lunes, 27 de abril de 2009

Historia del saxofón II: La pachanga

Al poco de unirme a la Q.Q.E.T. Band, Pablo, el batería, empezó a tocar en un grupo de pachanga, y un día me dijo que su grupo buscaba un saxofonista. En Zaragoza en aquella época había muchos grupos de pachanga. Se dedicaban a amenizar los bailes de las fiestas de los pueblos de Aragón, con repertorios que iban por necesidad desde los pasodobles y los boleros para los abuelos hasta los últimos éxitos del pop-rock para los jóvenes. Las canciones en inglés se cantaban con fonemas carentes de significado que al cantante le sonaban como el original. A veces también teníamos que tocar en la procesión, o en la novillada. Los músicos de estos grupos eran por lo general gente sin estudios de orígenes humildes, que de no ser por su talento musical, a veces notable, estarían trabajando en el campo o en un taller. Se sentían orgullosos y afortunados de pertenecer a una elite de artistas. En los pueblos siempre teníamos un grupo de admiradores entre los jóvenes que nos hacían sentir como embajadores de la modernidad. Era una existencia noctámbula. Normalmente, después de tocar, desmontar el escenario y cargar la furgoneta en algún rincón perdido del campo aragonés, cuando llegábamos a Zaragoza ya era de día. Dormíamos unas horas y salíamos para el siguiente pueblo. Cuando no tocábamos era difícil no mantener este horario, pero yo tenía que ir al instituto. Cuando llegaba a clase los lunes por la mañana, a menudo sin haber dormido, me sentía que venía de otro planeta.

Empecé a ensayar con el grupo de Pablo en un sótano del Barrio de la Química, pero acabé en otro grupo con el que compartían el local. No me acuerdo cómo se llamaba ni cuánto tiempo estuve con ellos. Quizás una temporada. El grupo constaba de dos chicas que bailaban y cantaban, un teclista muy gracioso que cantaba muy bien, guitarra, bajo, batería y yo. Todo era muy hortera. Actuábamos con unos monos azules brillantes. Recuerdo conversaciones en la furgoneta volviendo a casa de madrugada que todavía me dan dentera. Un día el manager del grupo, que era el novio de una de las cantantes, me anunció sin más que ya no necesitaba un saxofonista. Yo me llevé un gran disgusto: por fin se habían dado cuenta de lo malo que era.

Casi inmediatamente entré en otro grupo de pachanga, llamado Nueva Sensación, que es del que más y mejores recuerdos tengo. Nueva Sensación también tenía un manager que era novio de la cantante. Eran una pareja extraña pero afable. Ella cantaba muy bien. El resto del grupo era gente encantadora: Domingo, el batería, Alberto, el bajo, Falupo, el guitarra y Daniel, un budista sensible y complejo que tocaba la guitarra y la trompeta. No eran ricos ni cultos pero tampoco eran típicos músicos de pachanga. De algún modo habían adquirido un aire cosmopolita y sofisticado. Tocaban pachanga, no por vocación, sino porque era la única manera, de momento, de vivir de la música. Pasé uno o dos años en su compañía, apretados en la furgoneta de pueblo en pueblo, hablando, riéndonos y soñando. En invierno solíamos tocar los fines de semana, en verano casi todos los días. No recuerdo haberme sentido nunca tan a gusto con otro grupo de gente. Justo después de acabar la temporada de pachanga del 82 me fui a Madrid a estudiar y dejé atrás todo esto. Unos meses después vinieron a Madrid un fin de semana, no sé a qué. Nos vimos una noche y acabamos inevitablemente en la furgoneta, hablando hasta muy tarde, pero ya no era lo mismo.

Nueva Sensación en una foto de promoción, al gusto de los representantes de artistas para pueblos:


Aquí actuando en un pueblo. La foto la hice yo durante una canción sin saxo, con la cámara reflex que me acababa de comprar con los ingresos de la pachanga. En las sesiones de tarde a veces no nos poníamos el traje:

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