lunes, 14 de septiembre de 2009

De Plymouth a Portsmouth


Todos los años uno de los barcos de mi club de vela de crucero pasa el verano en zonas de navegación alejadas de su puerto de base, y los socios se turnan para usarlo igual que cuando está en casa. Entre los destinos recientes están las rías bajas, Bretaña, Irlanda y el Báltico. Este verano Spellbinder ha estado en Cornualles, y este fin de semana lo he traído de vuelta a casa con unos amigos, desde Plymouth hasta Portsmouth, unas 130 millas náuticas, 26 horas, sin parar.

Las condiciones meteorológicas ofrecían una de cal y otra de arena. La de cal era buena visibilidad, cielos despejados y viento moderado. La de arena era que el viento venía de donde nosotros queríamos ir. En otras circunstancias hubiéramos ido a vela haciendo bordos, pero entonces en vez de un fin de semana hubiéramos tardado una semana, así que hemos ido casi todo el trayecto a motor.

Al poco de salir, en Start Point, nos encontramos con un mar sorprendentemente agitado, con olas altísimas e irregulares, que dejó temporalmente incapacitados a dos de mis cuatro tripulantes. Con estos dos dedicados exclusivamente a vomitar y a desear que la muerte los sacara cuanto antes de su miseria, las guardias por la noche las tuvimos que hacer entre los tres que quedábamos en pie. La noche, por lo tanto, fue más dura de lo previsto, pero los otros dos, Bill y Peter, son mis compañeros de fatigas náuticas más antiguos y fiables. Nos hemos visto en otras peores.

Al llegar a Portsmouth tuvimos un incidente interesante. La driza de la vela mayor se había atascado y no conseguíamos arriar la vela. Entrar en el puerto deportivo con la vela izada, con el viento que hacía, hubiera sido problemático: había que hacer algo. Nos amarramos a una boya que encontramos y allí me izaron hasta lo alto del mástil en una guindola para desconectar la vela de la driza y poderla bajar. Así pasé un buen rato, balanceándome a unos diecisiete metros sobre el nivel del mar, peleándome con el grillete, disfrutando de las vistas a mi alrededor e intentando no mirar hacia abajo. El grillete se resistía, pero tras una buena rociada de tres en uno se rindió y la vela cayó: problema solucionado.

Siempre que sales a navegar estás expuesto a que te toque hacer cosas que en condiciones normales no te atreverías a hacer. Para los marineros de pacotilla como yo, subir al mástil suele ser una de ellas. Pero para mí ya no. Ya lo he hecho. Ya sé que puedo hacerlo.

Desde pequeño he sido un cobarde, pero según me voy haciendo mayor cada vez lo soy menos. Se podría argumentar que esta es la manera racional de dosificar el valor a lo largo de la vida, pues cuanto más viejo eres perder la vida es perder menos, del mismo modo que si te sales del cine con la película a punto de acabar te pierdes menos que si te sales con la película recién empezada. Por otro lado, si te gusta la película, cuanto más has visto más rabia te da perderte lo demás. De todos modos en mi caso este desarrollo no obedece a un cálculo racional. Simplemente he notado que me pasa, como las canas o las arrugas.

Si tienes Google Earth, pinchando en la foto puedes ver nuestra ruta en detalle, excepto en el centro del Solent, donde mi GPS perdió la señal.

2 comentarios:

La maldición del Golden Tulip dijo...

Hola Jose!
me alegro de que hayas conseguido subirte al mástil! No creo que la edad haga más valiente, sino al contrario, así que es todo mérito tuyo.
Paca

Exilio Cósmico dijo...

Hola Paca, no sabía que me leías. Qué nombre más misterioso te has puesto. Ya me lo explicarás.