estamos en Londres sin niños, por primera vez en la vida. Trabajamos todo el día y salimos por las noches, cada noche. Es como hace veinticinco años, o mejor.

martes, 4 de agosto de 2009

Exposición de Richard Long


El domingo fuimos a ver la exposición del Richard Long en la Tate Britain. Richard Long es un artista inglés peculiar, del que yo no sabía apenas nada hasta el domingo. Ha producido tres tipos de obras. El primero consiste en pequeñas intervenciones sobre el paisaje registradas en fotografías, como por ejemplo un círculo de piedras en un descampado o una línea recta en una llanura polvorienta formada por su ir y venir arrastrando los pies. El segundo consiste en excursiones a pie basadas en ideas abstractas, registradas de varias maneras, principalmente con textos escuetos, casi telegráficos. El tercero consiste en obras presentes en la galería formadas con objetos tomados del paisaje, como un círculo de piedras en el suelo o unas franjas paralelas de barro embadurnado en la pared.

No creo que esta descripción comunique de manera adecuada la grandeza del arte de Richard Long. Sus obras son profundamente conmovedoras. Transportarte al lugar y el momento en que ocurrieron los insignificantes acontecimientos paisajísticos en que están basadas produce un efecto maravilloso sobre el espíritu.

Sus excursiones surgen de proyectos abstractos de gran belleza: andar en dirección este hasta que veas una nube, o recorrer Inglaterra a pie de costa a costa cogiendo cada día una piedra del camino y dejando en su lugar la que cogiste el día anterior, hasta tirar la última al mar. Pero tan importante como la belleza de los proyectos es el hecho de que los ha ejecutado. Ha caminado paso tras paso, día tras día, durmiendo prácticamente al raso, hasta completar el trayecto establecido, para luego hacerte partícipe de la experiencia con los bellos textos epigramáticos que la registran. Sus travesías son ritos sacramentales que purifican y te permiten acceder a una verdad inexpresable.

Las paredes de la exposición y el catálogo están llenos de proclamas y pronunciamientos. En las exposiciones de otros artistas estos textos suelen ser deplorables, pero los de Long son excelentes. Éste está en la última sala:
Mi obra en realidad es simplemente sobre ser un ser humano viviendo en este planeta y usando la naturaleza como fuente. Me gusta el placer intelectual de las ideas originales y el placer físico de realizarlas. Una larga caminata por carretera o campo a través es fundamentalmente andar todo el día y dormir toda la noche. Disfruto los placeres sencillos de encontrarme bien, la independencia, el oportunismo, comer, dormir, la casualidad, de pasar por la tierra, a veces dejando por el camino huellas (memorables), de encontrar un lugar donde acampar cada noche. Y luego seguir camino.
Antes y después de la exposición estuvimos paseando por ambas márgenes del río. El Támesis a su paso por Londres es majestuoso. Comimos en la terraza de un restaurante que se llama Aqua River Brasserie, en la orilla del río. Ubicación inmejorable. Comida del montón. Servicio lento e incompetente.

Battersea Power Station (behind her back)

sábado, 1 de agosto de 2009

Dos proms más


El martes la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Birmingham, que fue durante años mi orquesta local, y ayer viernes la Orquesta de Cámara Escocesa. Los de Birmingham tocaron una obra del compositor inglés contemporáneo John Casken, el segundo concierto de piano de Chaikovski y El pájaro de fuego, de Stravinsky. Los escoceses tocaron Pulcinella de Stravinsky, el concierto de piano de Schumann y la quinta sinfonía de Mendelssohn. De todas estas obras, la única que había oído antes es la de Mendelssohn. Tanta música seguida, después del concierto del viernes pasado, me ha proporcionado una oportunidad excelente para el autoconocimiento: ¿Qué música disfruto de verdad?

De este repertorio lo que menos me interesó fueron los conciertos de piano. En general me parece que la combinación de los sonidos del piano y la orquesta no funciona. Me produce una sensación similar a estos híbridos horrorosos de guitarras eléctricas con secciones de cuerdas. Y en particular en el concierto de Schumann no vi nada de interés, nada que me dejara con ganas de volver a oírlo. El de Chaikovski era un poco mejor. El primer movimiento confirmó mi estereotipo negativo de Chaikovski, con su triunfalismo superficial y vacío. Sin embargo los dos siguientes me gustaron más, sobre todo el segundo, con unos diálogos delicados entre los violines y los cellos.

De Stravinsky sólo había oído hasta ahora La consagración de la primavera, que es sin ninguna duda una de las mejores obras de la música de todos los tiempos. Lo que he oído esta semana no está ni mucho menos a ese nivel. El pájaro de fuego me gustó. El lenguaje es similar al de La consagración de la primavera, aunque con menos fuerza y creatividad rítmica. La orquestación es muy holgada y agradable, con los temas principales a cargo de los vientos, y las cuerdas en segundo plano. Al principio la música es muy tentativa, y al rato empieza a sufrir de la falta de estructura típica de la música para ballet y ópera, pero poco a poco va adquiriendo inercia y vitalidad. Pulcinella es otro cantar. Es un claro precursor del pastiche postmoderno. Empieza con una imitación del barroco, que poco a poco se va convirtiendo en caricatura. Me parece que como partitura para ballet debe de funcionar muy bien. Me la imagino, por ejemplo, en manos de William Forsythe. Pero como música para sentarte a escuchar para mí no da la talla.

La obra de Casken me gustó. Esta idea de que ya no se puede hacer nada nuevo en música o en pintura me suele llenar de tristeza. Probablemente sea verdad, pero sería una pena, un poco como si se extinguiera el bacalao: una cosa buena que ya no podremos disfrutar más. Sin embargo oír música del estilo de la de Casken me devuelve la esperanza. Seguramente la impresión de novedad que me produce se debe a mi ignorancia, pero como impresión es perfectamente real.

