sábado, 8 de febrero de 2014

Mi paleta minimalista

Hace un par de años empecé a pintar con acuarelas. No se me da muy bien. Requiere un dominio de los materiales que no tengo tiempo de desarrollar. Pinto retratos para la fiesta del retrato de Julia Kay, y de vez en cuando alguno me sale bien.


También pinto bodegones simples, y a veces, como de casualidad, hago uno que no está mal.


Me gustaría pintar paisajes, pero todavía no he conseguido hacer uno que no me parezca repugnante.

Por medio de las acuarelas he descubierto el mundo de los pigmentos. Un pigmento es una sustancia química utilizada por su color, para teñir tejidos o plásticos, para pintar paredes, carrocerías de coches o señales de tráfico y, entre otras cosas, para producir acuarelas.

Los pigmentos se descubren en los laboratorios de química. Hay los que hay. No podemos decidir libremente producir un pigmento de un color y características determinadas. Si no existe o no lo conocemos no hay nada que hacer. Hay unos cien pigmentos que se utilizan para fabricar acuarelas. Algunos colores se hacen con un solo pigmento, otros con una mezcla de dos o tres.  Para mí los primeros son los que tienen gracia: si hay que mezclar algo ya lo mezclo yo.

Si quieres pintar tienes que decidir qué colores usar. En realidad da un poco igual, pero es difícil no obsesionarte con la pregunta. Hay quien pinta con muchos colores, pero a mí eso no me atrae. Lo que yo quiero saber es cuál es la colección más pequeña de colores que me permite pintar todo lo que quiero. Hasta ahora he usado doce, que son los que caben en mi caja de pinturas. Cuando añado uno quito otro. Pero ahora he llegado a la conclusión de que puedo reducirlos a la mitad, que puedo pintar todo lo que quiero pintar con sólo seis colores. Os presento mi paleta minimalista.


Son todos más o menos transparentes, permanentes, no-tóxicos y baratos. Como podéis ver son dos rojos, dos amarillos y dos azules.

Los rojos son el granate de perileno y el rosa de quinacridona, ambos descubiertos hacia el final de la década de 1950. El granate, este granate, es un color maravilloso. Parece la sangre que sueltan los filetes de vaca. Verlo extenderse  sobre el blanco del papel me produce un placer extraño, primitivo. A algunos les parece tan desagradable que no pueden usar este pigmento. A mí me encanta. Una vez pinté un retrato sólo con él. Pero lo que justifica su inclusión en mi paleta minimalista es, como se verá, su utilidad en las mezclas.


El rosa de quinacridona por sí solo es un poco chillón, pero su versatilidad en las mezclas lo hace irremplazable.

De los amarillos, el de benzimidazolona (benzimida, para los amigos) descubierto en 1960, es un amarillo central, ni verdoso ni anaranjado. No tiene ningún carácter, pero cumple su papel a la perfección. El de arilida, descubierto en 1952, es un amarillo anaranjado. Se utiliza, entre otras cosas, para pintar las líneas de las carreteras, las que son amarillas. Es un color que me cae mal. Enseguida domina los paisajes, dándoles un aire artificial y un poco ridículo. A veces al principio no sabes qué es lo que te desagrada, pero luego caes: es ese amarillo. Sin embargo, como veremos a continuación, un amarillo anaranjado es muy útil en las mezclas. Hay otros que no he probado, pero de momento éste es el que uso.

De los azules, el de ftalocianina de cobre beta (llamémoslo talo), descubierto en la década de 1930, es un azul verdoso no muy bonito por sí solo, pero excelente en las mezclas. El ultramar francés es el más antiguo de mis colores, utilizado desde 1828. Es un azul rojizo, muy bonito, el único de mis colores con algo de granulación: al mezclarlo con otros colores no acaba de integrarse del todo, produciendo un efecto a menudo agradable. En realidad esa es su virtud principal. Es menos intenso que los otros cinco colores, y en las mezclas siempre sale perdiendo. Si me deshiciera de él no pasaría casi nada.

¿Y que puedo pintar con estos colores? Casi todo.

Los naranjas y los morados no plantean ningún problema, gracias al rosa de quinacridona.




El color carne es igual de fácil, aunque para eso me parece que vale casi cualquier combinación diluida de un rojo y un amarillo, con un poco de azul para las sombras.




El matiz verdoso del azul talo da a los cielos un aire un poco artificial, aunque a veces en invierno el cielo es así. Mezclándolo con el ultramar francés sale un azul más de cielo. Con un poco de granate el cielo se vuelve nuboso.




Para los verdes el azul talo con los amarillos da muchas posibilidades, que se pueden apagar con un poco de granate. Con el ultramar francés no salen verdes útiles.




Los tonos neutros son los más complicados. Hasta ahora he usado colores tierra: el sombra tostado, el siena tostado y el ocre amarillo. Ahora sé cómo mezclarlos con mis seis colores, en concreto con el granate, el azul talo y uno de los amarillos. En estas mezclas, diferencias ínfimas en las proporciones determinan que en vez de marrón salga un tono verdoso o granate. Y el azul talo con el granate, sin nada más, hacen un negro bastante oscuro.




Ahora que he resuelto el asunto de los colores, ya sólo me queda aprender a pintar.

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