Por último Mendelssohn. Siempre he sido un abanderado de las vanguardias artísticas, tanto en la música como en las artes plásticas. Me gustaría ir a conciertos a oír obras nuevas, no a rendir culto al canon decimonónico. Sin embargo tengo que confesar que la quinta sinfonía de Mendelssohn me ha producido más placer que ninguna de las otras obras que he oído estos dos días, por su invención melódica, su claridad de estructura y, sobre todo, por el viaje maravilloso en que te embarca por la constelación de las tonalidades, llevándote aquí y allá caprichosamente pero con un plan, haciéndote sentir las tensiones y los saltos entre dónde estás, de dónde vienes, adónde vas y dónde crees que tendrías que estar. Este sí que sé que es un juego agotado. Ya no se puede escribir música así, pero es indudablemente que la sinfonía clásica alemana, digamos desde Beethoven hasta Bruckner, es uno de los tesoros de la cultura occidental. Por una vez estoy de acuerdo con la mayoría.

Espectadores de las localidades de pie en el descanso del concierto de anoche

jueves, 30 de julio de 2009

Puntos de vista

Desde hace unos meses suelo colgar mis dibujos en Flickr. Ahí están en exposición permanente para el que los quiera ver. También suelo mirar los dibujos que cuelgan otros. Me gusta ver dibujos de gente con un enfoque similar al mío: bocetos rápidos y espontáneos, tomados del natural, de gente, lugares y objetos cotidianos. Algunos hacen verdaderas maravillas.

De este modo, poco a poco, me he ido familiarizando con el estilo de, digamos, quince o veinte dibujantes que hacen lo que yo hago, o lo que yo quiero hacer. En muchos casos no sé cómo se llaman ni dónde viven, aunque sé que están distribuidos por todo el planeta, y nunca creí que fuera a conocer a ninguno de ellos en persona.

Sin embargo, esta mañana estaba mirando un dibujo muy bonito y de repente me he dado cuenta de que estaba hecho en la misma sesión de dibujo del natural en la que estuve yo anoche. Luego, mirando la página de esta dibujante he visto sus otros dibujos de esta sesión.

Esta intrusión de la vida real en la vida virtual me ha desconcertado un poco, pero es interesante ver lo que ha hecho ella y lo que he hecho yo con una misma pose: dos representaciones distintas de una misma realidad.

Éste es en dibujo que me encontré en Flickr:

Originally uploaded by sarahmoon07

Y éste es mi dibujo de la misma pose de veinte minutos:

Life Drawing Session No. 7
Éste, con la modelo de pie, es su dibujo de una pose de cinco minutos:

Originally uploaded by sarahmoon07

Y éste es el mío:

Life Drawing Session No. 7

martes, 28 de julio de 2009

Dibujo del natural en Bethnal Green


Ayer fui a una sesión de dibujo del natural a la que no había ido nunca. Es en un centro cultural (budista) en Bethnal Green, en el East End. El East End de Londres es tradicionalmente la zona de clase obrera, además de haber acogido sucesivas oleadas de inmigrantes. En la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos alemanes se cebaron con el East End, con la intención expresa de desmoralizar al proletariado para que echara a sus propios gobernantes la culpa de su sufrimiento y dejara de apoyar el esfuerzo bélico. No lo consiguieron.

Hay infinidad de solares donde no se ha vuelto a construir desde los bombardeos. Donde se ha construido llama la atención que áreas extensas de vivienda social de la posguerra están salpicadas de los pocos edificios victorianos que se salvaron del desastre. El sitio donde fui yo a dibujar era uno de estos dignos islotes decimonónicos en un mar de banalidad arquitectónica de un siglo después.

Este grupo de dibujo lleva funcionando muchos años. La gente se conoce y hay muy buen ambiente. Lo dirige un artista que me causó una impresión excelente. Le dice al modelo cómo colocarse, da consignas dirigidas a todo el grupo, se pasea viendo lo que dibuja la gente y de vez en cuando da consejos individuales. Al final de la sesión pones tus creaciones en el suelo enfrente de tu puesto para que cada uno vea lo que han hecho los demás. La velada termina en un pub de por allí, muy agradable y con buena cerveza. Me lo pasé tan bien que he pagado seis sesiones.

domingo, 26 de julio de 2009

Línea fuera de servicio

Hoy domingo había decidido pasarlo en el centro, pero al llegar al metro me he enterado de que la línea estaba fuera de servicio por un accidente. El tren estaba parado en la estación con la gente esperando a que se solucionara la cosa. A mí este incidente me ha proporcionado una oportunidad inesperada. Hace tiempo que vengo pensando que me gustaría dibujar una estación de metro con un tren, pero en lo que dura una parada normal no me da tiempo a hacer un dibujo. Sin embargo hoy el tren ha posado para mí.


Como la cosa parecía ir para largo he cancelado mis planes y cuando he acabado el dibujo he vuelto a salir a la calle y me he dado un largo paseo por partes del barrio que no conocía, acabando en un mercadillo de productos artesanales que hay los domingos en Alexandra Park, justo a tiempo para comer. He comido sentado en un banco del parque una selección de delicias sudanesas seguidas de una especie de buñuelo con chorizo de un puesto de productos del Algarve. También he comprado unos faggots, que son unas albóndigas tradicionales inglesas hechas de casquería de cerdo. Me los acabo de cenar y estaban riquísimos.

El cumpleaños de Jo Wolff


Ayer fui a la fiesta del cincuenta cumpleaños de mi amigo Jo. Era una fiesta conjunta con un amigo suyo del colegio. La celebraron en un club del que el amigo de Jo es socio. En Londres hay bastantes clubs en los que los socios y sus invitados beben, comen y alternan en un entorno ni completamente público ni completamente privado. Supongo que intentan cubrir el hueco entre el aislamiento de la familia nuclear y el anonimato de la vida en la gran ciudad.

Había un ejército de camareros mezclando cócteles con una pericia pasmosa. Yo me tomé dos margaritas (no, tres), dos smashes de piña, un knickerbocker royal, un fizz de frambuesa y granadilla y otro que no me acuerdo cómo se llamaba. Me sentía muy sociable y lo pasé muy bien charlando tanto con amigos como con gente que no conocía de nada. Incluso bailé una canción, Tainted Love, de Soft Cell, por los viejos tiempos, con una mujer que llevaba un vestido estampado precioso. Parecía sacado de un cuadro de Ingres. Desgraciadamente, lo que más llamaba la atención del vestido era que la mujer de Jo llevaba exactamente el mismo.

Era muy interesante ver a tanta gente más o menos de la misma edad y comprobar lo que el paso del tiempo va haciéndole a cada uno. Me parece a mí que la impresión que dábamos en general no era ni mucho menos de decrepitud todavía. De todos modos, por si alguien se estaba haciendo excesivas ilusiones, al final de la fiesta llegaron muchos amigos del hijo adolescente de Jo y tomaron posesión de la pista de baile, ayudándonos a poner las cosas un poco en perspectiva.

Los Proms


Todos los veranos, desde 1895, se celebra en Londres un festival de música extraordinario. Se conoce como los Proms. Consiste principalmente en un programa intensivo de conciertos orquestales en el Royal Albert Hall. Dura ocho semanas, entre Julio y Septiembre, con conciertos todos los días, muchos días más de uno. Este año hay más de cien conciertos. Empalma el final de la temporada de las principales orquestas de Londres con el comienzo de la siguiente.

Una característica de los Proms es que se venden entradas baratas en el día para localidades de pie. Están donde normalmente estaría el patio de butacas y en una galería que rodea toda la sala en lo más alto del edificio. Esta práctica proviene del origen del festival en los ‘promenade concerts’ que se celebraban en los parques de Londres en los siglos XVIII y XIX.

El programa es muy variado. Algunos conciertos son más bien populistas, pero también hay cosas serias. El ambiente es informal. Además de los espectadores habituales de los conciertos de música clásica hay bastantes turistas, que vienen a los Proms como irían a una corrida de toros si estuvieran en España. El festival lo patrocina la BBC, que retransmite cada concierto por televisión y radio. Aquí se pueden ver y oír hasta una semana después.

El viernes fui a mi primer Prom de la temporada. Tocaba la Orquesta Nacional de Lyon, dirigida por Jun Märkl, con obras de Takemitsu, Debussy y otros compositores japoneses y franceses (y una de Sarasate). Dos de las obras japonesas tenían solos de shō, que es una especie de armónica tradicional japonesa de bambú con un sonido hipnótico. También tocaba la violinista japonesa Akiko Suwanai: un monstruo. Toca el Stradivarius que fue de Jascha Heifetz.

martes, 7 de julio de 2009

Por la costa atlántica francesa


Mi aventura náutica de este verano iba a ser una travesía de Cornualles a Galicia. Nuestro plan era participar en una regata desde el río Helford, casi al final de Cornualles, hasta L’Aber Wrac’h, casi al final de Bretaña, y desde allí cruzar en línea recta hasta La Coruña. Sin embargo este plan se ha ido al traste por falta de viento. La vela es así.

De la regata nos tuvimos que retirar, como la gran mayoría de los setenta y cinco barcos que tomaron la salida. Estuvimos todo el día y toda la noche haciendo bordos a través del Canal de la Mancha con cada vez menos viento, pero a la mañana siguiente desapareció totalmente, y a las diez y media, tras recorrer dos tercios del trayecto, tuvimos que encender el motor y retirarnos.

Era el cincuenta aniversario de esta regata, y el club náutico de L’Aber Wrac’h preparó una celebración por todo lo alto, en una ladera con una vista maravillosa de la bahía. Hubo discurso del alcalde del pueblo, entrega de premios, y un gran banquete de embutidos, ensaladas y pasteles, amenizado por un grupo de canciones marineras.

El lunes, todavía sin viento, decidimos pasar, a motor, el Channel du Four y el Raz de Seine, y esperar en la costa sur de Bretaña hasta que llegara el viento para salir hacia La Coruña. Sin viento esa travesía no es factible en un velero. Son unas 350 millas náuticas, y a motor no hubiéramos podido hacer más de 140 sin repostar.

Pero el viento no llegaba, así que seguimos bajando por la costa francesa a motor, aletargados por el sol y la falta de faena. Así llegamos a Belle Île, realmente bella, y desde allí a la Île d’Yeu, algo menos. En algún punto entre estas dos islas, supongo que al cruzar la línea del Loira, el norte de Europa se convierte en el sur de Europa. Sauzon, en Belle Île, casi podría estar en una isla del oeste de Escocia, y Port Joinville, en la Île d’Yeu, casi casi podría estar en Tarragona, si exceptuamos el verde imposible de los ojos de una camarera de una terraza del puerto. Acabamos en La Rochelle, una de esas ciudades francesas de provincias que parecen guardar el secreto del buen vivir. Allí David y yo abandonamos el barco para volver a nuestras obligaciones en Londres, mientras otro tripulante se unía a Graham y Peter para seguir intentando llegar a La Coruña.

El último día, por la tarde, Eolo se apiadó de nosotros, y para despedirnos nos mandó un viento riquísimo que nos permitió por fin apagar el motor, sacar el spinnaker y recorrer, como si voláramos, el Pertuis Breton, que es el estrecho que separa la Île de Ré del continente, y pasar, ya sin spinnaker, bajo el puente que los une.

El día que volvimos David y yo el pronóstico era más favorable, y los que se quedaban parecían dispuestos a salir al día siguiente directamente hacia La Coruña. No hemos tenido noticias suyas desde entonces. Espero que lo consigan.

jueves, 25 de junio de 2009

800 saxofones

El domingo, solsticio de verano, participé en un acontecimiento musical extraordinario: la interpretación de una composición para ochocientos saxofones. La obra se llama El Leviatán. El compositor, el saxofonista John Harle, la describe como un intento de curar a la City de Londres de su crisis de confianza. Conmemora además el ochocientos aniversario del primer Puente de Londres hecho de piedra (hasta entonces eran de madera).

El Leviatán empezaba con cuatro coros independientes de doscientos saxofones. Cada uno de ellos partía del punto donde se encontraba, hasta su demolición en el siglo XVIII, una de las puertas del recinto amurallado de la ciudad: Aldgate, Bishopsgate, Ludgate y Moorgate. Desde allí cada grupo iniciaba una procesión independiente por las calles de la City, acabando todos juntos en el Puente de Londres. La música durante la procesión era una cacofonía deliberada, representando las fuerzas del caos que pretendíamos exorcizar. Al llegar al puente, del caos surgía una armonía, para acabar con un unísono que se iba perdiendo a medida que cruzábamos al otro lado del río.

Es una idea un poco pueril, de un valor musical cuestionable, pero participar en el evento fue una experiencia maravillosa. Salí de casa temiendo que iba a ser el único en aparecer, pero según me iba acercando al punto de encuentro veía más y más maletas de saxofón, y al llegar había una verdadera multitud de gente de todas las edades, montando sus saxofones y sus atriles improvisados y repasando la partitura. Para los que no solemos tener contacto con otros saxofonistas, era como vernos en espejos un poco distorsionados. Las especificaciones básicas eran las mismas en cada caso, tanto en el ser humano como en el instrumento. Pero esta uniformidad venía acompañada por una variedad desconcertante tanto en los saxofonistas como en los saxofones y, a todas luces, en las historias personales que unían a los unos con los otros.

Por las callejuelas de la City hacíamos un ruido ensordecedor. Fundir tu propia melodía en ese torrente era un ejercicio místico. Luego, sobre el puente, el río, el viento y el espacio abierto parecían quitar importancia al estruendo de ochocientos saxofones de nada. Al terminar, todos estábamos un poco desorientados y conmovidos, sin saber muy bien lo que nos había pasado.

En este video salgo yo durante unos segundos, a partir de 5:09. Aquí van a colgar, cuando esté listo, un video un poco más profesional.


martes, 23 de junio de 2009

Pescado de Mauricio

El viernes fuimos a cenar con unos amigos a Chez Liline. Chez Liline está en un barrio que se llama Stroud Green, a unos veinte minutos de aquí en autobús. Es un restaurante de barrio, sin la artificiosidad de los del centro. Es un restaurante de pescado y marisco: no tienen otra cosa. Lo regenta una familia de Mauricio. La misma familia lleva una pescadería contigua. Que el restaurante lo lleven los mismos que la pescadería, a mí, por lo menos, me hace esperar grandes cosas, y Chez Liline nunca me ha defraudado. La calidad y la frescura del pescado son inmejorables. Sin embargo, no se limitan a poner pescado fresco en la mesa. Viene preparado de mil maneras, a cual más inverosímil, reflejando, supongo yo, la extraordinaria diversidad cultural de Mauricio.

Yo, como buen español, desconfío de los platos de pescado demasiado elaborados.* Sin embargo en este caso tengo que hacer una excepción. Esta gente sabe cómo integrar el pescado en una armonía de sabores exóticos sin estropear su textura ni restarle protagonismo. Yo tomé de primero un hojaldre relleno de cigalas y de segundo un plato con media langosta y un filete de lubina (¡menuda idea!) en una salsa deliciosa. De postre tenían fruta, algo muy poco habitual en los restaurantes ingleses, y yo me tomé un mango excelente. Con una botella de Pouilly-Fumé (la única decepción de la velada) y una de pinot noir rosado, también del Loira, treinta y cinco libras por cabeza. Increible.

*Un español que tiene un restaurante de pescado famoso en Cardiff expresó perfectamente en una entrevista en el periódico hace ya tiempo la actitud a la cocina de pescado que suscribo. Explicaba que él ya no cocina en el restaurante, pero todavía va al mercado todas las mañanas a comprar el pescado del día. Al cocinero le da la siguiente consigna: “Te he comprado un Rolls-Royce. Tú lo único que tienes que hacer es conducirlo”.

lunes, 22 de junio de 2009

Barbacoa para Tim Crane


Mi compañero Tim Crane nos deja en septiembre, después de diecinueve años en el departamento. Se va a Cambridge, a ocupar una cátedra muy prestigiosa, fundada en el siglo XVII. Sé que se la merece, aunque me cuesta acostumbrarme a que estos honores que siempre he asociado con personas de más edad empiecen a recaer sobre gente de mi generación.

No es fácil imaginar el departamento sin Tim. El departamento de filosofía de UCL en los últimos años ha sido un sitio especial, con un carácter muy definido, y nadie ha contribuido más que Tim a crear esta situación. Sé que nos las arreglaremos para que las cosas no sean peores en su ausencia, pero lo que no vamos a poder evitar es que sean diferentes.

El jueves tuvimos un simposio en su honor, con ponencias de antiguos alumnos suyos, ahora filósofos profesionales. Luego hicimos una barbacoa en Mecklenburgh Square, una de las muchas plazas que hay por aquí con un jardín vallado en el centro, que te permiten dejar atrás la ciudad con solo traspasar su verja. Dudo que haya otro departamento de filosofía en el mundo con mejores fiestas que las nuestras, y esa noche lo demostramos una vez más. Mantener estos estándares lúdicos es uno de los desafíos del futuro sin Tim.

martes, 16 de junio de 2009

Navegando en Cornualles


El patrón con el que voy a cruzar el Golfo de Vizcaya quería que fuera un par de días a familiarizarme con el barco antes de la regata y la travesía. Por esa razón he pasado el fin de semana navegando por Cornualles con Graham, el patrón, y mi amigo Peter, otro tripulante de la travesía del golfo. Si tienes Google Earth puedes ver aquí nuestra ruta del domingo, y aquí la del lunes.

Excelente compañía. No creo que hubiera elegido otros compañeros para esta aventura. El barco, también impecable: sólido, elegante y marinero, diseñado para cortar las olas, no para ir dando tripadas sobre ellas como los de ahora. Nunca había estado en Cornualles. La costa es espectacular: una sucesión de rocas y acantilados majestuosos, aparentemente inhóspitos, que esconden, no obstante, estuarios profundos, frondosos y acogedores, con muy buen abrigo.

Graham antes vivía en Londres, pero se ha jubilado anticipadamente y se ha ido a vivir a Cornualles, a diez minutos de su barco. Desde la ventana de su cuarto de estar se ve un islote a la izquierda. Lo demás es mar y cielo. He dejado en su barco mi traje de aguas, mis botas y mi saco de dormir. Dentro de diez días estoy ahí otra vez, y esa es la de verdad.

viernes, 12 de junio de 2009

Monkey Man

Unos amigos de unos amigos, también padres y madres de familia de mediana edad, tocan juntos música pop en sus ratos libres. La semana que viene van a tocar un par de canciones en una fiesta vecinal de por aquí, y me han invitado a tocar con ellos. El otro día fui a un ensayo, en el cuarto de estar de uno de ellos. Tres mujeres cantando, tres hombres tocando guitarras, un bajo, un batería y un número indeterminado de hijos preadolescentes de éstos tocando diversos instrumentos.

Hacía, digamos, un cuarto de siglo que no me encontraba en esta situación. Me sentí inmediatamente transportado a tantas y tantas sesiones en sótanos, garajes y almacenes de los barrios de Zaragoza y Madrid: los mismos gestos y actitudes, ahora cubiertos de una fina capa de modestia en reconocimiento de las barrigas y las calvas. El repertorio consiste en un par de canciones country y el Monkey Man de los Specials. Daba gusto ver a las chicas cantar, gesticular y bailar poseídas por la música, una de esas cosas que son buenas sin más.

Desde ese día no dejo de imaginarme a mí mismo dando brincos en un escenario al ritmo de Monkey Man, sin que nada más importe durante unos minutos. No está claro si el que me imagino en este trance es el que soy ahora o el que era hace veinticinco años, pero estoy convencido de que el que soy ahora no debería hacerlo, no porque esté mal ni porque vaya a hacer el ridículo, sino sólo por que sé que me dejaría mal sabor de boca. Si no te andas con cuidado, la distancia del pasado puede llenarte de tristeza.

jueves, 4 de junio de 2009

Con carboncillo del natural


Anoche fui otra vez a la sesión de dibujo del natural en Hampstead. Estoy empezando a dibujar con carboncillo, y en la pose larga me atreví a usarlo por primera vez con un cuerpo humano. Uso unas ramitas de sauce carbonizadas que chirrían cuando las deslizas por el papel, dejando una huella negra de una intensidad deslumbradora. Cuando aprietas, con el papel vertical, el polvo que no se ha adherido al papel se derrama en un torrente negro que comunica una vitalidad primaria. Es una actividad deliciosamente física y primitiva, al extremo opuesto de la experiencia humana que, digamos, el AutoCAD. Sin cosas así no se puede vivir.

viernes, 29 de mayo de 2009

De camping en la Isla de Wight

El fin de semana pasado, que era puente, fuimos de camping a la Isla de Wight. Yo la costa de la Isla de Wight la conozco bastante bien desde el mar, pero en tierra firme no había estado nunca, quitando los puertos y algún restaurante adyacente. De camping en familia no habíamos ido nunca. Era un experimento, con equipo prestado. Lo pasamos bien. El camping era agradable. Los que lo llevaban eran buena gente, y el sitio era inmejorable, en unas praderas al borde de un acantilado con el mar infinito de telón de fondo.


Al pie del acantilado había una playa escondida.


La zona principal parecía demasiado urbanizada y aglomerada para mi gusto. Nosotros, afortunadamente, estábamos en una pradera más rudimentaria que usan cuando la zona principal está llena. Allí se estaba mejor.

El domingo dimos un gran paseo circular, primero por la costa


y luego por el interior,


hasta la aldea de Mottistone.


Todo muy pintoresco y ameno.

El lunes fuimos a ver las Needles, que son unas rocas espectaculares en la punta oeste de la isla.


Me hacía ilusión verlas desde arriba después de haberlas visto tantas veces desde abajo.

No cabe duda de que el ambiente del camping es un poco ridículo, con tanta gente de ciudad sin saber muy bien cómo comportarse fuera de su medio natural. Estar en el campo con el coche me traía recuerdos desagradables de mi infancia dominguera. De todos modos tiene su gracia estar al aire libre, o casi, las veinticuatro horas del día, sin poder hacer gran cosa para regular la luz o la temperatura, con poco más de lo necesario para no sufrir penalidades. No sé si volveremos, pero me alegro de haber ido.

lunes, 11 de mayo de 2009

Picnic en Highgate Wood


Highgate Wood es un parque precioso. Es un bosque de cuento infantil, con árboles de copas altas y tupidas que producen un efecto de interior. Estar solo en bosques así siempre da algo de miedo. Tiene además una zona de columpios extraordinaria, y una pradera en la que se juega al fútbol en invierno y al cricket en verano, con una casita, también de cuento infantil, donde se puede comer. Cuando hace buen tiempo esta pradera es un sitio ideal para hacer un picnic, y allí fuimos nosotros el domingo. Alexandra Park, que está al lado de casa, se comunica con Highgate Wood por lo que fue en su día una vía de tren, y ahora es un camino entre árboles, así que nuestro trayecto a la pradera de Highgate Wood es un paseo campestre.

sábado, 9 de mayo de 2009

Venus agachada

Mi trabajo está a cinco minutos del Museo Británico. Voy a menudo a pasar un rato: veo un par de cosas y me vuelvo al despacho. La verdad es que no vivo mal. Ayer estuve dibujando. Esta escultura es una delicia. Es tan carnal que parece mentira que sea de mármol.

jueves, 7 de mayo de 2009

A Dartmouth no, pero a Weymouth sí

Este fin de semana he salido a navegar. El plan era ir con el Firebird desde su puerto de base en Portsmouth hasta Dartmouth, a unas cien millas náuticas, muy aproximadamente unas veinte horas de navegación cada trayecto. Iba con mis amigos Bill y Peter, con los que llevo navegando mucho tiempo, y con otro socio del club que Bill conocía.

Entre Portsmouth y Dartmouth hay tres puntos donde la marea es tan fuerte que no tiene sentido intentar pasar con la corriente en contra. Hay unas treinta y cinco millas náuticas entre el primero y el último, por lo que es posible, aunque no fácil, pasar los tres con la misma marea favorable. Nosotros lo intentamos, pero no lo conseguimos. El Firebird navegaba más despacio de lo que esperábamos con el oleaje confuso que nos encontramos al salir del Solent. Luego el viento fue disminuyendo, y cuando por fin decidimos ir a motor ya era demasiado tarde. Cuando me levanté a las tres de la mañana para mi guardia, no sólo no habíamos avanzado nada desde las doce cuando me acosté: ¡habíamos retrocedido! La corriente nos había empujado hacia atrás más rápido de lo que navegábamos. En vista de la situación decidí que nos desviáramos a Weymouth, un puerto muy pintoresco a mitad de camino. Llegamos a las siete de la mañana, después de un día y una noche en el mar. Dormimos unas horas y a las ocho de la tarde salimos de vuelta, primero a vela, y luego, cuando nos quedamos sin viento, a motor. Esta travesía fue mucho más eficaz, y en unas once horas estábamos en casa.


Con Google Earth se puede ver aquí nuestra ruta de ida, y aquí la de vuelta. En la de ida se ve con claridad nuestra navegación marcha atrás.

Han sido mis dos primeras travesías de esta envergadura como patrón. No hemos llegado donde queríamos, pero en la vela hay que ser flexible, y creo que al fin y al cabo la cosa ha salido bien y he aprendido mucho. A Dartmouth ya iré otro año.

miércoles, 6 de mayo de 2009

La decreación de Forsythe

El sábado pasado fuimos a Sadler’s Wells a ver a la compañía de William Forsythe. Sadler’s Wells es un teatro en Islington dedicado principalmente a la danza contemporánea. Vamos mucho porque a mi mujer le interesa la danza. Casi siempre hay algo bueno. El año pasado ya vimos otra obra de Forsythe, Impressing the Czar, que me dejó con la boca abierta. En el público de Sadler’s Wells suele haber tanta gente guapa y sofisticada del mundo de la danza que te sientes un poco feo y vulgar, pero qué se le va a hacer.

El programa constaba de una única obra, Decreation, coreografiada por el propio Forsythe. Decreation está basada en el texto de una discusión de pareja, que se repite, se transforma, se fragmenta y se va pasando de bailarín en bailarín, e incluso en una ocasión se traduce al alemán. En torno a este texto y al tema del amor y el desamor se desarrolla el aspecto dancístico del espectáculo, con bailes precisos, energéticos y sofisticados, en un tono aparentemente narrativo, aunque no estuviera claro qué se narraba. Todos los participantes están en el escenario durante toda la obra. Incluido el teclista que aporta la música. Cuando no están bailando, los bailarines se sientan a los lados a mirar. En el escenario también hay una cámara de televisión con la que los bailarines se filman unos a otros, y una pantalla en la que se proyecta lo que filman. Todo esto da al escenario un aire de autosuficiencia. Me pareció un espectáculo sensacional, tanto la danza en sí como la combinación con todo lo demás que no era danza. Danza como esta es una de las formas artísticas donde crear cosas nuevas todavía parece posible.



Al salir fuimos a cenar a un sitio de por allí que se llama Peasant. No habíamos estado nunca. Peasant es oficialmente un gastropub, que es un pub que además de cerveza intenta servir comida simple y asequible pero de calidad. En realidad, más que un gastropub de verdad, yo diría que es un pub con un restaurante en el piso de arriba. Independientemente de esta cuestión semántica, cenamos de maravilla. Yo tomé de primero unos gnocchi caseros con una ensalada de tubérculos, de segundo venado asado muy poco hecho servido sobre una tartaleta muy rica, y un postre de la estructura de la tarta de queso pero en líquido, servido en una copa. Sin muchas pretensiones, pero todo muy bueno. Volveremos.

lunes, 4 de mayo de 2009

Un barco en la costa este


Llevo unos seis años navegando y desde hace un par de años me consume la tentación de comprarme un barco. Oportunidades para navegar no me faltan, tanto de tripulante en barcos de amigos como de patrón en barcos del club, todos ellos mucho mejores que el barco que yo me podría comprar. Además si me comprara un barco mi navegación se limitaría a los alrededores del lugar donde lo guardara, mientras que ahora navego donde quiero, desde el Báltico hasta el Jónico.

Pero todo esto da igual. No quiero comprarme un barco porque crea que me va a acarrear más ventajas que inconvenientes. La única ventaja clara sería la extinción de la obsesión, como cuando aplacas la sed bebiendo algo que a lo mejor te sienta mal. Es un deseo y nada más. Sin embargo, también puedo ver las cosas desde fuera de vez en cuando, y me doy cuenta de que si me compro un barco es muy probable que me arrepienta. Por otro lado, si no me lo compro también me voy a arrepentir… y en esas estamos. A pesar de sentirme tan indeciso, supongo que he tomado una decisión, pues hace uso días hice una oferta por un barco en venta, pero como la oferta fue rechazada seguimos en las mismas.

He pensado y fantaseado sobre todos los aspectos del plan hasta la saciedad. En líneas generales, mi fantasía consiste en tener un barco en la costa este, que está a una hora y media de casa, y usarlo para navegar con mi familia. Este es uno de los aspectos más problemáticos del plan, pues la actitud de mi familia está a mitad de camino entre el desinterés y la hostilidad. El domingo pasado conseguí que vinieran conmigo a Tollesbury Marina, que es un puerto deportivo de la costa este donde podría guardar el barco que me comprara. Pasamos un buen día. El puerto es un negocio familiar tradicional, sin el comercialismo y las pretensiones que a menudo te encuentras en estos sitios. Está en un entorno rural y reposado, a pesar de la proximidad de Londres. Nos dimos un paseo por la costa y comimos en el club, el típico asado de domingo británico. El sitio no podría ser más acogedor.

La costa este de Inglaterra es un paisaje muy peculiar. El terreno es muy llano. La tierra firme está rodeada de diques que impiden que se inunde cuando sube la marea. Cuando baja, deja al descubierto inmensas extensiones de lo que antes era fondo marino y ahora no es más que barro. El proceso se repite cada doce horas más o menos. En Tollesbury, como en otros puertos de la zona, sólo pueden entrar y salir barcos un par de horas antes y después de la pleamar. Cuando baja la marea los barcos se quedan flotando en un recinto de agua embalsada, a gran distancia del mar. Quiero comprarme un barco y quiero asentarme en la costa este. No sé a qué espero.

lunes, 27 de abril de 2009

Picasso desafiando el pasado


El viernes fuimos a ver la exposición de Picasso en la Nationa Gallery. Es una versión reducida de la que hubo en París hace unos meses. También tiene como tema las conexiones entre Picasso y la tradición pictórica que le precede. En la exposición de París, que no vi, los cuadros de Picasso estaban colgados al lado de cuadros de pintores anteriores. En esta no. Los cuadros están organizados por motivos: autorretratos, bodegones, musas, versiones de otros pintores... Hay muchos motivos, y en cada motivo hay una variedad inusitada de estilos. Viéndolos así todos juntos parece increíble que sean el producto de una sola vida humana. La variedad se corresponde en gran medida con el paso del tiempo pero también pintaba simultáneamente en estilos muy diferentes. Hay un retrato naturalista de su mujer junto a otro contemporáneo de su amante en el que el cuerpo surge de una serie de brochazos circulares. Hasta cierto punto esta riqueza estilística llama más la atención que la calidad de las obras concretas: en comparación con la hazaña de abrir tantos caminos, pintar uno de esos cuadros parece cosa de nada. Pero esta impresión es incorrecta. Muchos de los cuadros son maravillosos, imágenes inolvidables que revelan verdades. Ojalá pudiera ir más veces y verlos con tranquilidad.

Historia del saxofón II: La pachanga

Al poco de unirme a la Q.Q.E.T. Band, Pablo, el batería, empezó a tocar en un grupo de pachanga, y un día me dijo que su grupo buscaba un saxofonista. En Zaragoza en aquella época había muchos grupos de pachanga. Se dedicaban a amenizar los bailes de las fiestas de los pueblos de Aragón, con repertorios que iban por necesidad desde los pasodobles y los boleros para los abuelos hasta los últimos éxitos del pop-rock para los jóvenes. Las canciones en inglés se cantaban con fonemas carentes de significado que al cantante le sonaban como el original. A veces también teníamos que tocar en la procesión, o en la novillada. Los músicos de estos grupos eran por lo general gente sin estudios de orígenes humildes, que de no ser por su talento musical, a veces notable, estarían trabajando en el campo o en un taller. Se sentían orgullosos y afortunados de pertenecer a una elite de artistas. En los pueblos siempre teníamos un grupo de admiradores entre los jóvenes que nos hacían sentir como embajadores de la modernidad. Era una existencia noctámbula. Normalmente, después de tocar, desmontar el escenario y cargar la furgoneta en algún rincón perdido del campo aragonés, cuando llegábamos a Zaragoza ya era de día. Dormíamos unas horas y salíamos para el siguiente pueblo. Cuando no tocábamos era difícil no mantener este horario, pero yo tenía que ir al instituto. Cuando llegaba a clase los lunes por la mañana, a menudo sin haber dormido, me sentía que venía de otro planeta.

Empecé a ensayar con el grupo de Pablo en un sótano del Barrio de la Química, pero acabé en otro grupo con el que compartían el local. No me acuerdo cómo se llamaba ni cuánto tiempo estuve con ellos. Quizás una temporada. El grupo constaba de dos chicas que bailaban y cantaban, un teclista muy gracioso que cantaba muy bien, guitarra, bajo, batería y yo. Todo era muy hortera. Actuábamos con unos monos azules brillantes. Recuerdo conversaciones en la furgoneta volviendo a casa de madrugada que todavía me dan dentera. Un día el manager del grupo, que era el novio de una de las cantantes, me anunció sin más que ya no necesitaba un saxofonista. Yo me llevé un gran disgusto: por fin se habían dado cuenta de lo malo que era.

Casi inmediatamente entré en otro grupo de pachanga, llamado Nueva Sensación, que es del que más y mejores recuerdos tengo. Nueva Sensación también tenía un manager que era novio de la cantante. Eran una pareja extraña pero afable. Ella cantaba muy bien. El resto del grupo era gente encantadora: Domingo, el batería, Alberto, el bajo, Falupo, el guitarra y Daniel, un budista sensible y complejo que tocaba la guitarra y la trompeta. No eran ricos ni cultos pero tampoco eran típicos músicos de pachanga. De algún modo habían adquirido un aire cosmopolita y sofisticado. Tocaban pachanga, no por vocación, sino porque era la única manera, de momento, de vivir de la música. Pasé uno o dos años en su compañía, apretados en la furgoneta de pueblo en pueblo, hablando, riéndonos y soñando. En invierno solíamos tocar los fines de semana, en verano casi todos los días. No recuerdo haberme sentido nunca tan a gusto con otro grupo de gente. Justo después de acabar la temporada de pachanga del 82 me fui a Madrid a estudiar y dejé atrás todo esto. Unos meses después vinieron a Madrid un fin de semana, no sé a qué. Nos vimos una noche y acabamos inevitablemente en la furgoneta, hablando hasta muy tarde, pero ya no era lo mismo.

Nueva Sensación en una foto de promoción, al gusto de los representantes de artistas para pueblos:


Aquí actuando en un pueblo. La foto la hice yo durante una canción sin saxo, con la cámara reflex que me acababa de comprar con los ingresos de la pachanga. En las sesiones de tarde a veces no nos poníamos el traje:

sábado, 25 de abril de 2009

Ciudadanos británicos


En el mostrador de recepción una señora muy simpática que nos había ayudado con el papeleo marcaba en la lista a los que iban llegando. A la hora convenida nos subieron a una sala de juntas en el primer piso, de arquitectura y decoración de los setenta, como todo el edificio, barato y feo, pero bien cuidado. Fueron llamándonos uno a uno para que entráramos en el salón. Cada uno tenía un asiento asignado con una etiqueta de impresora con su nombre y una tarjeta con el texto del juramento o la promesa. El estrado estaba vacío. Nos recibió una foto de la reina en un caballete al lado de una bandera británica. Al rato llegó un funcionario del ayuntamiento con una chaqueta y una corbata que no llevaba cuando los vimos unos minutos antes en el mostrador de atención al público. Nos dijo que la alcaldesa de Haringey estaba al llegar y que a la entrada había te y café.

Cuando llegó la alcaldesa, el funcionario nos pidió que nos levantáramos para recibirla. La alcaldesa nos dio un discurso breve y acertado sobre la tolerancia y la diversidad en Haringey, donde, según nos dijo, se hablan más de doscientas lenguas y dialectos. También nos dijo que su propia familia venía de la República de Trinidad. Luego el funcionario pidió a los que estaban sentados a su derecha, que iban a jurar, que se levantaran y dijeran uno a uno su nombre completo en voz alta. Luego les pidió que repitieran detrás de él las palabras del juramento. A continuación hizo lo mismo con los que estábamos sentados a la izquierda, que íbamos a prometer. Después nos llamaron uno a uno para que la alcaldesa nos diera el certificado de naturalización y nos hicieran una foto con la alcaldesa y el certificado delante del retrato de la reina y la bandera. Nosotros éramos los primeros y el fotógrafo no estaba listo. Cuando por fin se preparó le dijimos que no hacía falta que se molestara.

Ver a los demás recibir sus certificados producía cierta alegría, cada uno de un rincón distinto del planeta; nosotros, los españolitos, los menos exóticos. Un joven llevaba una camiseta en la que ponía “Everyone loves a Turkish boy”. A todo el mundo le hizo gracia, y el funcionario hizo una broma, pero el chaval cuando posó para la foto se puso de lado para que no se viera la inscripción. También nos dieron una bolsa con regalos, como las que dan aquí en los cumpleaños de los niños, con una banderita de papel, un mapa de Haringey, un llavero del ayuntamiento, un vale para un polideportivo municipal e instrucciones sobre cómo solicitar el pasaporte. Por último nos pidieron que nos levantáramos una vez más para que nos aplaudiéramos a nosotros mismos y escucháramos el himno nacional. Yo tenía miedo de que esperaran que lo cantáramos, pero ni en la grabación ni en la sala cantaba nadie. Supongo que el que más y el que menos todos los que estábamos allí teníamos sentimientos encontrados sobre el paso que estábamos dando. Tenemos que estar agradecidos a la alcaldesa y a sus funcionarios por la delicadeza con que resolvieron la papeleta.